edición: 2808 , Viernes, 20 septiembre 2019
27/07/2010

Los 90.000 documentos secretos sobre Afganistán ponen a la Casa Blanca y al Pentágono contra las cuerdas

Pedro González
“La publicación de estos documentos es comparable a la apertura de los dossiers de la Stasi”, manifestaba henchido de satisfacción Julian Assange, el fundador y portavoz de Wikileaks, el portal especializado en la publicación de documentos confidenciales. En su conferencia de prensa de este lunes en Londres, Assange ha desafiado tanto a la Casa Blanca como al Pentágono a que desmientan uno solo de los 90.000 documentos publicados por The Guardian (Gran Bretaña), The New York Times (Estados Unidos) y Der Spiegel (Alemania), los tres prestigiosos órganos de la prensa escrita mundial con quienes Assange había pactado la exclusiva preliminar de tan ingente volumen de documentos de las fuerzas aliadas en Afganistán.

Fundada en 2007, Wikileaks ha conseguido que nada, absolutamente nada, quede ya en los arcanos del secreto. Entre sus “hazañas” cabe registrar desde la lista completa de los militantes del BNP, el partido de la extrema derecha británica, al video sobre una de las actuaciones de las tropas americanas en Irak, saldada con el asesinato de varios civiles, pasando por la publicación de millares de mensajes de texto intercambiados por los pasajeros de los aviones secuestrados y estrellados con ocasión de los atentados del 11 de septiembre de 2001, y sus familiares y amigos, además de los mensajes intercambiados entre los secuestradores entre sí.
 
El principio de Wikileaks es muy simple: se trata de un portal que ofrece el total anonimato a sus informantes, que los pueden enviar bien a través de una conexión segura por internet o bien por correo postal. En este caso concreto, los 90.000 documentos proceden del Secret Internet Protocol Router Network (SIPRNet), una red exclusiva de acceso para la práctica totalidad de los soldados que luchan en Afganistán y también para algunos de los proveedores de servicios y material a dichas tropas. Es por ello poco probable que tanto la Casa Blanca como el Pentágono puedan averiguar la identidad final de las “gargantas profundas” que han hecho llegar a Wikileaks sus videos, testimonios y documentos confidenciales. Julian Assange señalaba precisamente que el volumen original de documentos ascendía a más de cien mil, pero que se habían suprimido unos 15.000 por las muchas pistas que su contenido presentaba para averiguar la identidad de los comunicantes anónimos.
 
El examen de tales ‘dossieres’ contiene todo tipo de operaciones, desde las más anodinas hasta las más sangrientas. Se incluyen asimismo informes sobre la creciente utilización de bombas rudimentarias por parte de los insurgentes, pero también los numerosos errores que se han saldado con la muerte por error de numerosos civiles afganos o de soldados aliados, e incluso informes exhaustivos sobre los fuertes conflictos que enfrenta a los servicios secretos americanos con sus homólogos de Pakistán. Todo un tratado para componer varios tomos de la atormentada historia de la guerra de Afganistán. En sus declaraciones, Assange no ha dudado tampoco en calificar de “crímenes de guerra” muchas de las acciones realizadas por la coalición aliada, arguyendo además que las pruebas están en esos documentos, “irrefutables” según sus propias palabras, por tratarse precisamente de los informes oficiales que relatan las diversas operaciones ejecutadas en el periodo 2004-2009.
 
La Casa Blanca ha reaccionado airadamente, pero no para desmentir los contenidos de tales documentos, sino para  criticar la publicación en sí de los textos, estimando que “ponen en grave peligro las vidas tanto de los soldados americanos como las de las tropas aliadas”. El comunicado, remitido a las redacciones de los medios de información americanos, trata de descalificar a Wikileaks, al afirmar que “no es un medio objetivo, sino una organización que se opone a la política de Estados Unidos en Afganistán”. Y es que, en efecto, tanto ninguno de los sucesivos documentos que el portal ha publicado sobre la guerra de Irak como ninguno de éstos sobre la de Afganistán, presenta justificaciones o algún tipo de elogio compensatorio hacia la misión de las tropas americanas en estos territorios.

El propio Julian Assange ha señalado que ahora  espera una gran ofensiva de la Casa Blanca Blanca y del Pentágono para desacreditarle y atacar a Wikileaks no por los contenidos de lo que revela sino por sus dificultades financieras o por cuestiones relacionadas con su vida privada. De momento ya han surgido acusadores anónimos que denuncian la utilización en su propio beneficio por parte de Assange de gran parte de las donaciones con que se financia Wikileaks. Este se rige por una fundación, Sunshine Press, que se nutre exclusivamente de donaciones. El propio portal daba cuenta de haber recibido en 2009 solamente 130.000 dólares por esta vía, cuando sus necesidades de funcionamiento las cifraba en 800.000 dólares, una cantidad en todo caso ridícula en comparación con el escándalo causado ahora por sacar a la luz la oscura trastienda de lo que está sucediendo en Afganistán.

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