edición: 2682 , Viernes, 22 marzo 2019
06/06/2018

Las petroleras buscan asegurarse reservas en Rusia para compensar el bloqueo de los activos iraníes

La retirada de Washington del acuerdo nuclear altera los proyectos de la industria europea y estadounidense
Carlos Schwartz
El papel de Rusia como objetivo de expansión de las petroleras internacionales se ha visto potenciado por la retirada de Washington del acuerdo nuclear con Irán a causa de las sanciones comerciales que implica esta maniobra de política internacional de la Administración de Donald Trump. Tanto la crisis con Teherán como las amenazas a Rusia por su respaldo al régimen iraní han afectado a las petroleras europeas y estadounidenses. Total, la tercera europea privada por dimensión detrás de Shell y BP, ya ha anunciado su retirada de Irán donde había firmado un ambicioso acuerdo para el desarrollo de un gran campo de gas por valor de 5.000 millones de dólares que se ha convertido de momento en papel mojado. Como contrapartida a esa retirada obligada para no poner en riesgo sus activos y proyectos en Estados Unidos el presidente de la petrolera Patrick Pouyanné firmó el mes pasado ante los ojos atentos del presidente Vladimir Putin la compra del 10% del proyecto de gas en el Ártico de la rusa Novatek. El proyecto supone una inversión de 25.000 millones de dólares. Las adquisiciones en Rusia tienen limitaciones por las sanciones económicas impuestas al país en 2014 tras la anexión de Crimea durante la crisis de Ucrania. 
En el caso de Novatek, de la cual Total tiene un 19% la empresa no puede acceder a la financiación en dólares, lo cual ha dejado el terreno abierto a los bancos chinos lo que ha permitido a Novatek y Total completar el año pasado otro gran proyecto. Exxon Mobil, Shell, BP y Repsol tienen proyectos en Rusia y de acuerdo con las fuentes consultadas todas intentan mejorar sus posiciones a pesar de los condicionamientos políticos que supone la situación internacional del país. La española tiene derechos mineros sobre 7 bloques de exploración, con una superficie neta de 2.272 km2 y 18 bloques de producción y desarrollo, con una superficie neta de 169
km2 y tiene el 49% de la sociedad AR Oil and Gas (AROG) en la que participa la rusa NNK fusionada con Alliance Oil. 

Pese a las sanciones que limitaron el acceso a la financiación internacional de las petroleras rusas, los bancos estatales rusos y la banca china acudieron al rescate de los proyectos más importantes en desarrollo. La industria demostró una estabilidad en la producción que no se esperaban muchos analistas y la inversión creció a pesar de las sanciones y la crisis de los precios del crudo desatada en el verano del 2014.

El incremento de los precios en el mercado internacional, fruto del acuerdo de reducción de producción con la OPEP en diciembre de 2016 ha sido un bálsamo para las petroleras rusas beneficiadas además por la caída del rublo ante las monedas internacionales. “Esperamos que los ingresos de las empresas de petróleo y gas rusas calificadas por nosotros muestren un fuerte crecimiento en 2018 lo que va a potenciar su ya elevada liquidez a resultas de los precios más altos del crudo, un rublo más débil, y una fiscalidad favorable para las exportaciones de petróleo”, señaló Moody's en una nota reciente. Para la agencia calificadora la estabilidad en la producción y los mayores precios van a contribuir a mejorar la calificación del riesgo en toda la industria.

Esta situación de esplendor es lo que ha atraído a la petrolera Mubadala Petroleum de los Emiratos Árabes Unidos que ha adquirido el 44% de un campo de petróleo en Rusia, a lo que se debe sumar otra docena de acuerdos entre las rusas Rosneft y Gazprom y otras empresas internacionales del sector. Rosneft la petrolera con mayoría estatal más grande del país anunció recientemente que multiplicó por siete sus ingresos en el primer trimestre este año con 1.500 millones de dólares, mientras que su competidora privada Lukoil anunció un aumento del 75% en sus ingresos respecto de igual periodo un año antes. 

La principal productora de gas del país Gazprom anunció por su parte un aumento del beneficio del 11% con 5.930 millones de dólares. Lukoil anunció que va a recomprar títulos de su empresa en el mercado por valor de 3.000 millones de dólares en el plazo de cinco años mientras que Rosneft hizo público el primer programa de recompra de títulos de su historia con el objetivo de adquirir 2.000 millones de dólares en acciones hasta 2020 además de reducir su deuda en un 22%.

El pelotón de las principales petroleras internacionales ha definido el gas como un objetivo prioritario de su actividad. Shell adquirió el año pasado el grupo British Gas además de activos en diversos países así como incrementó su flota de barcos metaneros. Los grandes proyectos de gas en Australia como el Gorgon de Chevron y Exxon Mobil, en las que se han embarcado las grandes del sector son reveladores de sus expectativas. 

De acuerdo con el análisis de la Agencia Internacional de la Energía la demanda mundial de gas va a crecer un 5% anual mientras que la demanda de petróleo crecerá a razón del 1% anual. Las grandes petroleras se han agrupado en defensa del medio ambiente y a favor del uso del gas como expresión de esta previsión de la demanda mundial señalando que el gas es un combustible que emite menos dióxido de carbono que otros combustibles fósiles. Pero más allá de las buenas intensiones a lo que asistimos es a una lucha por el control de dominios con reservas probadas significativas. Estados Unidos no se ha retirado de esta batalla, pero de momento ha dejado esa labor en manos del Gobierno de Donald Trump que espera doblegar las resistencias de sus competidores como el caso de Irán aparentemente a cualquier  precio, algo que sólo la evolución de la política internacional podrá ratificar.

Aunque no todas las petroleras se muestran entusiasmadas con ese método para reordenar el mercado petrolero mundial en el que se ha empeñado la Casa Blanca. Tal parece ser el caso de Exxon Mobil con fuertes intereses en Rusia y cuyo ex consejero delegado Rex Tillerson convertido en secretario de estado abandonó el gobierno por discrepancias con la política exterior de Trump.

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