edición: 2579 , Lunes, 22 octubre 2018
05/03/2010
OBSERVATORIO DE ECONOMIA

Los empresarios, la creación de empleo y el cambio de modelo en España

CÍRCULO DE EMPRESARIOS
Ante el gravísimo problema del desempleo, muchas voces se dirigen a las Administraciones Públicas en demanda de soluciones. Hay quienes también consideran que parte de la solución puede estar en la creación de empleo público. Sin embargo, esa no es en ningún caso la solución. Nuestras AAPP, cuyo gasto se ha venido situando alrededor del 40% del PIB español, dependen del resto de agentes – sector privado- para su sostenibilidad. Esa sostenibilidad hoy es más difícil por el fortísimo deterioro de las cuentas públicas durante los dos últimos años. Crear empleo público sólo complicaría más el panorama de las cuentas públicas y con ello, el del conjunto de la economía española.

La respuesta al problema se encuentra en la actividad empresarial privada. Las AAPP de nuestro país deben preocuparse por crear un marco que posibilite la creación de empresas, lo que supondría más empleo, así como la regeneración de un tejido productivo dotado de mayor competitividad.

El pasado reciente muestra que el dinamismo empresarial y la aparición de nuevos empresarios han estado detrás de un intenso proceso de creación de empleo y crecimiento económico. Desde mediados de los años 80, la economía española ha registrado dos fases de crecimiento económico sostenido y superior a la media europea, ambas separadas por la recesión de los primeros años 90. La primera de ellas, desde la incorporación a la entonces Comunidad Económica Europea, en 1986, y hasta comienzos de los años 90; la segunda, desde mediados de la década de los 90 hasta el inicio de la actual crisis, a finales del año 2007. En ambas fases, el crecimiento económico y la convergencia con Europa se han sostenido sobre un intenso proceso de creación de empleo. Así, se pasó de los algo más de 11 millones de personas ocupadas en 1987 a superar los 20 millones de empleados en 2007.

Esa más que notable creación de empleo ha ido en paralelo con el incremento del porcentaje que el grupo de empleadores representa sobre el total de la población ocupada. Si en 1987 este porcentaje no alcanzaba el 3,5%, 20 años después se acercaba al 6% en el punto álgido del proceso generador de empleo en España, para caer después al disminuir la ocupación total. Estos datos indicarían que, durante este periodo de crecimiento, en España se creó empleo en mayor medida a través de las pymes (versus las grandes empresas), con un crecimiento muy notable del número de empresarios empleadores, que pasaron de algo menos de 400.000 en 1987 a más de un millón en el 2007.

Si centramos nuestra atención en la fase expansiva más reciente, entre 1996, cuando la tasa de paro se situaba en el 22%, y 2007, momento en que la tasa de desempleo tocó el suelo del 8%, en España se crearon cerca de 8 millones de nuevos puestos de trabajo, de los que medio millón correspondieron a trabajadores por cuenta ajena y, más concretamente, a empleadores.

Con esos datos, a la luz de nuestra propia experiencia reciente, y marcando como objetivo la absorción de una parte sustancial del actual desempleo en los próximos años, hemos de fijar una ambiciosa meta en términos de aparición de nuevos empresarios. Meta en la que se incluirían las distintas figuras de empresarios que crean empresas y empleo o ayudan a hacerlo. Estarían por supuesto las grandes empresas y sus directivos, locomotoras del sector privado de una economía, pero con el mayor protagonismo para las pequeñas y medianas empresas y los autónomos. Estos dos últimos grupos son muy importantes en el tejido productivo español porque generan un efecto multiplicador en la economía y porque pueden ser más flexibles en la traslación de nuevas ideas a usos productivos.

Es más, el número de nuevos empresarios al que deberíamos aspirar en los próximos años, es relativamente mayor que el registrado en la última fase de expansión. En 2010 la tasa de paro se acerca a valores muy similares a los de 1996, si bien con un número absoluto de parados –más de 4,3 millones- que supera al de entonces en alrededor de 600.000 personas. Como hemos visto, en aquellos momentos medio millón de nuevos empleadores permitieron crear 8 millones de empleos en 10 años. Ahora, por la urgencia de la situación y lo exigente de los retos futuros, no sólo necesitamos crear aproximadamente la mitad de empleos en la mitad de tiempo, sino que necesitamos empleos más productivos. En otras palabras, el llamamiento a la consolidación de condiciones favorables a la aparición de nuevos empresarios encuentra justificación en el otro gran desafío económico que afronta España, esto es, en la aparición y consolidación de un tejido productivo moderno, competitivo y garante de un crecimiento sostenido y equilibrado. España demanda nuevas ideas y su traslación a actividades productivas, por lo que los empresarios están llamados a desempeñar un papel crucial en el proceso de redefinición y diversificación del modelo productivo y sectorial.

España necesita una vez más de un número importante de nuevos empresarios –alrededor del medio millón cuya aparición permitió relanzar la actividad y el empleo desde mediados de los años 90-. Sobre todo, porque un patrón de especialización productiva como aquél al que debe aspirar la economía española no surge de los designios gubernamentales ni de una planificación intencionada, sino que lo hace de la interacción de los diferentes agentes económicos, en un marco de libre mercado y competencia, con una regulación de calidad que permita alcanzar distintos objetivos del modo más eficiente posible. Se trata de que el sector privado, con los empresarios a la cabeza, responda a los incentivos y señales que proceden del mercado, para allegar recursos a los usos que resulten más productivos.

En ese proceso de cambio y descubrimiento continuo de oportunidades, los empresarios desempeñan un cometido fundamental al asumir los riesgos de trasladar las innovaciones al sistema productivo, contratando y organizando factores de producción para generar valor añadido, empleo y dinamismo económico y social. En último término, la competitividad de sus empresas será la que establezca el nivel de competitividad del conjunto de la economía.

Para que los empresarios y el sistema de mercado puedan conducir la economía al progreso precisan de un entorno institucional adecuado. Las reformas estructurales pendientes, las que una y otra vez ha defendido el Círculo de Empresarios, son precisamente aquellas que permitirían que las fuerzas de mercado y la iniciativa empresarial llevaran a la economía española hacia un nivel superior de desarrollo, en el que pudiera competir con las economías más avanzadas.

En definitiva, no es posible salir de la crisis, crear empleo e iniciar una fase de transformación productiva y crecimiento sostenible si no se cuenta con empresarios. Sin embargo, existe un lastre para ello: el desconocimiento y la insuficiente valoración que la sociedad española muestra hacia la figura y la tarea del empresario. Un aspecto al que no se presta suficiente atención, a pesar de que aquellos países con mejor valoración social del empresario tienden a disfrutar de mayores niveles de bienestar.

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