edición: 2862 , Martes, 10 diciembre 2019
31/10/2019

La transición política de Argentina camina por el desfiladero de una suspensión de pagos con devaluación

El presidente en funciones y el electo se enfrentan a un ejercicio de convivencia con un final incierto
Carlos Schwartz
Tras las elecciones del pasado fin de semana el mercado de cambios argentino se abrió bajo el signo de un límite de adquisición de 200 dólares mensuales para particulares y empresas, el llamado cepo cambiario. La excepción son los importadores que necesitan remesas de divisas. Pero esto no quiere decir que el bloqueo sea total porque los argentinos tienen otras vías de adquirir dólares a través de la bolsa mediante la adquisición de bonos y acciones argentinos denominados en esa divisa, que se liquidan luego en el mercado de Nueva York, el “dólar liqui”. El otro camino es el mercado negro, denominado dólar blue.
El lunes el dólar blue y el dólar liqui se dispararon. El martes el mercado se distendió levemente, porque el encuentro entre el electo Alberto Fernández y Mauricio Macri en funciones habría creado expectativas positivas. Mentiras piadosas, la distensión del martes se debió a la liquidación del exceso de dólares acopiado en vísperas de las elecciones por las empresas por temor a un desplome del peso a la vista del pago de nóminas a fin de mes. Esta liquidación devolvió liquidez al mercado de divisas de forma transitoria y coyuntural. Pero el problema de fondo está firmemente asentado en la incapacidad por parte del Gobierno, presente o futuro, de hacer frente a la deuda interior y a la exterior.

Los medios financieros internacionales recomiendan a Fernández que una vez en el Gobierno negocie de forma acelerada una reestructuración de la deuda. Pero, llegan tarde. El futuro presidente ya habló con el Fondo Monetario Internacional (FMI) al menos en términos exploratorios y la respuesta fue que los que deben pagar en primer término el descalabro económico son los inversores privados que deberán soportar un afeitado del orden del 60% de sus posiciones acreedoras. El gran problema que enfrenta el futuro Gobierno es que el único sector productivo que es eficiente y genera ingresos es el agrario y el agroindustrial, aunque con una fuerte reducción en la cotización internacional de los granos que son la principal fuente de ingresos del país. La industria mientras tanto está en recesión, como el conjunto de la economía, y el cierre de empresas se encadena de forma creciente con un incremento irrefrenable del desempleo. En estas condiciones una receta al estilo tradicional del FMI, de equilibrio presupuestario, supondría la eliminación de los planes de asistencia social a cargo del gobierno central lo que desembocaría en un estallido social.

Pensar que el encuentro entre Fernández y Macri asegura sosiego en los mercados es una apuesta difícil. La cotización del dólar, oficial o paralela, ejerce presión sobre los precios en un país que se orienta hacia la hiperinflación. La tendencia a la devaluación del peso empuja a la moneda argentina hacia la hiperinflación. En este contexto la capacidad para una negociación rápida con el FMI, tal como pide el equipo editorial del Financial Times, está bloqueada por factores políticos.

El gigantesco estallido social en Chile, los acontecimientos de Ecuador, son una clara advertencia de que la presión acumulada en el seno de las sociedades en Iberoamérica no permite agudizar la expoliación social. La fórmula electoral Fernández-Fernández hizo centro en su campaña en la necesidad de llevar dinero al bolsillo de los necesitados. Es decir, que el futuro Gobierno se encuentra apremiado por la necesidad de una masa de inversión de la que carece para sacar a la actividad industrial del país de su parálisis absoluta. 

La situación es de tal volatilidad que no parece que haya margen para atender a las reclamaciones de los inversores. Esto ha puesto a la orden del día el enfrentamiento entre el FMI y los grandes fondos de inversión que están sentados sobre una montaña de bonos soberanos argentinos. Mientras tanto el gobierno saliente y el equipo entrante se encuentran desbordados por la deuda interna. El FMI recomendó al equipo de Macri la implantación de letras de liquidez del Banco Central (Leliq) para drenar dinero de las cuentas y depósitos de los bancos como forma de contener la inflación. Las letras fueron ideadas además como forma de sustituir la emisión de moneda mediante la cosecha del dinero de los particulares mediante las letras. Los únicos inversores autorizados en Leliq son los bancos, y estos han derivado hacia esos instrumentos los depósitos de clientes.

Para incentivar el proceso el BCRA autorizó que parte de los coeficientes obligatorios -encajes bancarios- se cumpla con las dichosas Leliq, además de retribuir a esos instrumentos a tipos de interés que alcanzaron el 80% a finales de agosto tras las elecciones primarias. Parte del truco es que con una inflación de entre el 50%y el 60% anual el valor de las letras y de los depósitos medidos en términos dólar se licuaba a pesar de los intereses habida cuenta además de una inflación galopante. Pero este proceso ha determinado que el saldo vivo de estas letras en manos de los bancos haya alcanzado hasta los 1,3 billones de pesos argentinos o sea 16.214 millones de dólares al tipo de cambio actual. 

El martes el BCRA anunció que las Leliq no computarán más para los coeficientes lo que desincentivará su emisión. Esto forma parte del pacto Fernández-Macri, porque el primero quiere desactivar la bomba de las Leliq. La consecuencia de esta medida será que el dinero de las letras que no se renueven irá a parar al dólar, ya sea “blue” o “liqui” aumentando la presión devaluatoria sobre la moneda local. Esta política ha determinado la cancelación de Leliq por importe de 400.000 millones en la semana, es decir un tercio del saldo vivo, lo que indica que el camino hacia una hiperinflación y consiguiente desvalorización de los depósitos y la deuda se puede haber iniciado. 

Las letras han llegado a tipos de interés del 80% anual y ahora están en el 62%. Los bancos han percibido ingresos por intereses del orden de los 41 millones de dólares diarios durante un prolongado periodo de tiempo. La teoría de Fernández anunciada esta semana es que el dinero para financiar el despegue económico saldrá de los intereses que no se paguen por las Leliq, pero las cuentas no salen. ¿Otra patraña? Se mire por donde se mire el país está bajo el peso opresivo de la deuda externa e interna. Por añadidura la deuda privada de las grandes corporaciones argentinas está denominada en dólares mientras que sus ingresos son en pesos lo que se suma a la recesión económica. Llegar al 10 de diciembre será un ejercicio de malabares sin precedentes, si es que no hay una emergencia antes, que lleve a un relevo precipitado de la presidencia. Y después…

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