edición: 2740 , Lunes, 17 junio 2019
09/03/2010

Los griegos culpan a Europa de no haberles metido en vereda antes

Pedro González
Si lo consigue el principal mérito del primer ministro griego será haber cambiado los hábitos de sus compatriotas. Cuando la costumbre es que la vida discurra por los cauces de la corrupción, de la vagancia, del absentismo y del cultivo casi exclusivo del ocio en vez del trabajo serio y duro, resulta poco menos que imposible trocar semejante tendencia por usos menos confortables. Pero, con todo, cuando se bucea en la sociedad griega, lo que más sorprende es que sus profesionales más conspicuos terminan ahora por culpar a Europa de no haberles metido en cintura a tiempo. Al igual que los adolescentes díscolos acaban lamentando que sus padres no hayan sido lo suficientemente severos y les hayan consentido trampear en los estudios, cuando no haberles permitido llegar a la edad adulta sin oficio ni beneficio, una cantidad no desdeñable de griegos reprocha a las instituciones europeas no haberles propinado un pescozón a tiempo, que les hubiera evitado su ruina actual.

En realidad, este sentimiento puede valer para el resto de países de la UE que se hallan en situación delicada. Los endeudamientos alegres y la creación de burbujas equivalen, siguiendo el mismo ejemplo comparativo, a la despreocupación adolescente por un futuro que más pronto que tarde acaba pasando factura, una cuenta que siempre hay que pagar de una u otra forma.
 
Al sumergirse en la sociedad griega lo primero que llama la atención es la rareza de los sistemas de pago por cheques y tarjetas, es decir por aquellos medios fáciles de rastrear por el fisco. El dinero en efectivo es el rey, tanto para pequeñas como para grandes transacciones. En términos relativos, Grecia es el país de la UE donde circulan más billetes de 200 y 500 euros (España es líder en términos absolutos). Ello delata la existencia de una potentísima economía sumergida, en la que está inmersa la inmensa mayoría de los sectores productivos de la sociedad griega.

Por otra parte, si las calles de Atenas o Salónica son desde hace dos meses escenario de constantes y violentas manifestaciones, ello no impide que los numerosos centros de encuentro, es decir restaurantes, cafeterías y tabernas estén tan abarrotados como siempre, a pesar de que los precios compitan en carestía con los de capitales europeas de mayor tradición en lo elevado de sus precios. El parque automovilístico continúa atascando las calles de la capital, donde vive prácticamente el 35% de la población de Grecia, hasta altas horas de la madrugada. Las dos únicas preocupaciones que los profesionales jóvenes y mayores exhiben con impudicia son la advertencia de que será necesario posponer la edad de jubilación y el recorte de ingresos de la abultadísima nómina de funcionarios, además de la amortización de muchos de sus puestos de trabajo.

Establecida en los 61 años la edad oficial del retiro (en Alemania, principal contribuyente neto de la UE es a los 67), los griegos se resisten a admitir que será imposible pagar las pensiones no ya a medio y largo plazo sino ya mismo. También será preciso abolir las excepciones actuales que permiten jubilarse con el 100% de los ingresos tras una vida laboral reducida. En cuanto a los funcionarios, en los cajones del despacho de Giorgios Papandreu hay estudios confidenciales que demuestran que la productividad del funcionariado griego es de las más bajas del mundo, debido obviamente tanto a la ingente cantidad de gentes que cobran de la administración, por encima del 22%, como a la habitual impuntualidad y absentismo en los puestos de trabajo.
 
Por todo ello, las élites griegas son conscientes de la necesidad de la cura de caballo exigida por la UE y aceptada por el actual gobierno de Atenas. Al mismo tiempo, y como ha reconocido el presidente francés, Nicolás Sarkozy, Grecia es el primer test para probar hasta donde llega la solidaridad europea, y sobre todo si Europa va a defender su propia moneda común con la misma conciencia de cómo lo haría si aún persistieran las divisas nacionales. Ello ha de traducirse en una nueva toma de conciencia respecto de los límites de la cacareada soberanía nacional, un concepto tan grandioso como falto de sustancia en cuanto se pinchan las burbujas.

La gobernanza económica de la UE tiene en Grecia un adecuado pretexto para comenzar a asentarse. Y la primera disposición general de tal gobernanza es que cada palo ha de aguantar su vela y, aunque se le ayude en aras de la solidaridad, nadie puede irse de rositas de un pasado de despilfarro y corrupción. Y ello no es tan solo un mensaje burocrático de Bruselas a los correspondientes gobiernos. Las respectivas poblaciones han de saber que siempre serán las damnificadas en última instancia tanto por la permisividad de sus administradores como por la laxitud de la UE en sus advertencias.

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