edición: 2574 , Lunes, 15 octubre 2018
07/12/2010

Las elecciones consagran el totalitarismo en Egipto y abren la puerta a la guerra civil en Costa de Marfil

Pedro González
El principal aliado estratégico de Estados Unidos entre los países musulmanes de Oriente Medio tampoco escapa a la peculiar manera en que todos ellos entienden la democracia, un simple instrumento para aferrarse al poder, y si ello no basta se reinterpretan sus reglas hasta el fraude.

El Egipto de Hosni Mubarak, cuya estabilidad depende en gran parte de las cuantiosas subvenciones y ayudas exteriores norteamericanas y europeas, ha aplicado a rajatabla esta triste tendencia en las últimas elecciones generales, de manera que en el Parlamento solo se sentarán diputados del Partido Nacional Democrático (PND), una vez que tanto los Hermanos Musulmanes como los liberales del Wafd decidieron boicotear los comicios en protesta por el fraude masivo de la primera vuelta. Pese al paripé formal, Egipto se consagra así como un régimen totalitario, que el ‘raïs’ pretende sea hereditario en la persona de su hijo menor, Gamal Mubarak.

Tanto Estados Unidos como la capitidisminuida Europa no van a ir más allá de comentarios condenatorios de carácter informal. Oriente Medio sigue siendo una región altamente inflamable y Egipto, con sus más de 80 millones de habitantes, es demasiado importante como para anteponer los principios de limpieza democrática a los derivados de su importancia estratégica. La presunta apertura del régimen, iniciada en las anteriores elecciones por la presión del denostado presidente George W. Bush, ha sido cercenada abruptamente. La lucha contra el terrorismo, además de poner coto a la expansión ideológica de un islamismo fundamentalista procurarán, además, munición argumental para endurecer la presión sobre los sectores intelectuales más vanguardistas del país, en los que se cuestiona abiertamente el intento del presidente Mubarak tanto de perpetuarse en un poder que ostenta desde 1981, como de prolongarlo de manera hereditaria.

Cabe, pues, colegir que se abre un periodo negro para los egipcios que aspiraban a ejercer unos derechos políticos que teóricamente se les había reconocido sobre el papel. Los que cuestionen los excesos del régimen se arriesgan a sufrir en sus carnes una represión sin contemplaciones, a la que ni siquiera escapará una personalidad tan internacionalmente reconocida como Mohamed El Baradei, Premio Nobel de la Paz y ex director general del Organismo Internacional de la Energía Atómica.

En otro extremo de África, en la Costa de Marfíl primera productora de cacao del mundo, otras elecciones –en este caso presidenciales- han desembocado en una situación que abre las puertas a la guerra civil. Tanto el presidente en ejercicio, Laurent Gbagbo, como su rival, Alassane Ouattara, no solo han autoproclamado su victoria sino que también han procedido a nombrar gobierno. La confusión llega al extremo de que Ouattara ha designado como primer ministro a Guillaume Soro, el mismo que desempeñaba hasta ahora esta función bajo la autoridad de Gbagbo. La mediación urgente que ha intentado el ex presidente sudafricano Thabo Mbeki (primer sucesor de Nelson Mandela), no parece haber disuadido a Gbagbo de reconocer la victoria de su oponente, al que ya han proclamado su respaldo internacional tanto Barack Obama como Nicolas Sarkozy, además del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon.

La situación generada es comparable a la registrada en Kenya a raíz de los comicios de 2007, cuyos resultados fuertemente controvertidos degeneraron rápidamente en un baño de sangre, miles de muertos y casi un millón de desplazados. Costa de Marfíl vive de todas formas en un estado de guerra civil larvada desde que las denominadas Fuerzas Nuevas se sublevaran en 2002 y tomaran el control del norte del país. Su actual comandante en jefe, Chérif Ousmane, rechaza la continuidad en el poder del actual presidente Laurent Gbagbo, al que ha advertido que “no nos cruzaremos de brazos si continúa aferrándose al poder”. Palabras que, apenas pronunciadas, han provocado la huida de varios miles de marfileños hacia la vecina Liberia.
 
Tanto el Banco Mundial como el Banco Africano de Desarrollo, que proporcionan gran parte de la ayuda financiera que precisa Costa de Marfíl, se proponen suspender la concesión de nuevos créditos, a la vista “del contexto de incertidumbre y de tensión que se está prolongando demasiado tiempo” en el país. España tiene en Grand Bassam, a 15 kilómetros de Abidjan, uno de los proyectos de ayuda más novedosos –Invernaderos contra el Hambre-, en el que se combina el aprendizaje de las técnicas agrícolas de Almería con una gigantesca escuela de fútbol. El proyecto pretende que, aunque sean muy pocos los que lleguen a ser estrellas del balompié, sean muchos millares los que consigan sacarle a la tierra el fruto de sus inmensas posibilidades. Una guerra civil abierta también acabaría probablemente con éste y muchos otros proyectos de ayuda al desarrollo españoles y europeos.

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