edición: 3076 , Miércoles, 28 octubre 2020
03/06/2010

Los planes de ajuste para rebajar la deuda tumban al primer ministro de Japón

Pedro González
El estado del bienestar japonés es insostenible. A esta conclusión había llegado Yukio Hatoyama apenas había tomado posesión, hace solamente ocho meses, como jefe del Gobierno nipón. Con una deuda exterior pública y privada tan solo inferior a la de Estados Unidos, Hatoyama había elaborado una abultada lista de medidas de ajuste, ante cuya filtración el electorado estaba manifestando a diario su disgusto con todo tipo de protestas. Reducción de salarios en todos los cuerpos de funcionarios; fuerte rebaja de las prestaciones sociales, especialmente las relativas a las pensiones de vejez; supresión de numerosas ayudas en sanidad, vivienda y educación, y en fin paralelo aumento de impuestos con objeto de impulsar el crecimiento económico, una senda que Japón había abandonado prácticamente desde que entrara en su particular crisis hace un decenio. Para conseguirlo, el Gobierno de Tokio prefería mantener o incluso aumentar el nivel de las inversiones públicas, aún a costa claro está de cercenar gran parte de ese estado de bienestar insostenible, según las convicciones de Hatoyama.

Pues bien, no ha hecho falta acudir a las urnas para que el primer ministro se convenciera de que los electores –y también contribuyentes- japoneses le habían dado la espalda. El desencadenante, sin embargo, no ha sido el ajuste sino una cuestión más emotiva y sentimental: el acuerdo por el que Estados Unidos trasladará la base de Futenma a otro lugar de la isla de Okinawa, pero sin perder un solo apartado de las prerrogativas que los norteamericanos ostentaban de facto desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El último acuerdo de prórroga de la base se había firmado en 2006, y el que acaba de concluir Hatoyama con Obama es prácticamente idéntico a aquel, pese a haber invertido ocho meses en su renegociación, tendente en principio a que los aviadores y marines norteamericanos se marcharan definitivamente de la isla. En consecuencia, todos los sondeos han resquebrajado los índices de popularidad del Gobierno. El más explícito lo publicaba el diario económico Nikkei, en el que un 63% de los japoneses reclamaban la dimisión del primer ministro.
 
A diferencia de Europa, sobre todo de la mediterránea, los sondeos tienen casi fuerza de ley en Japón. Nadie concibe en ese país dar una respuesta falsa a las cuestiones que se le plantean, de la misma manera que a ningún empleado, público o privado, se le pasa siquiera por la cabeza hacer una llamada telefónica privada desde el teléfono de la empresa o utilizar los medios de ésta (automóviles, ordenadores, etc.) para un uso que no sea absolutamente al servicio del puesto de trabajo. Quiere ello decir que si el sondeo arroja un 63% de peticiones de dimisión, Yukio Hatoyama sabe que ese resultado sería el que inevitablemente arrojarían las urnas.

Precisamente, el próximo día 11 de junio están convocadas elecciones a la Cámara Alta. La previsible derrota del Partido Democrático de Japón (PDJ) en tales comicios, caso de permanecer Hatoyama como primer ministro, ha sido determinante en su dimisión. Y para no dejar dudas, Hatoyama arrastrará en su caída al secretario general del partido, Ichiro Ozawa, que era en realidad el personaje que seguía moviendo los hilos de una formación política que había logrado inyectar nuevas dosis de ilusión a una ciudadanía que seguía sin avizorar el despegue económico que se le había prometido durante tanto tiempo atrás. En todo caso, los usos políticos nipones están muy lejos de los parámetros europeos, y el procedimiento de dimisión de Hatoyama, comunicándoselo primero a los ejecutivos del partido y luego a todo el país a través de una alocución televisada por la cadena pública NHK, así lo prueba.

Para encarar las elecciones del día 11, el PDJ elegirá este viernes seguramente como primer ministro al actual titular de Finanzas, Naoto Kan. En realidad, se trata del hombre que había pergeñado buena parte de los planes de ajuste, de manera que auparle a la jefatura del Gobierno vendría a indicar que el PDJ no ve otra alternativa a la recuperación de Japón que aplicar las reformas legislativas preconizadas por Hatoyama. De hecho, éste lo había nombrado viceprimer ministro y convertido por tanto en el hombre fuerte de su gabinete, desde que sustituyera al frente de las finanzas del país al rígido Hirohisha Fujii. Frente a Naoto Kan se alzan otros aspirantes, dentro del mismo partido, aunque a priori con menos apoyos. Son el ministro de Transportes, Seiji Maehara, y el de Asuntos Exteriores, Katsuya Okada. El apoyo a Kan de los dimisionarios Hatoyama y Ozawa será su último apoyo a las necesarias reformas legislativas, preservando al partido aunque ello haya exigido la salida del poder de sus dos más conspicuos líderes.

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