edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
18/04/2018

Linde, el sepulturero

Recuerda hoy día el regente del supervisor bancario a aquel personaje de la novela de Joyce Carol, 'La hija del sepulturero', un profesor de instituto a quien en su exilio en Estados Unidos, tras escapar de la Alemania del 36, fue degradado a sepulturero porque era el único oficio vacante en aquel momento. Luis Mª Linde, Gobernador del Banco de España, lleva ese camino, o, mejor aún, ya oposita a la vacante. Lo hace por el momento con mérito, pues logra el objetivo propuesto: meter el miedo en el cuerpo de los futuros pensionistas. Objetivo donde los actuales jubilados no figuran: se da por hecho que vivirán el resto con pensión menguante pero pensión al fin.

Linde agita el miedo entre los vivos de veinte, treinta y cuarenta años de edad, siembra el desasosiego entre los de cincuenta y sesenta y turba a los recién jubilados y a sus hermanos mayores de setenta y ochenta. En fin, que el Gobernador encontraría papel indiscutible en cualquier guion de remake macabro. Y por supuesto, de estrella en el de sepulturero. El Gobernador luce y presume en este su tiempo de descuento -camino que va del 28 de junio, cuando abandone en vida y ya jubilado, el palacio de Cibeles por la Puerta de Alcalá- de esa libertad de verbo que otorga y da libertad al flemático, a sabiendas que, a estas alturas de su vida, diga lo que diga ya nadie le podrá reprochar nada. 

Amenaza a las clases pasivas con poco menos que la miseria o la penuria, y al resto de activos con un mazazo colosal a cuenta de un PIB que como el mismo `Terminator´ obligaría a los activos a trabajar el doble o ganar la mitad (o las dos cosas) para que los pasivos siguieran en vida. Resulta este un horizonte cruel para los supervivientes, todavía, de la crisis de 2007. El presagio de Linde nos convierte en elemento orgánico a nada que nos agachemos a coger un bolígrafo por abandonar la vigilancia de la retaguardia.

Así habla Linde, a calzón quitado, sin tapujos ni medias tintas, a pelo y sin guardarse (o no) nada. Deja entrever con cifras en el aire que los jóvenes están condenados, los menos jóvenes y algo mayores sentenciados y que sólo los viejos y más viejos se salvan de la quema del déficit de la Seguridad Social. Piensa uno que mejor será que no le dejen hacer cifras sobre papel; sería capaz, incluso, de señalar hasta los próximos candidatos a orgánico. Eso sí, Linde, el sepulturero, no cierra la caja, la puerta, y viene a decir que, si no se quiere pagar más ni tampoco cobrar menos, entonces habrá que vivir menos. Así de claro habla el sepulturero.

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