edición: 2186 , Martes, 28 marzo 2017
30/09/2008

Los árboles de la crisis financiera ocultan el bosque del problema español

La depreciación de activos inmobiliarios puede alcanzar los 180.000 millones
Juan José González

Alegría en La Moncloa, felicidad en los departamentos ministeriales, animación en las instituciones financieras, descuidados los sindicatos y a lo suyo los partidos políticos... Esta es la sensación que cualquier visitante extranjero se llevaría ahora de España, el país de la pandereta que baila a golpe de guitarra andaluza o de dulzaina manchega. Todo un espectáculo en el que los ciudadanos asisten, a distancia, como espectadores, a la mayor crisis del capitalismo, algo así como la proyección de una película ‘Wall Street: la muerte tenía un precio’, del director de cine, un tal Hank Paulson. Todo el país esta pendiente del desenlace de una trama que tiene morbo infinito porque afecta a lo que más duele, al dinero, al bolsillo. Inmersos y pasmados en esa actualidad, como si de un ejercicio de distracción se tratara, llegamos a olvidarnos de lo que sucede en nuestra propia casa, convencidos que estamos de que no hay crisis, como asegura nuestro presidente José Luís Rodríguez Zapatero, que sí, que hay crisis, como afirma nuestro vicepresidente Pedro Solbes.

Incluso, el ministro de Industria Miguel Sebastián, ha asegurado que estamos en el principio del final, a diferencia de otros empresarios que creen que estamos al final del principio. Dicen los más viejos que no reconocer la realidad no lleva a evitar las consecuencias del pesimismo, sino a agravar los problemas.

El ‘plan de rescate’ de Hank Paulson y Ben Bernanke no ha seducido ni a sus propios políticos, en teoría los mayores interesados en que la cosa no fuese a males. En Europa se ha certificado la crisis. Y mientras todo esto sucede ¿qué pasa con la mejor economía de Europa, la mejor preparada, la más sólida de Occidente? como se empeña en afirmar nuestro jefe del Ejecutivo. Pasa que no es todo cierto, que tenemos nuestras y muchas debilidades y que la mayoría de los indicadores están en rojo, alguno de ellos al rojo más vivo.

El ejercicio de autocomplacencia que practica nuestro Ejecutivo les lleva a pensar, convencidos, de que se han tomado todas las medidas necesarias para que no caiga la actividad ni el consumo, pero se dispara la inflación. Las cifras no mienten –salvo que se las haga mentir- y por desgracia cantan. Y vaya como cantan. Tenemos problemas específicos, como los precios; nuestra inflación es 1,1% superior a la de nuestros vecinos competidores. En esto, el mensaje oficial es que los precios energéticos y de las materias primas tienen la culpa. Pero la inflación subyacente fue en agosto de un 3,5%. El paro puede terminar el año en los tres millones que pueden ser cuatro a finales de 2009. Más cosas. El déficit por cuenta corriente acaba de situarse en el segundo de mayor tamaño, sólo tras EE UU. España es una economía cuyo PIB depende en un 10% de la financiación exterior, nada más y nada menos. Y la ecuación de más paro, mayor déficit y menos crecimiento de PIB es matemática, cuenta de la vieja pura y dura.

Estos días, con ese ánimo que nos empuja en busca del optimismo diario, uno no puede evitar toparse con interlocutores que afirman que “lo peor está por venir”, ante lo que uno se pregunta, pero ¿qué es peor que esto? ¿peor aún? Pues sí, aún peor.

Empiezan ya a conocerse algunos cálculos de la magnitud monetaria de nuestro agujero inmobiliario, aunque la verdadera cifra no se sabrá hasta que los precios de la vivienda toquen fondo. Una estimación realizada por expertos financieros a partir del análisis de la información que bancos y cajas remiten a la Central de Balances del Banco de España, estima en 180.000 millones de euros el desfase patrimonial de los activos inmobiliarios identificados en el 87% de dichas entidades. Increíble. Pone los pelos de punta con tan sólo pensar en la magnitud sideral de nuestra burbuja inmobiliaria. Pero algo habrá que hacer con la construcción y con la actividad inmobiliaria: la gente necesita nuevas viviendas y la demanda, aunque mucho más débil, seguirá demandando por mucho que se haya frenado la construcción de viviendas. Cómo será la magnitud de la debacle inmobiliaria que en EE UU el número de viviendas actualmente sin vender cubre la demanda de un año al ritmo actual. La misma cuenta dice para España que el número de viviendas sin vender cubriría la demanda de cuatro años.

Es obvio que la economía española está expuesta a la crisis financiera. Como financieros son los problemas del déficit corriente y de la falta de liquidez en los mercados internacionales. A esta falta de liquidez no son inmunes los bancos españoles obligados de forma creciente a pedir crédito al BCE en un escenario de baja actividad económica. Se estima que las necesidades de financiación de nuestras entidades financieras hasta final de año rondarán los 120.000 millones de euros. Todo un problema. Pero que no pone en peligro ni hace dudar de la solvencia bancaria. En este sentido, el Banco de España puede servir de ejemplo como modelo de supervisión bancaria en el tratamiento de las actividades fuera de balance así como las exigencias en las provisiones por fallidos, enseñanzas de nuestra crisis bancaria de los ochenta.

La solvencia del sistema bancario español se pondrá a prueba cuando lleguen verdaderos problemas a algunas entidades. Será entonces cuando se produzcan operaciones de fusión, adquisición o, por qué no, de liquidación de más de una caja y posiblemente de algún banco. En contra de lo que siempre se piensa -que un banco quiebre- es posible que asistamos a más de una quiebra.

Pero no todo va a ser disgustos ni contratiempos. El Gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez  ya ha pronosticado una salida más rápida y sólida de la crisis sí, y sólo sí, hacemos los deberes, lo cual pasa por poner en marcha las reformas estructurales a las que tanto teme el Ejecutivo, que intenta por todos los medios que los sindicatos no se pongan de uñas. Aunque para uñas las de Gerardo Díaz Ferrán que amenaza con “o se abarata el despido ya, o no se contrata a nadie más”. Complicada anda la actividad empresarial como cantan las cifras del INE: en lo que va de año se han cerrado 14.000 empresas y constituido un 26% menos. A este paso nos quedamos sin tejido.

A los que nadie parece querer arrendar la ganancia es a los reguladores, coyuntura difícil la que se les avecina, exigente en capacidades, imaginación, rapidez, reflejos… y eficacia. La experiencia de estos días –rica experiencia- nos está enseñando que cuando las ayudas de liquidez de un banco central, por ejemplo, no son suficientes, el Gobierno debe intervenir porque tiene la potestad de recaudar impuestos. Algunos dirán que esto no es posible porque el BCE no lo permitiría. Otros dirán que sí, que es posible porque en Europa no hay un Gobierno europeo, en fin. Un problema al que habrá que darle salida y tirar de soberanía para evitar que nuestra Banca se quede seca.

Y como no hay mal que por bien no venga, la última iniciativa del jefe del Ejecutivo español, no deja de sorprender a esta altura de la película. Quiere hablar con el jefe de la Oposición, Mariano Rajoy. La cita sería la décima en cuatro años y medio. Las anteriores, o no dieron ningún resultado o éste fue parvo. Son encuentros de foto, de márketing político, y si es de economía suscitan más dudas aún porque es una materia en la que licenciado en derecho y registrador de la propiedad saben más bien poco y entienden menos, acostumbrados a empollar el papel que les escriben. Así que más bien poco es lo que se espera de este encuentro.

Aunque bien pensado, sí podrían aprovecharlo para avanzar en otras cuestiones, como por ejemplo, y ahora que se han puesto de acuerdo en la renovación del CGPJ, corregir el descrédito de nuestros reguladores y supervisores (CNMV, CNE y CNC), poner en marcha las actuaciones políticas que conduzcan a resolver la mengua y el deshonor de estas instituciones y de sus responsables, insensibles al deterioro de la seguridad jurídica un intangible tan preciado como decisivo para la inversión extranjera.

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