edición: 2451 , Viernes, 20 abril 2018
15/07/2010

Los islamistas somalíes extienden sus garras por el África Oriental

Pedro González
Somalia es un estado fallido, un territorio que demostró ya en los años noventa que no se avendría al diseño occidental-americano, y cuyas milicias provocaron el horror de la opinión pública de Estados Unidos cuando sus pilotos capturados y asesinados fueron arrastrados por las calles de Mogadiscio. El caos se adueñó de esta esquina del Cuerno de África, donde un enjambre de “señores de la guerra” se hacía fuerte en su taifa respectiva hasta que los Tribunales Islámicos lograron controlar la capital e importantes extensiones del sur en 2006. La implantación de la sharia y su declarada hostilidad a los países vecinos fue contestada por Estados Unidos a través del ejército de Etiopía, que logró expulsarles del poder y poner en su lugar a Sharif Ahmed, un musulmán supuestamente moderado (expresión que quiere decir en realidad un poco menos extremista), que logró erigir un Gobierno que solo es obedecido en pocos kilómetros a la redonda más allá de Mogadiscio.

Mientras tanto, por el resto del país se ha extendido la influencia de una guerrilla islámica radicalizada y violenta, denominada Al Shabab (La Juventud), dispuesta a expulsar del poder que aún ostenta a Sharif Ahmed e implantar en toda Somalia la versión más extrema de la sharia. Al Shabab es, además, la principal impulsora de los ataques contra todo tipo de intereses occidentales en África, comenzando por los pesqueros y mercantes; de ahí, que sea uno de los instigadores de la creciente piratería en el Índico.

Al Shabab se reclama a sí misma como organización encuadrada en la Al Qaeda (La Red) de Osama Bin Laden, y así lo ha reiterado en el comunicado que, desde la propia Mogadiscio, emitió para atribuirse el sangriento atentado contra un restaurante y un club de Kampala, la capital de Uganda. Los 80 muertos y más de 300 heridos que han causado tales atentados son el preludio, a tenor del comunicado, de una cadena de acciones terroristas sobre los países vecinos de Somalia que sostienen al gobierno provisional de Sharif Ahmed, es decir la propia Uganda, Burundi, Etiopía e incluso Kenia y Tanzania. La virulencia de los atentados de Kampala, producidos precisamente cuando los asistentes presenciaban por televisión la final del campeonato del mundo de fútbol, ha puesto de relieve que Al Shabab tiene capacidad –propia o indirecta- para provocar masacres fuera del hasta ahora territorio acotado de Somalia. Es decir, demuestra sus aptitudes para desestabilizar países que empezaban a presentar síntomas de despegue económico y consiguiente mejora en el nivel de vida de sus poblaciones respectivas.
 
Los informes de Naciones Unidas y de la inteligencia militar americana cifran en no más de 10.000 las huestes de Mohamed Abdi Godane, el líder de Al Shabab, si bien consideran que todos ellos son auténticos yihadistas dispuestos a morir matando, llevándose por delante cantidades ingentes de víctimas, es decir un auténtico ejército  de kamikazes dispuestos realmente a todo. El brutal atentado de Kampala confirmaría por otra parte que Al Qaeda ha logrado implantar su foco de terror a lo largo de toda la franja central de África, la que iría desde el Atlántico con Mauritania y el Sahel hasta la desembocadura del mar Rojo y el Océano Índico. Los últimos atentados en Yemen también contribuyen a señalar al sur de la península arábiga como zona preferente de la actividad terrorista de Al Qaeda.

Al igual que en Afganistán, Occidente no puede permitirse la existencia de plataformas terroristas desde las que se lancen ataques contra sus intereses en toda impunidad. Es el caso de Somalia, que Al Shabab pretende someter a su control total sin presencia de tropas extranjeras, exactamente lo mismo a lo que aspiran los talibanes afganos. En ambos territorios está ahora el frente de la guerra donde se defienden los intereses de Occidente. A finales de la próxima semana Kampala será escenario de una reunión de la Unión Africana donde ha de decidirse la estrategia a seguir con Somalia. Cabe augurar que sus amenazados países vecinos adoptarán la decisión de acrecentar sus contingentes militares en la lucha contra Al Shabab, y que no se plegarán a las exigencias de ésta. Pero, en consecuencia hay que atenerse entonces a un encarnizamiento de las hostilidades. Una vez más el dilema es que, ante las amenazas terroristas, por masivas y sangrientas que se intuyan, solo cabe la lucha por conseguir su derrota. Así han de verlo Uganda, Burundi, Etiopía, Kenia y Tanzania, que han de defender su propia prosperidad apoyados por un Occidente, que es el destinatario final de los mensajes de los yihadistas islámicos.

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