edición: 2595 , Miércoles, 14 noviembre 2018
20/09/2011
Se intensifican las opiniones a favor de un aplazamiento de la norma

Las nuevas necesidades de capital cuestionan los tiempos de Basilea III

462.000 millones para cumplir la norma y 200.000 de nueva recapitalización
No faltarán entidades que lo utilicen como buen argumento para no repartir dividendos
Juan José González

La cumbre del pasado fin de semana se saldó con un sonoro fracaso, a tenor de los resultados, básicamente uno; aplazar la solución de la crisis griega e insistir en que para emitir bonos europeos es preciso contar con todas las garantías. Pero varios ministros de Economía, entre ellos, Elena Salgado, han podido escuchar una reflexión respecto a la banca europea que se extiende como una mancha de aceite. El asunto tiene que ver con las necesidades reales y actuales de la banca europea, esas 8.292 entidades financieras europeas (bancos y sociedades de inversión) de las que se asegura necesitarían 462.000 millones de euros para cumplir con los requisitos de capital aprobados en su día por la Comisión Europea, y todos ellos, bancos y millones, antes de 2019, meta que se fija el cumplimiento de Basilea en el acuerdo de Basilea III. Y para cruzarla, las entidades cuentan con numerosas alternativas, de distinta dificultad, pero que en las condiciones actuales, con la nueva ola de recapitalización bancaria a la vuelta de la esquina, y unas necesidades que apuntan a los 200.000 millones de euros de esta factura, las opiniones en torno a la conveniencia de modificar alguna fecha y/o requisito de Basilea III, comienzan a escucharse con fuerza.

Los acuerdos de Basilea, claros y de mayor o menor rigidez (reducir el volumen de los activos o su riesgo ponderado para mejorar la ratio de capital, sin necesidad de buscar nuevos fondos) son el objetivo de trabajo de departamentos enteros de la banca europea, y mantienen implicada a toda la organización de las entidades hasta extremos nunca conocidos en el sector: desde el Consejo de administración para abajo, nadie se salva. Pero ha aparecido un contratiempo: la crisis financiera tras la quiebra de Lehman, y otro peor aún, el impacto sobre la economía, la recesión.

Esta ha comenzado su segunda etapa o nueva versión, con las deudas soberanas colapsando los mercados financieros. Un imponderable que no estaba planificado en ningún guión y que ahora se revela como uno de los problemas más graves, que obligan a pensar en esa segunda ola de capitalización para la mayoría de las entidades financieras, cargadas de deuda soberana de Grecia, Francia, Portugal, España, Italia, Bélgica, Irlanda y demás hasta las cejas.

Puede ser el principal obstáculo que deban salvar los líderes políticos en su responsabilidad de gobierno, de desatascar el crédito haciendo posible que las entidades cuenten con recursos para financiar la economía. Para ello, la posibilidad de disponer de recursos ilimitados en el Banco Central Europeo, es un arma de peligroso doble filo, puesto que se trata de liquidez a corto plazo, a un precio excesivo que más tarde habrá que atender.

Es por todo, por lo que esa cantidad avanzada por un miembro de la Comisión Europea de 200.000 millones de necesidad de capitalización bancaria, parece, a pesar de la enorme magnitud de los ceros, demasiado benévola, si se tienen en cuenta las cifras de deuda –únicamente- soberana en poder de la banca, la supera con muchas creces.

Luego, no extraña que en los últimos meses, desde junio en adelante, se hayan empezado a escuchar estos argumentos, como el excesivo peso de la deuda soberana en los balances bancarios, para justificar un replanteamiento de los plazos de Basilea, al menos en algunos aspectos, hasta más allá de 2019. La publicación de los resultados de las pruebas de estrés a la banca (de discutible credibilidad) no hicieron más que acelerar y alimentar más aún, las voces partidarias de iniciar una reflexión para modificar aspectos temporales de Basilea.

El tiempo corre, y mucho, más en contra que a favor de las entidades financieras. Estas se encontrarán en breve, entre la espada y la pared, entre otros asuntos por el reparto de los beneficios: si no se cumple la norma (la directiva de los requisitos de capital) va a ser imposible que puedan repartir dividendo, situación que para algunas entidades puede ser una auténtica catástrofe. Aunque para otras puede ser, incluso, un buen argumento para no distribuirlo.

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