edición: 2887 , Martes, 21 enero 2020
11/05/2009
Satisfechos con la tramoya de las pruebas de esfuerzo
Barack Obama

Los bancos centrales desisten de hacer reformas bancarias

La nueva regulación financiera se ahoga en el sospechoso optimismo de los Gobiernos
Juan José González

Gobiernos y bancos centrales del universo mantienen en pie su estrategia de solucionar la crisis con medidas que causen golpes de efecto (pruebas de esfuerzo en EE UU), con anuncios de medidas convencionales (reducción del precio del dinero en la UE) y menos convencionales (adquisición de cédulas hipotecarias por 60.000 millones, también en la UE), en resumen, políticas de paños calientes. Estrategia que da lugar a que los mercados (de renta fija y variable) especulen indicios, coticen perspectivas y avancen posibilidades, pero que en realidad no llegan a presentar resultados consistentes. Las pruebas de esfuerzo de la banca norteamericana, que con tanta expectación eran esperadas por sectores políticos y financieros, se quedaron en lo que se temía una parte del orbe; operación de imagen, cortina de humo o maniobra entre la Administración Obama y los 20 magníficos del sector financiero-bancario de aquel país. Los populares ‘stress test’ han proporcionado la sombra suficiente como para retrasar hasta el olvido o anular, toda aquella corriente potente que deba por hecho que los tiempos de la refundación de la supervisión y una nueva regulación de los mercados financieros, se encontraba a las puertas de todos los Parlamentos del mundo civilizado.

Y mientras esto sucede, el juego sigue. Un juego que consiste en que todas las partes, Gobiernos y bancos, administradores y administrados, quieren ganar tiempo, y dinero también, pero en principio, sólo tiempo. Los primeros necesitan cambiar la tendencia y especulan con optimismos de expertos, medios de comunicación y líderes de opinión. Los segundos necesitan frenar el deterioro de inversiones y las caídas de valor, la recuperación del crédito… Pero entre las dos partes, se intenta ocultar la auténtica necesidad de reformar el sistema financiero. A medida que pasan los meses, el estallido de la crisis, el fiasco de Fannie Mae y Freddie Mac, el viernes negro en la Bolsas, la quiebra de Lehman Brothers, son acontecimientos que se alejan un poco más cada día, y los interesados que en que corra el tiempo, porque juega a favor, confían en eso, en que el tiempo todo lo cura y que por tanto, las posibilidades de que a los supervisores y legisladores vuelvan a las ‘andadas’ de querer reformar el sistema se enfrían, se alejan.

Esta es la deriva que la avalancha de acontecimientos parece haber relegado al ostracismo en los últimos meses. Haría bien la clase política en practicar hemeroteca (basta con la consulta desde el mes de septiembre pasado) para comprobar la abundancia y gran volumen de declaraciones oficiales acerca de la necesidad de dar respuesta a la crisis sistémica mediante paquetes reguladores, aumentando la supervisión con nueva normativa. Incluso se citaron fechas y calendario de reformas, modelos regulatorios a seguir, etc. Ahora que las aguas parecen bajar menos turbias, el pesimismo se modera, incluso el debate de si permitir o no que los bancos con graves dificultades desaparezcan ya esta resuelto -a favor de los bancos-, los bancos centrales deberían cumplir con su función de promover -y los Gobiernos de imponer- normativas más acordes con los problemas creados en los últimos veinte meses, para que no se vuelvan a repetir, regulaciones financieras más estrictas que no dejen lugar a abusos y prácticas que están en el origen de la última crisis, en fin, iniciativa, voluntad y ejecución. El tiempo está propiciando que los políticos, deslumbrados por el corto plazo y la ausencia de perspectiva de futuro, descuiden las reformas financieras, y se olviden del largo plazo.

La maniobra ha dado sus frutos –por ahora- ya que supone una ganancia de tiempo considerable durante el cual los mercados de renta variable, han jugado un rally que parece haber frenado (casi) en seco las caídas de algunas compañías consideradas como básicas en los principales índices. En realidad, también formaba parte de la maniobra política. Y si las bolsas se recuperan (no importa a qué velocidad) se interpreta que es un buen indicio de que el enfermo reacciona al estímulo. Es posible que la medicina aplicada al caso, típicamente de urgencia, para limpiar las ‘uvis’ y ‘ucis’ de todo el mundo, haya conseguido obrar una bajada de la fiebre en toda regla, porque no parece que en los últimos meses se hayan anunciado quiebras financieras espectaculares, e incluso, es probable que hasta después del verano no se vuelvan a repetir episodios dramáticos de cierres de empresas carismáticas. Pero todo el camino recorrido hasta el mes de mayo se ha cubierto con cargo a los presupuestos gubernamentales, con fondos públicos, con la caja y tesorería que proporcionan los Estados.

En Europa se sigue alabando la capacidad de respuesta de la economía norteamericana, su flexibilidad, reflejos y velocidad de respuesta a los estímulos fiscales, cuando en realidad la única terapia que esta dando resultados tiene a la inyección de recursos financieros como única medicina. Todos los esfuerzos de la Administración Obama para evitar que la economía y los mercados sigan en caída libre, consisten en acciones combinadas de imagen y fondos públicos, y cuyo último objetivo es la recuperación de la estabilidad financiera y de la actividad económica.

Los Gobiernos tienen pendiente ‘al ‘cobro’ la deuda de la ingente inyección de recursos financieros de los últimos meses –y que se mantendrá en los próximos- para tapar agujeros y solucionar problemas, cuyos efectos pervivirán varios años entre los ciudadanos -los contribuyentes de esos fondos- en forma de desempleo y pérdida de riqueza y bienestar. Mientras tanto, los indicios siguen siendo sólo indicios, las posibilidades sólo posibilidades y la especulación mantiene alegre la Bolsa y poco más. Pero lo que son resultados, nada de nada.

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