edición: 2574 , Lunes, 15 octubre 2018
10/12/2008

Las petroleras rusas siguen afilando sus sables con los rublos del Kremlin

Moscú enseña sus debilidades financieras y reparte papeletas para la nacionalización
Ana Zarzuela

Reparte liquidez para que sus energéticas salgan de compras y para que sus bancos estatales pongan la mano a los grandes colosos en zozobra. El primer ministro  Vladímir Putin jura que dispone de recursos para llevar de conquista la economía nacional y, para demostrarlo, inyectará 185.000 millones de dólares en el sector bancario, antes de nada a los estatales  Sberbank, VTB y Gazprombank, los llamados a ‘patrocinarles’ las aventuras europeas a las cuatro grandes petroleras nacionales. Gazprom ha pedido ya otros 2.800 millones de euros y Lukoil atesora el aval de Vneshtorgbank y el Sberbank para sus pretensiones sobre Repsol y 5.000 millones para incrementar un 60% su presencia internacional.

Pero las grietas energéticas de la UE por las que han aprendido a colarse no esconden que a Putin y Medvedev les tiembla el músculo financiero. Feligreses del ‘cuanto mejor peor’, se regodean en las miserias industriales de sus gigantes. Ya advierten que los favores prestados les servirán para deshacer los pasos de la privatización y recuperar espacio estatal.

Será por dinero. Con la que está cayendo, Dimitri Medvedev deja quieta la ‘plaza roja’ de la Bolsa moscovita y los fondos de los que el capital extranjero ha huido. Pero Gazprom, Lukoil, Rosneft y TNK-BP -amos del 70% del crudo y el 91% el gas rusos- aprovechan su entusiasmo no sólo para amortizar los créditos occidentales al sector -80.000 millones de dólares- sino para financiar más producción. No ocultan sus tentáculos en Latinoamérica ni la avidez de su mirada hacia la península ibérica. Tientan la suerte con Total, aspiran a arañarle más que la intención a Enel y buscan los activos de BP. Eso, sólo para abrir boca. Despejan los atajos libios, argelinos y nigerianos, cristalizan el túnel ruso en el Cáucaso, o simplemente esperan que la necesidad afloje las murallas de las compañías ajenas.

El castillo de naipes les comienza a temblar al primer ministro Vladimir Putin y el presidente Dimitri Medvedev y a los 130.000 millones de dólares ‘soberanos’ de su fondo de estabilización. Razón de más para celebrar la vuelta al redil diplomático con la UE afilando sus garras energéticas en el corazón de la Vieja Europa. Y buscar consuelo a la descapitalización bursátil de sus campeones nacionales. Aunque sea a cañonazos de humo. Y a costa de jugarse a la aprobación de la bolsa moscovita sus órdagos foráneos. Moscú asume cada vez más riesgos por su empeño en usar dinero de sus fondos soberanos y de pensiones para respaldar a unos castigados mercados financieros o soltar la chequera para sus aventuras energéticas.

No es sólo la confianza de las agencias de calificación lo que se le ha arrugado al Kremlin, ahora que Standard & Poor´s ha pasado de las amenazas a los hechos: por primera vez desde el colapso financiero de 1998 ha rebajado el rating de Rusia -es decir, elevó el perfil de riesgo de su deuda pública- hasta BBB, a dos pasos de caer por debajo del grado de inversión -a partir de BB se considerarían bonos basura- y, además, la perspectiva futura es negativa, el preludio de nuevos recortes en un futuro no muy lejano. Ni la fragilidad de la economía rusa, la debilidad de la cotización del rublo, la caída en un 10% de la producción industrial ni el déficit por cuenta corriente que se espera alcanzará el 2,6% a final de año (frente a un superávit del 5% en 2007), ayudan al optimismo de los analistas. La severa corrección de los mercados energéticos y de materias primas ha pasado factura a la economía rusa. En el mejor de los casos, no sobrepasará un crecimiento del 6% en 2008, una cifra sin embargo muy superior al resto, sobre todo de la UE a la que orienta su avidez y sus alfiles energéticos.

LOS RUBLOS DE PUTIN

El sistema bancario ruso es uno de los que más ha sufrido las turbulencias de liquidez, sobre todo dos de las mayores entidades, los estatales Bank VTB y Gazprombank. No le importa ni al Kremlin ni a sus protegidas. Moscú juró hacer de las cuatro grandes petroleras sus embajadoras energéticas y expandir su telaraña por las grietas europeas. Y está dispuesto a hacerlo con tal de mantener sus galones de segunda economía emergente con más inversiones exteriores, aunque se deje la liquidez en el intento. Y aunque no tenga más remedio que depender de préstamos internacionales a corto plazo, el 40% del total en el caso ruso.

El terremoto de Wall Street sacude también el suelo de Moscú, sobre todo en las niñas bonitas de sus delirios energéticos, las más castigadas en un laberinto demarcado por las caídas de precios de las materias primas, la interferencia del Gobierno en las empresas y la guerra contra Georgia. Un paisaje que ni la compra de acciones con 1.000 millones de dólares públicos ha podido animar. A pesar de los 27.000 millones de dólares que el Gobierno inyectará en el tejido financiero, a los gigantes rusos del gas y el petróleo les cuesta trabajo conseguir un préstamo de sus bancos. El mercado interno de la deuda pública promete permanecer cerrado hasta finales de año como mínimo. Y aunque el Banco Central considera que el mercado de valores ruso ya superó el punto más álgido de la crisis financiera, seguirá padeciendo problemas de liquidez durante más de un año.

Veb ya ha demostrado que su capacidad de ‘perdón’ y el manto de sus ayudas se estira para proteger todo lo que toca la bandera industrial rusa. Sus empresas energéticas son cuestión de Estado. Y si ya ha desembolsado  3.000 millones de dólares a Alfa Group y a la petrolera Rosneft para ayudar a refinanciar sus deudas foráneas, puede abrir más la mano con Lukoil, Gazprom y TNK ahora que vuelven a llamar a sus puertas.

GAZPROM QUIERE MÁS

Gazprom ha pedido ya otros 2.800 millones de euros, sólo para hacer frente a las necesidades de inversión durante el próximo año en sus proyectos de producción de electricidad, un programa federal cuya financiación estaba inicialmente concebida para depender de las compañías eléctricas, pero que representa una suma tan elevada que ha llevado al fracaso a sus promotoras. Cotiza con un descuento importante respecto a su sector: a 3 veces los beneficios de 2009, frente a las 6,8 veces de Petrobrás o las 8 veces de ExxonMobil. Saborea más de un bocado difícil de digerir. Tendrá que escoger muy bien, ahora que los analistas calculan en 20.000 millones los beneficios que tendrá que tener en los dos próximos años para digerir todos sus desembarcos. Y meter más de uno de los platos de su despliegue global a la nevera de la paciencia. Suelta lastre. Para comenzar, ya intenta hacerlo con el joint venture con BP en el campo siberiano de TNK y la amenaza de dar un paso atrás en su cuota de control del campo de Kovykta.

Con una mano pide a la puerta del Kremlin, pero con la otra el gigante energético mueve su mapa, sigue adelante con sus compras y promete un aumento de su programa de inversiones en un 12% en 2009, hasta los 32.800 millones de dólares. Los proyectos de construcción de gasoductos de Gazprom han llevado a la firma rusa a concluir acuerdos de inversión con las alemanas E.ON y BASF y la italiana ENI. El gigante energético ruso posee el 40% de la turca Bosphorus Gas, producirá y licuará gas en Venezuela, estudia la propuesta de la argelina Sonatrach de participar en la construcción del gasoducto transahariano y amasa con sus socios  desarrollo de Shtokman, llamado a costarle entre 15.000 y 20. 000 millones de dólares.

Sólo a fuerza de despejar los caminos ya frustrados para Gazprom consigue el presidente de Lukoil, Vaguit Alekpérov, obviar que la orfandad de sus cuentas no acompaña sus ansias. Pública no será, pero la mano que mece la cuna de los deseos de Lukoil sigue en el Kremlin. Si llega, la cuadratura del círculo de su rentabilidad sobre Repsol lo hará con mucho más que el perdón del banco estatal Veb a los 1.900 millones de dólares de su deuda pendiente. Y con los avales de un grupo de bancos rusos, con los públicos Vneshtorgbank y el Sberbank ya en cabeza.

LUKOIL, AL ATAQUE

Lukoil -paradojas de la geopolítica- aceptó recortes en sus inversiones, a pesar de que enseña el músculo de sus resultados con un beneficio neto en el tercer trimestre de 3.350 millones de dólares, un 35% por encima de lo registrado en el mismo periodo del año anterior, aunque un 18,9% por debajo de la cifra récord conseguida en el segundo trimestre. Pero afila sus garras justo ahora que remata la futura distribución del gas del yacimiento de Shtokman. Vaguit Alejpérov asusta al miedo con el ruido de sus sables. Se los ha enseñado a Repsol en Rusia, Argelia, Iraq, Venezuela y -ahora que la española apuesta por Noruega- los afila también en el Mar del Norte. Con los entre 2.000 y 5.000 millones de dólares con los que promete contar en préstamos estatales, Lukoil hace alarde de su músculo como segunda petrolera rusa: acaba de comprarle a los propietarios de Akpet el 100% de las acciones de la compañía turca, lo que le abre la puerta a 693 gasolineras y ocho terminales petrolíferos. Quiere cancha en el corazón de Europa, hasta ahora fuera de su alcance, por más que controle todos sus atajos: los argelinos, los turcos, los croatas y los caucásicos. Y que aproveche las grietas que le abren los italianos y los galos.

Promete incrementar en un 60% sus instalaciones fuera de Rusia. Comenzará a hacerlo mirando a Roma y a París. Y a Madrid, si le dejan. Ha comprado Europa-Mil, un distribuidor de hidrocarburos croata y consuma su desembarco en la Serbia Nis y la Turca Akpet. Acaba de engendrar con la italiana ERG una empresa conjunta para gestionar el complejo de refinerías ISAB en Sicilia. Su división de proyectos internacionales, Lukoil Overseas, cederá a la francesa GDF-Suez una participación del 15% en D-222, a cambio de alianzas en Europa del Este.  Está estudiando la posibilidad de construir refinerías en Cuba y participar en obras de prospección de petróleo en el Golfo de México. Y su acuerdo con Pdvsa es el preámbulo a una refinería conjunta en Latinoamérica.

La mano del Kremlin no protege gratis. Quiere controlar directamente el petróleo y a los oligarcas que lo producen.  El presidente Medvedev y el primer ministro Putin juegan sus cartas en plena redistribución de poderes, liquidez y proyectos, al calor de la crisis financiera. No lo esconden. El ‘new deal a la rusa’ pasa por repartir, desde el Gobierno, credenciales de vida o muerte y carta blanca para  la conquista exterior a las grandes empresas de los sectores estratégicos. Y liquidez a las energéticas y los oligarcas que reinan en sus accionariados. Si en 1995, en la primera de las oleadas privatizadoras, pusieron sus rublos sobre la mesa del Kremlin a cambio de pasteles accionariales en las grandes empresas estratégicas y lo repitieron en 1998, hoy es al revés.

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