edición: 2577 , Jueves, 18 octubre 2018
12/05/2010
Bruselas ya piensa en una ‘quiebra concertada’ y condonación de las deudas

Los planes de ajuste económico forzarán numerosos cambios de Gobiernos europeos

Los Ejecutivos anteponen los costes políticos a la solución de la crisis
Manifestación en Grecia
Juan José González

Si la reestructuración de las deudas o las declaraciones de impago, vamos, los fiascos, no llevaran aparejado como coste político el cambio de Gobierno, seguramente a estas horas habría cola para presentar los papeles de las dos situaciones mencionadas. Y el coste político difícilmente será otro, dado que los platos rotos, impuestos, precios, desempleo, conflictividad social, etc… serían pagados, siempre y como siempre, por los ciudadanos, votantes de aquellos que sobre el papel figuran como autores, instigadores y cooperadores necesarios en tan impune delito. Se teme que en los últimos meses, más de un Gobierno occidental se haya planteado abdicar en el empeño de aplicar medidas impopulares para evitar un mal mayor a corto plazo y esperar a que otro asuma el coste político de la impopularidad.

Ya se han dado experiencias de este tipo a lo largo de la historia reciente, casos de Argentina y Rusia. En el primero de los casos, se saldó con el sacrificio –político, por supuesto- del presidente y del Gobierno. Pero en el segundo ni lo uno ni lo otro, si bien habría que tomar en consideración la diferencia entre democracia libre y vigilada o dirigida para entender el caso ruso.

Los Gobiernos con mayores apuros –todos los tienen, unos más y otros menos- Grecia, Portugal, Irlanda y España, como pelotón de los torpes, e Italia y Francia en un segundo lugar, vienen tanteando y calculando los beneficios teóricos y prácticos de una abdicación, de comunicar abiertamente la imposibilidad de pago a medio plazo. A Grecia se le agotó el tiempo, lanzó el ‘sos’ cuando el agua superaba la cintura, en octubre de 2009, seis meses en los que pidió auxilio –en voz baja- que fue oído por todos pero escuchado por nadie.

El resto de implicados viene haciendo las cuentas desde la declaración de Grecia como país con el agua, ahora, al cuello. Resto de Gobiernos que han comprobado cómo cuando un miembro de la UE se encuentra al borde del colapso social y económico, aparecen las soluciones teóricas, en primer lugar, y las prácticas, en segundo lugar. Los mercados no se creen la solución acordada para Grecia, como tampoco se creen el ‘arranque’ de voluntad de los Gobiernos de la zona euro para combatir la deuda y los especuladores, porque están convencidos de la existencia de fallos en la regulación, en las normas por las que se rigen los mercados financieros.

En ese hacer cuentas de los Gobiernos, sus ministros de Economía tienden al análisis cuantitativo y cualitativo, es decir, todos se comparan con todos en un intento razonable de conseguir alguna ventaja comparativa que se refleje al final del proceso en una buena fotografía. Recordaba recientemente Guillermo de la Dehesa que el ejemplo de Irlanda debería ilustrar a nuestros gobernantes. Aquel país vivió una de las mayores crisis bancarias conocidas en Europa, con un déficit superior al de Grecia y una deuda mayor que la de España. “Pero se apresuró a hacer los deberes y conseguir que Gobierno, oposición, sindicatos y patronal se pusieran de acuerdo en todo”. E Irlanda dejó de estar en el punto de mira de los mercados y de los especuladores.

A España le superan en déficit Irlanda y Grecia, y la deuda española es notablemente inferior a estos dos países y cuenta con más ahorro que los dos juntos. Pero no toma medidas, incluso Grecia ya ha comenzado con su faena –decretos, heridos y muertos-. España se sigue amparando en una situación de Ínsula Barataria. Presume de tener –comparativamente- un bajo nivel de déficit público sin darse cuenta de que no sirve para evitar el impago.

Ahora los países con problemas ‘juegan’ a un cambio en las reglas del juego. Incluso, por qué no pensar en un segundo Club europeo, aunque sea de forma transitoria. Aplicar los planes de ajuste que van a anunciar países como, desde hoy, España van a tener un coste político y económico. Por el primero el Partido Socialista es previsible que pierda las próximas elecciones. Y por el segundo, será casi imposible que se produzca una recuperación de la actividad económica que sea capaz de crear empleo. Sólo una reestructuración de la deuda, como vienen haciendo en los últimos 18 meses las grandes empresas, puede hacer posible que España, Portugal y Grecia superen la crisis, aunque no sea antes de cinco años.

¿No será mejor comenzar desde cero? Hacer borrón y cuenta nueva ¿no resultará más rentable a corto, medio, largo y larguísimo plazo? ¿No evitaría costes sociales –muertos en Grecia- económicos -los ya conocidos y los que restan por llegar- políticos –cambios de Gobiernos con su inestabilidad política y costes administrativos electorales- fiscales –recortes de nuestro Estado del Bienestar- etc, etc? Es posible que en esta situación –año 2010- un exceso de utopía y planteamientos idílicos fueran capaces de contener la solución a tan elevado malestar. Para ello sería preciso una ola brutal de reformas tras haber acordado entre todos los Gobiernos firmantes de un pacto una declaración jurada de impago, un reconocimiento expreso de ‘default’ que implique a todos los activos disponibles de un país, para llegar a una situación en la que el que pueda pagar que haga frente con esos activos o reestructure la deuda, y todo lo demás sea condonado.

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