edición: 2361 , Lunes, 11 diciembre 2017
09/10/2009
OBSERVATORIO DE ECONOMIA

Los condicionantes del espíritu emprendedor en España

CÍRCULO DE EMPRESARIOS
El espíritu y las iniciativas emprendedoras en una determinada economía son el resultado de la interacción de factores procedentes de tres dimensiones fundamentales: el entorno macroeconómico e institucional, los programas gubernamentales y el marco cultural (OCDE, 1998). En España observamos que en cada uno de estos grandes ámbitos se dan deficiencias, algunas muy notables, que dificultan el arraigo de un mayor dinamismo emprendedor. A continuación se analizan las existentes en el marco macroeconómico, institucional y cultural. Los programas gubernamentales se tratan en las últimas secciones de este documento, dedicadas a las propuestas del Círculo de Empresarios para la promoción del espíritu empresarial.

Uno de los factores determinantes del dinamismo emprendedor es el grado de dificultad que plantean los obstáculos con que una persona pueda chocar en sus intentos de transformar sus ideas en actividades de valor. Además, si esos obstáculos son de naturaleza institucional y, por tanto, persistentes en el tiempo, pueden terminar ahogando el espíritu emprendedor.

Más allá del buen comportamiento macro de la economía española durante los últimos 15 años y de la puesta en marcha de algunas reformas de corte estructural, lo cierto es que la maraña de regulaciones y otros elementos institucionales se mantienen como impedimentos notables para las iniciativas emprendedoras. De hecho, el entorno institucional en que opera el sector privado en nuestra economía se convierte frecuentemente en un factor desincentivador de la asunción de riesgos, no sólo en el caso de la creación de nuevos negocios, sino también en la expansión de los ya existentes, así como en la innovación de sus fórmulas organizativas. Esto es precisamente lo que indican los datos: son muchos quienes declaran en encuestas que desearían ser autoempleados, pero muy pocos los que lo son. Es más, el nuestro es uno de los países desarrollados donde mayor es la diferencia entre esas preferencias declaradas y los resultados reales de autoempleo. Además, esa diferencia se explica en gran parte por la presencia de onerosas cargas administrativas (Grillo e Irigoyen, 2006).

En efecto, si nuestro marco regulador se caracteriza por algo, desgraciadamente no lo hace por los incentivos para la iniciativa empresarial. Según el informe Doing Business 2009, que mide las facilidades/dificultades administrativas y legales para la actividad de la iniciativa privada, España ocupa el lugar 49 en el ranking global y nada menos que el 140 en el ranking referido a las condiciones para abrir un negocio sobre un total de 181 países.

Las rigideces de muchos mercados significan obstáculos muy notables para la actividad emprendedora. En general, los entornos competitivos estimulan la actividad emprendedora, pues emprendimiento e innovación tendrán mayores rendimientos esperados. Sin embargo, como se viene señalando desde organismos internacionales y españoles, nuestros mercados de bienes y, especialmente, de servicios están aquejados de una falta de competencia que dificulta y por tanto desincentiva las iniciativas emprendedoras y empresariales.

• Entre los mercados que muestran rigideces en su funcionamiento, sin duda el mercado laboral es el que en España plantea más dificultades desde el punto de vista de la actividad emprendedora. Es bien sabido que nuestro mercado de trabajo carece, como consecuencia de su diseño institucional, de la flexibilidad necesaria en elementos como la protección del empleo, la protección del desempleo, el sistema de negociación colectiva, la regulación de los contratos, etc. El resultado de esa insuficiente flexibilidad también es bien conocido: elevadas tasas de desempleo y de temporalidad, dualidad del mercado –contratos indefinidos frente a temporales-, baja movilidad de los trabajadores, paro juvenil, etc. Todo esto tiene asimismo diversos efectos negativos sobre las iniciativas emprendedoras. Algunos de ellos serían los siguientes:

o La prevalencia de microempresas de una sola persona refleja los costes que la regulación laboral plantea para quienes podrían crear empleo. En otras palabras, las rigideces de nuestro mercado laboral no sólo desincentivan la actividad emprendedora, sino que también limitan su capacidad de generar trabajo (Thurik y Verheul, 2003).
o Las empresas pequeñas recurren especialmente a los contratos temporales pues éstos les ofrecen más flexibilidad. Si la menor prevalencia de contratos temporales en empresas mayores es el resultado de la búsqueda de relaciones laborales más estables que faciliten el desarrollo de la empresa, entonces la dualidad del mercado reflejaría las dificultades de las empresas para crecer por encima de cierto tamaño (OCDE, 1998).
o Los acuerdos colectivos, al demarcar las tareas y responsabilidades de los trabajadores, limitan la movilidad de éstos y con ello las posibilidades de que las grandes empresas puedan acometer proyectos emprendedores que, por su propia naturaleza, requieren reestructuraciones, o simplemente flexibilidad.
o En los países de la OCDE, el perfil de la persona emprendedora incluye una experiencia laboral previa, que permite iniciar un negocio sobre cierta base de conocimiento y preparación. En España, la fuerte incidencia del desempleo entre los jóvenes impide acumular esa experiencia, pudiendo exacerbar la aversión al riesgo de quienes sufren esa situación, de modo que en el futuro prefieran un salario estable y no se involucren en actividades de emprendimiento.
o Un emprendedor español debe sumar a la posibilidad de fracaso de su iniciativa empresarial el riesgo de quedar desempleado como consecuencia del mismo.

• Otro elemento institucional que juega en contra de los emprendedores en España es el escaso desarrollo de los mercados financieros, concretamente de los mercados de capital riesgo. Las inversiones características de la innovación, como las que necesita nuestra economía, muestran un perfil de alto riesgo para alta rentabilidad esperada. Por ello, la actividad emprendedora e innovadora, especialmente necesaria para el impulso de la Economía del Conocimiento, exige un mercado bien desarrollado para capitales con elevado riesgo, como el llamado venture capital (inversiones en sociedades en fase de expansión y con elevado potencial de crecimiento). A pesar del avance del capital riesgo en España durante los últimos años, su importancia relativa (como porcentaje sobre el PIB) sigue siendo muy inferior a la observada en la Europa más desarrollada y en EEUU, tanto en términos de los fondos captados como de los invertidos (Banco de España, 2007). Uno de los mayores impedimentos para el desarrollo de estos mercados es la falta de masa crítica suficiente. La demanda de estos fondos es aún muy escasa, pues son pocos los proyectos que pugnan por los mismos. Esto incrementa el riesgo para los potenciales prestamistas, quienes no encuentran proyectos alternativos para el caso de que fracasen los que ya se han financiado. Estamos ante un mercado en el que una expansión de la demanda crearía oferta.

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