edición: 2514 , Viernes, 20 julio 2018
30/05/2018

La tortilla nacional

Se ha convertido el Congreso de los Diputados en un escenario irreconocible. Mírense los temas, los personajes, las batallas, los asuntos que a sus Señorías preocupan y llegaremos a la conclusión de que el teatro allí montado en nada nos atañe y menos nos interesa. Dicen todos actuar en nombre del pueblo, de España y los españoles, del interés general cuando, en realidad, su interés reside en la conservación del poder en unos casos y en superarlo en otros. Los actores siguen el guion consensuado, previo y anterior a la puesta en escena. ¿Qué sería de todo y todos (y todas) si la cadena pública de televisión no diera fe de sus obras allí representadas?

Sin la tele en el hemiciclo, se tiene la sensación de que el escenario y sus actores (secundarios o terciarios) no representan a nada ni a nadie, no existen. Sin tele no hay audiencia posible porque tampoco hay ruido ni postureo ideológico. Triste función la que se produce en ese teatro político, convertido en gallinero, alboroto de gallos, pollos y gallinas. Lo malo es que la familia avícola representa allí a las instituciones del Estado como mandatarios que son de la voluntad de los votantes y de la confianza en ellos depositada.

Pero tras una leve observación, surge el escalofrío al reconocer que es la familia avícola la delegada por el pueblo y la sociedad de hacer las leyes. Es, nada más y nada menos, el poder legislativo, al que aquí se nos ocurre calificar de gallinero, el lugar donde -es lo que pensamos algunos- se debe garantizar la convivencia, la paz y la democracia. Los más gallos se rodean y hacen acompañar de sus hinchas, incondicionales, un coro que apoya sin discusión el discurso propio, habitualmente envenenado, corrosivo y abrasivo, disparado contra el enemigo.

El guirigay de los diputados es observado bajo la sospecha de ser el centro de la locura colectiva ibérica. Es mirado con reticencia por los turistas que caen por aquí, los mismos que luego, de vuelta en sus países de origen nos sacan parecidos con italianos y otros pueblos bárbaros del sur. Por fortuna, los turistas no ven la tele en la playa ni en la montaña: se quedarían de piedra, no repetirían destino turístico. Pero los residentes, en cambio, estamos obligados a seguir la representación teatral, el gallinero ibérico con sus gallos, pollos y gallinas, haciendo la tortilla nacional, con todos sus huevos.

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