edición: 2861 , Jueves, 5 diciembre 2019
03/11/2009
Informe de Eurofund

Los pasos de Europa en el camino de la 'economía verde', mucho más lentos que los de los países asiáticos

La UE planea destinar sólo un 10% de fondos a inversiones verdes, una cantidad insignificante en comparación con las inversiones asiáticas
El Instituto Europeo de Comercio admite que muchas de las medidas “verdes” no serán realmente favorables a la economía sostenible
Beatriz Lorenzo

Las preocupaciones ambientales se han convertido en protagonistas de todos y cada uno de los ámbitos sociales. El cambio climático, enemigo durante mucho tiempo invisible, ha dejado de serlo de un modo abrupto, revelándose como una catástrofe real que pone en tela de juicio la conservación e incluso la supervivencia del planeta. El problema ha hecho saltar, por fin, todas las alarmas y las cuestiones ambientales se han equiparado ya, en importancia y atención institucional, a problemas como la seguridad ciudadana o el desempleo. Un reciente informe de Eurofund (European Foundation for the Improvement of Living and Working Conditions) se hace eco de este nuevo fenómeno: la “ecologización” de la economía europea, en otras palabras,  el giro que está teniendo lugar hacia una reconciliación entre el crecimiento económico y la protección medioambiental. La cercanía de la Cumbre de Copenhague del próximo mes de diciembre no contribuye a calmar los ánimos de una sociedad ansiosa por ver soluciones. A la par,  circunstancias tales como la crisis económica y de valores, y el recelo social hacia las decisiones del sector público y privado, han forzado a los gobiernos y las empresas a acometer con todas sus fuerzas planes para llegar a un consenso acerca de la importancia de la nueva “agenda verde europea”, plagada de citas y objetivos donde la palabra “verde” reluce como principal protagonista.

A los gobiernos europeos no les duelen prendas a la hora de comprometerse a maximizar el potencial de creación de empleo verde, a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y a promover el desarrollo de fuentes alternativas de energía. La combinación del desarrollo económico y la sostenibilidad suele ir de la mano del concepto de `modernización ecológica'. Algunos de los resultados han sido la promoción de la gestión y evaluación ambiental, el mejoramiento de la productividad basada en el respeto al medio ambiente y la tecnología limpia. La modernización ecológica se ha convertido en el modelo favorito para potenciar el desarrollo limpio y ha conseguido introducir el 'lenguaje verde' en las esferas de decisiones políticas que conciernen al medio ambiente.

EL LARGO CAMINO DE LA CONCIENCIACIÓN ECOLÓGICA

Para llegar a este punto, ha sido necesario presenciar el agotamiento de los recursos naturales y la extrema contaminación ecológica, problemas que acontecieron al principio de forma paulatina y casi inadvertida; pero luego, este mismo impacto continuó de forma descontrolada y la degradación ecológica fue en gran parte no sólo ignorada sino también aumentada. Esta creciente destrucción fue denunciada con voces tímidas en un principio pero con creciente insistencia más tarde. Ya en los años sesenta aparecían las condenas que Rachel Carson publicó en contra de la industria por la destrucción que ésta causa al medio ambiente: “El ataque más alarmante que el hombre ha hecho contra el medio ambiente es la contaminación del aire, ríos, suelos y mar mediante materiales tóxicos y, peor aún, muchos letales. La gran mayoría de esta contaminación no se recuperará jamás; mientras que la cadena de destrucción que ésta inicia, no sólo en el mundo que debe sostener la vida pero en los tejidos vivientes es, en gran parte, irreversible”.

Cuarenta años más tarde la preocupación había aumentado en gran medida y la comunidad científica comenzaba a mostrar verdaderos síntomas de alarma. Kiley, en el año 2000, escribía sobre el cambio climático con tintes mucho más apocalípticos que su predecesora Carson: “Dos mil años les llevó al Pueblo Elegido finalizar su exilio y retornar a la Tierra Prometida. Le ha tomado sólo 52 años convertir la tierra de leche y miel en un país de ríos con espuma, de aguas carcinogénicas y de peces moribundos”.

La relación entre la economía y la protección ambiental han originado diferentes posiciones. En general, las posiciones liberales han considerado la protección ambiental como una traba para el crecimiento; pero también han sido dominantes las posiciones que consideran que hay fronteras impuestas por la naturaleza, el ecologismo extremo, que aboga por el crecimiento económico lento o el no crecimiento. Sin embargo, es evidente que desde los años ochenta, el afán de proteger el medio ambiente tomó nuevo aliento ante la amenaza climática, que comenzaba ya a hacerse más real, más tangible.
 
El concepto de la “ecologización”  y el mecanismo que puso en marcha la rueda de concienciación que vemos girar en la actualidad, tuvieron su semilla en el Informe Brundtland de 1987, que el define al desarrollo sostenible junto al rol del crecimiento económico, la equidad social y el papel de los poderes políticos: “Responder a las necesidades esenciales requiere no sólo una nueva era de crecimiento económico para las naciones en las cuales la mayoría es pobre, sino también la seguridad de que los pobres recibirán una porción justa de los recursos necesarios para mantener el crecimiento económico. Tal equidad debiera ser apoyada por los sistemas políticos para que aseguren la participación real de los ciudadanos en decisiones políticas y una mayor democracia en las decisiones internacionales” .

Sin embargo, no ha sido hasta tiempos muy recientes en que se han convertido en modelo para las políticas económicas medioambientales de la Unión Europea. El Plan de Recuperación Económica publicado por la Comisión Europea el pasado año recomienda ya con fervor la inversión en medidas ecológicas para avanzar hacia una economía baja en carbono, promover la seguridad energética y crear nuevas vías «verdes» de empleo. Además, muchos gobiernos ven la agenda verde como una herramienta para la revitalización de la economía europea, y como medio de creación de nuevos puestos de trabajo.

La mayoría de los “paquetes” de medidas para la recuperación económica puestos en marcha por los Estados Miembros contienen medidas favorables a la “ecologización”. Las medidas oscilan desde subvenciones para la renovación de los sistemas de calefacción tradicionales (Austria, Irlanda y Lituania), la utilización de créditos fiscales para alentar a la inversión en energías limpias (Bélgica) o la promoción de nuevas tecnologías basadas en la captura de CO2 (Noruega y Reino Unido).

A LA ZAGA DE ASIA

Sin embargo, pese a los estímulos que el viejo continente está aplicando a la nueva economía verde, sus esfuerzos se ven empequeñecidos por las potentes inversiones de los países asiáticos, hasta tal punto que han empezado a surgir los primeros temores en Europa relativos a una posible “emigración” hacia Asia de las compañías “verdes”.

Cifras del gigante bancario HSBC- que prepara su expansión en China para el año próximo- demuestran que el porcentaje de fondos destinados por la UE a la financiación de medidas verdes-un 10%-es ridícula en comparación con países asiáticos como Corea del Sur, que ha destinado un 80%, China (34%) y Japón, que con un 15% ya destina más como país único que toda la UE en conjunto.

El Instituto Europeo de Comercio ha pasado de puntillas sobre estos reveladores datos admitiendo que el gasto verde en Europa es menor al necesario,  e incluso, muchas de las medidas descritas como “verdes” por los gobiernos europeos a la hora de llevarlas a la práctica no contribuirán realmente a una economía más sostenible. Incluso en países como Francia, uno de los estados que mayor énfasis ha puesto en el desarrollo de programas de estímulo fiscal “verde”, el análisis independiente de éstos sugiere que los planteamientos del gobierno no casan con la realidad. A su vez, las proporciones de gasto “verde” comprometido por parte de los Estados Miembros son realmente dispares. Italia ha destinado sólo un 1,3% de su paquete de estímulo a los proyectos ecológicos en comparación con el 21% del paquete galo.

Algunas iniciativas, bastante tímidas, están tratando de solventar esta carencia: Naciones Unidas, por ejemplo,  ha solicitado, a través de un informe independiente anexo al Libro Verde, que los países de altos ingresos de la OCDE destinen al menos el 1% de su PIB a la reducción de la dependencia global de los gases de efecto invernadero.

La Comisión Europea ha salido también al quite de las inquietantes cifras asegurando que existe ya una importante cooperación entre empresas de la UE y sus homólogas en China y Corea del Sur, en particular en el ámbito de nuevas tecnologías “limpias”, con proyectos que ya están en marcha. Mariya Nikolova, investigadora del Instituto Sindical Europeo, también ha introducido el dedo en la llaga al afirmar que a pesar del consenso europeo acerca de que la crisis es una oportunidad para sentar las bases de la economía verde, muchas de las medidas propuestas hasta la fecha son insuficientes.

Europa sigue, pues, inmersa en esa especie de letargo que ha caracterizado todas las negociaciones, pactos, cumbres y debates que han tenido lugar hasta la fecha de forma previa a la Cumbre de Copenhague. En el calendario, los días avanzan velozmente camino a diciembre, y la urgencia de medidas firmes, reales y adecuadas se hace cada vez más perentoria. A pesar de que los Veintisiete lograron alcanzar ayer mismo un acuerdo acerca de la ayuda financiera a los países emergentes para apoyarles en sus esfuerzos en la lucha climática, está claro que hay esfuerzos mayores que todvaía están por verse.

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