edición: 2595 , Miércoles, 14 noviembre 2018
28/07/2011

Los republicanos aprietan el dogal a Obama

Pedro González
Sería verdaderamente sorprendente que demócratas y republicanos se asomaran al pozo de la suspensión de pagos el próximo 2 de agosto y no acordaran una solución de consenso. Americanos al fin y al cabo, es decir con un acusado sentido del patriotismo unos y otros, no parece posible que el enquistamiento de sus posiciones aseste un golpe brutal al prestigio y al liderazgo de Estados Unidos. Pero, en cambio sí es bastante probable que ambos bandos lleven hasta el extremo sus diferencias, preparando en cualquier caso el terreno para la decisiva batalla de las presidenciales de 2012, campaña que de hecho comenzó cuando el presidente Barack Obama se apuntó ante su opinión pública el tanto de haber liquidado a Osama Bin Laden, cobrándose así la venganza por los atentados y matanzas del 11-S.

Pero, a lo que vamos, ahora lo que se le presenta a esa misma opinión pública americana –la única que de verdad interesa tanto al propio Obama como a sus rivales republicanos-, es la alternativa entre poner freno al nada desdeñable techo de gasto del Estado y recortar gastos y déficit sin aumentar los impuestos. Por ley, el Gobierno federal no puede aumentar su actual y gigantesco endeudamiento de 14,3 billones de dólares sin permiso del Congreso, de manera que en la hipótesis de una negativa, dejarían de atenderse numerosos pagos, desde los de carácter sanitario a los de policía y seguridad. Naturalmente, sería demoledor el mensaje que tal desacuerdo enviaría a los mercados. Estados Unidos entraría en la categoría de los países poco fiables, lo que tratándose de la gran superpotencia acarrearía efectos devastadores tanto sobre sí mismo como sobre el resto del mundo.

El recurso al trámite parlamentario para elevar el techo de endeudamiento se había convertido en el pasado en una rutina: Ronald Reagan llegó a elevarlo en 18 ocasiones, Bill Clinton en 5 y George W. Bush en 7. ¿Qué ha cambiado entonces entre las presidencias anteriores y la de Barack Obama? La fundamental es la presencia misma del primer presidente negro en la Casa Blanca, un acontecimiento que el ala más radical del Partido Republicano no quiere se prolongue más allá de un solo mandato. El descomunal despliegue de sus baterías dialécticas contra las medidas sociales de Obama va precisamente en la dirección de minar su credibilidad por encima de todo.

En su “discurso del pánico” de la madrugada del martes, Obama lanzó una pregunta envenenada: ¿Los ciudadanos americanos prefieren reducir el déficit y los intereses subiendo los ingresos a partir de aquellos que no pagan lo que es justo, o prefieren aceptar un gran déficit, intereses altos y una elevada tasa de desempleo? Para quienes pudieran acusarle de plantear un dilema demagógico, Obama aclaró enseguida que no era suyo, que ya lo había esgrimido Ronald Reagan, elevado hoy a la categoría de mito por los republicanos, especialmente por la poderosa facción del Tea Party. Una explicación previa antes de su dramática conclusión acusatoria: que los admiradores del mito Reagan han optado hoy por ponerse del lado de los ricos, de los que no abonan lo que les corresponde en estos tiempos de crisis.

Las huestes del líder republicano en la Cámara de Representantes, John Boehner, han apretado tanto el dogal a Obama que ya se han apuntado el primer tanto: lograr que los demócratas, que aún tienen mayoría en el Senado, dejen de ligar reducción del gasto y aumento de impuestos. En efecto, la última propuesta del partido de Obama es recortar los gastos en 2,7 billones de dólares en diez años, aunque sin subir impuestos ni tocar los principales programas sociales. Sin embargo, los republicanos aprietan aún más, porque su propuesta es un recorte de 3 billones, de ellos 1,2 billones pactados antes del 2 de agosto, y los 1,8 billones restantes a negociar a partir del próximo mes de noviembre. A cambio, votarían a favor de elevar el límite inmediato de endeudamiento en 1 billón de dólares.

Los demócratas juzgan envenenada la propuesta republicana, porque no les permitiría llegar hasta las próximas elecciones de 2012 sin tener que volver a sentarse a negociar, lo que en plena y larga campaña sometería a Obama a una presión insoportable. El juego político de ambos consiste en intentar que la opinión pública considere culpable al otro de un posible desacuerdo y de las consecuencias de desprestigio para el país que ello llevaría consigo. Que las agencias de calificación Standard & Poor’s y Moody’s hayan advertido de que podrían despojar a la deuda de Estados Unidos de su codiciada máxima calificación AAA, añade un punto más a la presión. En todo caso, habrá acuerdo final a escasos minutos de la hora límite. La cuestión será saber entonces la gravedad de las heridas sufridas por Obama en esta larga batalla y si las fuerzas republicanas estarán en condiciones de repetir inmediatamente ataques y asaltos de similar envergadura. 

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