edición: 2494 , Viernes, 22 junio 2018
07/12/2011
Se propone como única vía para salvar el sector

Los Gobiernos europeos insisten en que la banca debe reducir el balance

Por la quiebra de Dexia y la intervención de siete bancos españoles
Sede de Dexia
Juan José González

Italianos, británicos, franceses y alemanes han presionado a sus bancos y a sus ciudadanos para que adquiriesen sus propios bonos, en una especie de operación nacionalista, intento a la desesperada. En España no ha cundido el ejemplo, pero no se sabe si es por falta de ‘espíritu nacional’ –o identidad, como se le quiera llamar- o por falta de necesidad. Incluso, se puede pensar que podría ser porque en pleno fragor de relevo político, gobernantes en funciones, gobernantes electos y bancos en general, han optado por seguir centrados en su particular batalla: la del pasivo. La presión de aquellos países parece haber sido provocada ante el evidente agotamiento de la demanda de los inversores tradicionales; fondos de inversión, pensiones… trasladando al mercado interbancario tensiones que en otra situación no hubieran llegado hasta ese mercado. Y todo, motivado por el temor racional a que entidades de tamaño mediano y grande –sistémico- acaben como el tristemente célebre caso de Dexia.

No se puede decir que tengan un tamaño similar, pero desde otro punto de vista, el banco Dexia y el Banco de Valencia han sido capaces de provocar el mismo sentimiento: temor a una cadena de quiebras y cierres en sector financiero. El trasfondo es un asunto de liquidez, de ausencia de liquidez, y la gasolina que es capaz de acelerar ese fuego no es otro que la actividad de los temores y miedos a un crack bancario. El ejemplo de Dexia no es malo, sirve para casi todo. Primero, es un caso real de una entidad financiera ‘multiparticipada’ –Francia y Bélgica, principalmente- que ante las dificultades de la entidad deciden acudir en su ayuda y punto. Recordar de paso que Dexia había superado sin mayores problemas las últimas pruebas de estrés. Las últimas. Segundo, sirve el ejemplo para, además de la rapidez con la que ambos Estados deciden emplearse en la resolución de la crisis, situar a la entidad francobelga como referencia de algunos males que amenazan –o que hace que sientan amenazados- otros bancos en otros Estados de la eurozona.

Es aquí donde aparece el caso español, unido o vinculado por burócratas y políticos europeos, al de Dexia. Unos y otros se unen a los inversores que no son ajenos a la realidad, es decir, que observan cómo en España, la crisis bancaria –se había negado que el sector financiero español era inmune al virus, como si estuviera eso, inmunizado frente al riesgo inmobiliario- se lleva por delante nada menos que siete entidades financieras intervenidas –contando con Banco de Valencia de hace pocos días-. Los inversores y las autoridades europeas, han visto de cerca, han comprobado en la realidad, que la quiebra ha visitado igualmente al sector bancario español, y que en el análisis de este, han descubierto que tras el de Valencia pueden venir otros dos, tres o, incluso, cuatro más. Y seguramente tendrán razón, en parte.

La primera interpretación, o moraleja, que se puede desprender de la situación descrita, apunta en una dirección fatalista, en la que señala que el sector bancario en Europa y, por supuesto, en España, vive una situación desesperada. En este sentido, se puede afirmar que va a la par, a la altura, al mismo paso o incluso, que es consecuencia de la crisis económica que campea por el continente europeo. Las cifras de la macroeconomía que se están conociendo en esta última parte del ejercicio, muestran claramente que las economías de la mayoría de los Estados se encuentran con un pie y medio en la recesión. Las entidades bancarias mostrarán en breve resultados a la baja, contracción general, ninguno se salvará de reflejar pérdidas en el entorno del 20% anual, es decir, contracción, igual que la de la economía.

Los Gobiernos apuran estos días, y antes de que comience el nuevo año, en la búsqueda de soluciones a los problemas bancarios. Encuentran una, que no gusta, que es posible que no sea conveniente porque pasa por la reducción del tamaño; balances más pequeños para plantillas menos numerosas, más eficaces. Se habla –o propone por parte de franceses y alemanes- de bancos con menos balance, con menor carga de activos, en definitiva, con menores riesgos. La única idea de pensar en que la mejor solución a los problemas –de liquidez- de la banca pasa por el tamaño, equivale a reducir en la misma proporción la actividad de la economía. La pescadilla, nuevamente, se muerde la cola.

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