edición: 3098 , Lunes, 30 noviembre 2020
07/10/2010

Los militares pakistaníes obstaculizan las operaciones de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán

Pedro González
Son ya más de un centenar los camiones cisterna de la OTAN incendiados en suelo pakistaní por guerrilleros talibanes a lo largo de los últimos siete días. Han sido media docena de ataques contra los convoyes de estos gigantescos trailers, que abastecen de combustible a las tropas aliadas, especialmente norteamericanas, que combaten en Afganistán a los insurgentes talibanes.

Como denominador común, los convoyes carecían de la protección que habitualmente les prestaban los militares pakistaníes, so pretexto de que están demasiado ocupados en atender a los veinte millones de damnificados causados por las inundaciones que han asolado al país a lo largo del pasado verano. Además, estos sabotajes se han producido tras la decisión del gobierno de Islamabad de cerrar a estos convoyes el vital puesto fronterizo de Jiber, por el que transitaba el 80% de los suministros logísticos de la OTAN.

Estos incidentes, que están provocando una enorme tensión entre Pakistán, de una parte, y Estados Unidos y los países europeos con tropas destacadas en Afganistán de otra, no se han producido por casualidad. Tanto el cierre de la frontera como la huelga de brazos caídos de los militares pakistaníes encargados de proteger los convoyes, son la respuesta a la incursión, hace una semana,  de cuatro helicópteros norteamericanos en territorio pakistaní y cuyo bombardeo de las zonas limítrofes con Afganistán causaron tres militares pakistaníes muertos. Era la gota que colmaba el vaso del hartazgo de los uniformados pakistaníes tras los 21 bombardeos realizados a lo largo de septiembre por aviones no tripulados, Predators y Reapers, saldados también con casi 150 víctimas civiles.

Islamabad hacía frente a su propia opinión pública, donde estos daños colaterales no solo eran mal digeridos sino que también volvían a reclamar solidaridad islámica con los insurgentes afganos. Una marea difícil de contener en un país presunto aliado especial de Estados Unidos, poseedor del arma nuclear, y con su propia rebelión en el interior. Por otra parte, los convoyes de combustible, absolutamente vitales para que el general David Petraeus prosiga con sus ofensivas hacia los principales bastiones talibanes, también se han convertido en un objetivo primordial tanto de los insurgentes como de las mafias y contrabandistas, que exigen cuantiosas compensaciones por no atacarlos. La desaparición de la protección militar contribuye asimismo a alimentar la sospecha de que buena parte del ejército pakistaní está más identificada con los rebeldes y mafiosos si son hermanos en la fe islámica que con los intereses de las potencias occidentales. A este respecto, es inevitable evocar la publicación este verano por el portal Wikileaks de los denominados Papeles de Afganistán, muchos de cuyos documentos oficiales desmentían las presuntas buenas relaciones entre Washington e Islamabad, y sobre todo aportaban numerosas pruebas de cooperación entre los servicios secretos de Irán y Pakistán para boicotear las actuaciones de la OTAN en Afganistán.

De momento, y para intentar rebajar la tensión, el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, ha pedido perdón al ministro de Exteriores pakistaní, Shah Mahmoud Querishi, por la muerte de los tres militares en el bombardeo de los helicópteros. Espera que el gesto sirva para que los pakistaníes tengan a su vez el de reabrir el paso de Jiber. Sin embargo, aún así nada podrá garantizar que el ejército pakistaní cese en su actitud de huelga de celo en la protección de los convoyes de combustible, cuya consecuencia evidente es el estrangulamiento de las operaciones de la OTAN y, subsiguientemente, facilitar la consolidación de las posiciones talibanes en Afganistán. 

En la escalada de reproches cabe incluir también los referidos a las advertencias lanzadas por Estados Unidos a sus propios ciudadanos de que extremen las precauciones ante la amenaza de atentados a gran escala de Al Qaeda en ciudades emblemáticas europeas. La alerta ya se ha traducido en desiguales incrementos de vigilancia, sobre todo en Francia, Alemania y Reino Unido. Sin embargo, Islamabad replica que tal alarmismo es solamente una táctica de Washington para presionarle, y que tal amenaza no es real. Cabe esperar que así sea, porque el Pentágono ya ha deslizado que la primera represalia por un hipotético atentado sería un incremento de los ataques mediante los drones (aviones no tripulados), además de bombardear de manera exhaustiva los campos de refugio y entrenamiento terroristas y otros santuarios que parece tener perfectamente localizados en territorio pakistaní. O sea, una espiral de imprevisibles consecuencias.

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