edición: 2362 , Martes, 12 diciembre 2017
24/12/2009
Estudio KAR de Ipsos

Las empresas españolas operan en el día a día y permanecen ancladas en el cortoplacismo

Las compañías se resisten a integrar la RSC en su modelo de negocio
Se requiere una legislación más amplia y estricta para que las compañías ganen en fiabilidad.
Beatriz Lorenzo

A pesar de todos los esfuerzos por situarla en el punto de mira, a pesar de su nuevo estatus como catalizadora del nuevo modelo económico que pretende sentar sus bases para sustituir al arcaico y devastador escenario anterior, la Responsabilidad Social Corporativa continúa siendo objeto de escasas atenciones, muchas menos de las necesarias, por parte de las compañías españolas. Aunque presuntamente se han aflojado ya los lazos que confundían sus principios con manifestaciones filantrópicas, parece que las empresas no han terminado de comprender la necesidad de integrarla como algo esencial e intrínseco del “core business” empresarial, relegándola en demasiadas ocasiones a oropeladas campañas de comunicación o memorias de sostenibilidad, si no falseadas, si demasiado exageradas con el fin de complacer a unos stakeholders que ya no se conforman con empresas exclusivamente preocupadas por el beneficio monetario.

Es evidente que la RSC no acaba de cuajar en el panorama empresarial español, se tambalea y sigue sin encontrar su lugar, tal como demuestran no sólo los últimos datos del Pacto Mundial -cuyas firmantes españolas no definen objetivos responsables al amparo de los principios del organismo-, sino también la última oleada del estudio KAR de la consultoría IPSOS, que revela que el 70% de los periodistas, el 67% de los académicos y el 60% de los analistas y directivos empresariales entrevistados considera que la RSC sigue siendo la asignatura pendiente en las compañías españolas. Ciertamente, parece que el impulso por promover la responsabilidad social de la empresa ha tenido un impacto mínimo en el modo en que la mayoría opera en el día a día.

Al preguntarles cuáles son los aspectos que inciden en ese “descuido” de la RSC por parte de las empresas, un 25% de los encuestados por el estudio KAR responde que “porque sólo es imagen”. Otros de los motivos esgrimidos son por una débil estrategia de comunicación (17%), por la falta de compromiso de la compañía (13%) porque no resulta rentable (13%) o porque la sociedad no lo valora suficientemente (11%). Según el estudio se salvan de la quema empresas como Telefónica o el Banco Santander, que destacan por su reputación corporativa; al tiempo que Iberdrola, Acciona, Repsol y La Caixa, son reconocidas por su compromiso con el medio ambiente y sus programas de responsabilidad social.

Predicciones muy distintas, y mucho más favorables, son las que rodean a la situación económica de un país, a pesar de que el colectivo más optimista al respecto sigue siendo el de los políticos: un 91% apuesta por una clara mejoría de la situación financiera, lo que contrasta con la pasada edición, donde sólo un 29% de los líderes políticos entrevistados creía en un avance económico en la segunda mitad del 2009. La visión más pesimista en esta edición del Ipsos KAR llega desde los analistas y académicos, donde casi la mitad (47% y 43%, respectivamente) pronostican que la economía española empeorará durante el próximo año.

UNA RSC AFIANZADA, EL RETO DE LAS EMPRESAS ESPAÑOLAS

A su vez, la crisis económica sigue siendo el gran problema al que deben hacer frente las corporaciones, así como la escasez de demanda en el mercado, los problemas de financiación, la falta de competitividad y la gestión de los empleados. Problemas a los que el modelo económico basado en el cortoplacismo ha demostrado no ser en absoluto una buena solución. La paradoja está servida: si bien teóricamente parece meridiano el hecho de que una gestión empresarial responsable contribuiría a establecer un modelo económico sostenible a largo plazo, y sin embargo las compañías se resisten a deshacerse de los viejos-y malos- hábitos de gestión empresarial.

España es protagonista de un desequilibrio relativo a la promoción teórica de la RSC y su aplicación práctica. La primera tiene un papel protagonista en todas las campañas empresariales, mientras que la segunda está muy lejos de llegar a los mínimos requeridos. Indicadores como los barómetros del Real Instituto Elcano insisten en identificar como valores propios de la sociedad española el igualitarismo y la tolerancia, la solidaridad a través de la cooperación y el diálogo transparente como instrumento de solución de los problemas. Sin embargo, las compañías siguen ancladas en sus anticuados modelos de negocio, y esto se traduce también en la imagen, no muy afortunada, que España transmite al exterior. Para las compañías españolas es, en ocasiones, más beneficioso no aprovecharse del binomio marca-país que, en su caso, no es demasiado beneficioso. Surge un círculo vicioso que conlleva que la debilidad de la marca-país impide una mejor penetración de las marcas españolas, y la falta de identificación nacional de las empresas españolas en el exterior hace las veces de firme barrera para el desarrollo económico exterior.

Realmente, en las compañías españolas ha predominado, a la hora de enfocar la implantación y gestión de la RSC, el abundamiento en buenas palabras y retórica con nula o escasa aplicación en la práctica. En suma, empresas no han intentado realmente cambiar sus prácticas empresariales, sino adulterar el modo en que los grupos de interés y la sociedad en general las percibían. Este resultado parte del afán de las compañías, deseosas de ganarse el beneplácito social, por sacarle partido a los valores intangibles sin enraizarse en ellos. Sin abandonar las antiguas formas de gestión, se han perfeccionado en gran medida las técnicas de comunicación tanto externa como interna. Sectores que otrora tenía un elevado riesgo de reputación corporativa comulgan ahora con las políticas de RSC como si resultasen muy familiares a su modelo de negocio.

EL PRINCIPIO DE LA AUTORREGULACIÓN

Desde muchos frentes achacan a la autorregulación que rige la implantación, sistematización y seguimiento de las políticas de RSC, el alto grado de descontrol y la situación de volatilidad que la RSC adopta en muchas compañías. El Libro Verde de la Comisión Europea recoge la que es, por el momento, la definición más aceptada de la RSC: «es la integración voluntaria, por parte de las empresas, de las preocupaciones sociales y medioambientales en sus operaciones comerciales y sus relaciones con sus interlocutores». Definición que deja claro el principio-últimamente discutido y denostado por múltiples organismos, incluida la ONU-y la ausencia de exigibilidad jurídica, además de la unilateralidad, principio que acompaña siempre a toda iniciativa encuadrada en el contexto de la RSC.

Por tanto, al ser la autorregulación el fundamento de la RSC, las compañías no incluyen verdaderos mecanismos de control, supervisión o evaluación del cumplimiento de las políticas de RSC. Son las propias compañías las que proponen y adaptan los códigos de conducta y todo depende de la buena voluntad de sus gestores para implantar los principios de la RSC .

Además, la citada definición del Libro Verde asegura también que «ser socialmente responsable no significa solamente cumplir plenamente las obligaciones jurídicas, sino también ir más allá de su cumplimiento». La vaguedad de este punto ha tenido que ser matizada por el Parlamento Europeo que ha argumentado que «el concepto de “ir más allá del cumplimiento” permite a algunas empresas afirmar que dan pruebas de responsabilidad social a la vez que violan la legislación local o internacional».

Es esencial la necesidad de una legislación más amplia y estricta para que las compañías se comportaran de modo más responsable. Es pues una cuestión supranacional, todo un debate que sigue en el candelero el que tendrá la última palabra acerca de la correcta implantación de la Responsabilidad Social no sólo en el sector privado, también en el ámbito público. Los estados como garantía de que sus multinacionales en el exterior no atentasen ni abusasen incumpliendo no sólo las premisas de la RSC, sino también los derechos humanos en muchas ocasiones. Las compañías como guardas de la ética y los principios responsables. Todo ello hipótesis que hasta la fecha se resisten a plasmarse en la realidad y, acerca de las cuales, los organismos internacionales, los propios estados y las empresas, tienen mucho que decir, partiendo de la premisa de que sólo mediante la unión conseguirán los resultados anhelados.

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