edición: 3026 , Lunes, 10 agosto 2020
09/05/2016

Los cambios en el Gobierno saudí afectarán a la OPEP y crean incertidumbre en el mercado petrolero

Arabia enfrenta la crisis de su modelo productivo pero la estrategia adoptada afectará a las petroleras
Carlos Schwartz
Los analistas administraban con parquedad su opinión tras los cambios este fin de semana en el Gobierno de Arabia Saudi. Aunque en su mayoría reflejaban la convicción de que el nuevo escenario constituía una jugada inesperada de la geopolítica que influirá negativamente en la cohesión y futuro de la OPEP y va a repercutir negativamente sobre los precios del crudo. La modificación del escenario va en contra de los intereses de las petroleras, afirman, porque demuestra que Arabia Saudita no puede prescindir de su ritmo de producción de crudo para mantener sus ingresos en divisas al nivel actual como forma de paliar los bajos precios. La ecuación de volumen por precios se impone. El actual hombre fuerte del régimen, el príncipe Mohamed bin Salman (MbS, para los observadores occidentales), hijo del rey Salman, tomó la decisión de prescindir del octogenario ministro del Petróleo Alí al Naimi cuyo relevo tras más de 20 años al frente del ministerio clave del reino era un secreto a voces.
Sin embargo, nadie esperaba que esa operación se desarrollara como secuela de una desautorización de considerable magnitud en la reunión convocada en Doha por naciones miembro de la OPEP y productores de crudo ajenos al cartel como Rusia. Mientras Al Naimi aspiraba a materializar un acuerdo de limitación de la producción, sin probables consecuencias sobre los precios del crudo puesto que establecía como límite la producción récord de enero pasado, el príncipe declaraba de madrugada en Riyad en vísperas de la cumbre que no habría ningún acuerdo sin el compromiso de Irán con los objetivos propuestos. Las declaraciones hundieron la reunión de Doha de finales de abril y Al Naimi regresó a la capital del reino humillado por la intervención de MbS que dejó muy claro quien mandaba en la política petrolera del país. La intervención del príncipe ha roto la tradición de independencia del ministerio del Petróleo respecto del gobierno y la familia real. Pero el efecto de este relevamiento no se limita al reino saudí.

La OPEP atraviesa por sus horas más bajas con una fisura insalvable. De un lado, los países exportadores con una mayor debilidad de su balanza de pagos y sin reservas en divisas capaces de atender sus necesidades comerciales más elementales, como Venezuela como caso extremo pero incluyendo a Ecuador o Nigeria en un segundo plano. Del otro aquellos más próximos al reino saudí con un colchón de divisas que les permite transitar el desierto de los bajos precios del crudo en mejores condiciones. Las concesiones formales, que no de fondo, de Ali Naimi, apuntaban en lo esencial a tender un puente al sector más débil de la Organización de Países Exportadores para suavizar sus crisis políticas interiores. En el fondo se trataba solo de un gesto destinado a evitar una profundización de la grieta que separa a ambos bloques.

Detrás de la argucia saudí de rechazar cualquier concesión al bloque débil con el argumento de que antes Irán -su acérrimo enemigo político regional- debe sumarse al compromiso está la realidad económica más cruda. Arabia Saudita, pese a sus significativas reservas en divisas, ha debido recurrir a un precipitado ajuste del gasto público con el efecto de desencadenar una crisis interior que afecta a los contratistas del estado quienes a su turno son los principales empleadores del reino. La constructora local Saudi Binladin Group anunció la semana pasada el despido de 50.000 trabajadores y desencadenó una ola de protestas que en la ciudad de La Meca acabó en serios disturbios con la quema de un parque de autobuses. Los contratistas extranjeros mientras denuncian la prolongación de los plazos en los pagos hasta extremos antes insospechados.

Estos incidentes indican que la caída de los precios del crudo no ha sido neutral para el país. Sin embargo, la reacción de la monarquía saudí, ha sido levantar un programa económico de emancipación de la producción de hidrocarburos. La economía del país depende en un 70% de su producción de crudo, y Saudi Aramco, la empresa estatal es la columna vertebral de los ingresos fiscales. El plan de reestructuración económica aprobado por el Gobierno supone fusionar en un solo ministerio energía, industria y recursos minerales y al frente de este se ha colocado al ex presidente de Saudi Aramco, Jalid al-Falij parte del círculo íntimo del príncipe Mohamed bin Salman. La migración propuesta desde la actual dependencia del petróleo a la emancipación energética e industrial demandaría 15 años. El plan impulsado por MbS supone hacer pivotar el desarrollo y la diversificación económica sobre la actividad de la empresa privada. Sin embargo el desarrollo de una infraestructura industrial en el país solo puede estar destinada a la producción para un mercado interno de 27,1 millones de habitantes, de los cuales 18,7 son saudíes y 8,4 trabajadores inmigrantes.

El modelo económico sería en definitiva crear una infraestructura de bienes y servicios destinados a sustituir las importaciones lo que tendría el efecto benéfico de reducir la pérdida de divisas a través de la balanza de pagos. El problema es que, por ejemplo, a la Mercedes Benz no le conviene montar una industria de coches de lujo en el país por el coste de la mano de obra y la estrechez del mercado y aunque lo hiciera merced a algún subsidio no sería una plataforma industrial con posibilidades de exportación al mercado mundial. Eso tendría sentido en Malasia o Indonesia por los costes interiores, pero no en Arabia Saudita.

A menos que el reino decida comprarse algo así como un Silicon Valley entero y trasladarlo al desierto su posibilidad de insertar un nuevo modelo productivo en la economía internacional es próximo a cero, han llegado tarde para ello. El plan incluye la creación de un fondo soberano destinado al desarrollo que se capitalizaría en parte con una privatización parcial de Saudi Aramco. El país sigue teniendo inmensas reservas de divisas que son del orden de los 590.000 millones de dólares a marzo pasado. Pero ha perdido en 18 meses 150.000 millones de dólares, y la pérdida sigue acelerándose. Por lo tanto el plan parece más un intento de freno a la hemorragia que un programa de desarrollo económico.

Cuando Al Naimi diseñó la estrategia de dejar caer los precios del crudo para arruinar a los productores de petróleo y gas no convencional de Estados Unidos responsables de los excedentes de crudo en el mercado mundial el grupo de estrategas que los asesoraba, y la misma OPEP, esperaban un precio de soporte del crudo de entre los 60 y 70 dólares por barril lo que hubiera hundido a los no convencionales pero hubiera garantizado la supervivencia de la industria petrolera convencional.

Pero el objetivo se descontroló y ahora no es pasible de ser reconducido. Nadie, salvo los más desesperados, los que ya no tienen nada que perder, como Venezuela, están dispuestos a un intento de recuperar el control de precios reduciendo la producción. La OPEP va camino de su disolución salvo que el precio del crudo rebote. El problema es que los objetivos que se ha planteado Arabia Saudita implican mantener, o incluso aumentar, sus actuales niveles de producción.

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