edición: 2363 , Miércoles, 13 diciembre 2017
26/01/2010

Las nuevas lecciones de la catástrofe de Haití

Pedro González
Nadie devolverá la vida a los 150.000 haitianos que se calcula la han perdido en el último terremoto. Nadie evitará de inmediato los sufrimientos de los 200.000 heridos, muchos de ellos con graves amputaciones de urgencia, que ha dejado la catástrofe. Nadie en fin retornará lo perdido al millón de personas que lo han perdido prácticamente todo. Tales son las frías cifras, aún provisionales, de la penúltima calamidad experimentada por la zona occidental de la antigua isla Hispaniola, descrita con un desmesurado  e incluso descarnado lujo de detalles por todos los grandes medios informativos del mundo. Tan inusitado despliegue ha puesto en evidencia la triste realidad de un país cuyos atributos como Estado solo existían nominalmente.

Sin embargo, a diferencia de otros países de similar pobreza y miseria a la de Haití, éste no era un país soberanamente inviable. Si alguien lo había situado en la división de los Estados fallidos eran los propios haitianos. Sus élites se habían decantado tradicionalmente por dos vías: la emigración, voluntaria ó forzosa,  hacia universidades o centros del primer mundo, preferiblemente Estados Unidos, Francia y Canadá, o bien quedándose en el mismo Haití pero combinando  de manera abrumadora política y negocios, en una mezcla tan letal para el interés colectivo como benéfica para la avaricia individual de sus beneficiarios. Con esa cúpula de poder, no es extraño que la inmensa mayoría de una población analfabeta cifrara la cota máxima de su existencia en comer siquiera alguna vez al día y, en algunos casos, proporcionar a sus hijos algún tipo de formación que les permitiera vislumbrar un futuro menos oscuro.

En ese escenario de miseria, corrupción y rapiña la catástrofe ha puesto de manifiesto que la misión de las Naciones Unidas apenas si podía aspirar anteriormente a algo más que a impedir el agravamiento de las luchas civiles. Además, nada menos que diez mil ONGs desarrollaban en el país su trabajo. De los testimonios de los propios haitianos se desprende que la única institución que aún les merecía alguna confianza era la Iglesia Católica, seguida a distancia de Cruz Roja y Médicos Sin Fronteras. Del resto de organizaciones dedicadas presuntamente a sacar a Haití del subdesarrollo, las opiniones son para todos los gustos: desde el reconocimiento al esfuerzo, desprendimiento y tenacidad de algunas de ellas, hasta la sensación, respecto de otras, de que sus integrantes practican lo que podría denominarse como “turismo solidario” o “turismo catastrófico”. Los gobiernos que subvencionan generosamente a estas últimas deberían, por lo tanto, vigilar con mayor atención el cumplimiento de sus fines y proyectos; al fin y al cabo, los nativos asocian tales ONGs a los países de donde provienen los hombres y mujeres que les atienden.
 
En la conformación de la imagen que los haitianos se han hecho de la comunidad internacional tras la catástrofe, no caben muchas dudas de que Estados Unidos son contemplados como el verdadero líder. El presidente Obama tenía poder para hacerlo y, efectivamente, ha ejercido su liderazgo mundial al despachar hasta 15.000 soldados para controlar aeropuerto y comunicaciones, canalizar la distribución de alimentos y medicinas y facilitar el transporte para heridos y refugiados. Pero, sobre todo, ha sido especialmente cuidadoso de firmar de inmediato un acuerdo con la Misión de Naciones Unidas por el que supedita la actuación de sus militares y civiles desplazados a la isla a los objetivos que aquella determine. Es muy probable que Obama no tenga mejor opinión que otros líderes acerca de la utilidad y eficacia de la ONU, pero sabe también que no existe otra institución que pueda reunir en pie de igualdad a todos los países del mundo y a sus respectivos dirigentes. Para quienes preconizan su desaparición, Obama ha venido a decirles con el ejemplo que lo que precisa Naciones Unidas es que los grandes le otorguen la preeminencia y le doten de los medios precisos para cumplir sus misiones.
 
La Unión Europea, tanto a escala global como a la de sus propios integrantes individuales, debería considerar la patética imagen de ineficacia que ha ofrecido. Sumadas las aportaciones en medios humanos y en especie de los países que integran la UE, el resultado es una vez más apabullante, en pugna directa con lo aportado por Estados Unidos. Sin embargo, la descoordinación, las evidentes carreras por el primer plano, y las eternas discusiones sobre cómo se gestiona una catástrofe que no es tan infrecuente, han minimizado el valor de tan ingente ayuda europea.

Va siendo hora de que Europa se sacuda sus complejos de inferioridad, que palia con actuaciones y declaraciones buenistas, y se decida a ejercer su liderazgo de verdad si quiere pintar algo en un futuro más inminente de lo que parece. Como en otras partes del mundo, en Haití debe participar en su reconstrucción, pero no limitarse a costear la mera reedificación de las casas destruidas. La puesta en pie de instituciones serias que conformen un verdadero Estado es si cabe tan imprescindible como esa labor, además de alimentar y curar a la población. El terremoto no destruyó lo que no había. Solo demostró que la naturaleza aborrece el vacío, y que allá donde no hay Estado, impera el crimen.

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