edición: 2494 , Viernes, 22 junio 2018
07/12/2011

Los rusos muestran a Putin su hartazgo por los modos soviéticos de su gestión

Pedro González
El tándem Medvédev-Putin, que se reparte el poder y permuta sus cargos en la cúspide del Estado, puede estar tentado de considerar que nada ha cambiado en Rusia con las últimas elecciones a la Duma, y que tampoco peligra en absoluto la proyectada vuelta del actual primer ministro a la cumbre del Kremlin el 4 de marzo de 2012, cuando se celebren los próximos comicios presidenciales. Perder 77 escaños y la mayoría de dos tercios, necesaria para cualquier reforma constitucional,  que ostentaba hasta ahora el partido Rusia Unida (RU), constituye a todas luces un serio aviso del electorado. Si, además, se añaden las ostensibles evidencias de las múltiples y groseras irregularidades registradas en todo el proceso electoral, incluidos los carruseles de votantes que, a bordo de una flota de autobuses, depositaban sin control sus sufragios en distintos colegios, y la introducción subrepticia y masiva en las urnas de papeletas a favor de los candidatos oficialistas, los verdaderos resultados serían bastante más menguados respecto de RU que los proclamados por las autoridades. El líder del Partido Comunista, Guennadi Ziugánov, calcula entre un 12 y un 15% los votos suplementarios fraudulentos conseguidos por RU. Entre los observadores de la OSCE hay unanimidad en denunciar las irregularidades, que pueden haber supuesto en el mejor de los casos un 10% de falsificaciones.

La amplitud del fraude ha sido por tanto tan acusada que numerosos manifestantes no dudaron en salir a la calle para expresar su protesta y descontento, demostraciones saldadas con decenas de detenciones. En estas circunstancias, las proclamas del presidente Medvédev, señalando que “las elecciones pueden considerarse limpias, justas y democráticas” constituyen un sarcasmo y una provocación.

No debieran ni él ni sobre todo Putin, el verdadero hombre fuerte del Kremlin, desdeñar el significado de estos comicios. Putin se percibe a sí  mismo como el rescatador de un país deshecho y marginado de las potencias que encabezan el actual curso de la historia tras la caída del comunismo. Un sentimiento al que contribuye la comparación entre la Rusia que le dejó su mentor, Boris Yeltsin, y la de hoy. Ciertamente, el país ha restablecido un cierto nivel de orden y normalidad a partir del caos y del violento desorden que imperaba a finales del siglo XX. Los grandes capos mafiosos, que se hicieron con gran parte de las riquezas de Rusia a partir de procesos de privatización que apenas si revertieron algún beneficio para el Estado, fueron desarticulados, puestos bajo disciplina o detenidos y confinados en la lejana y heladora Siberia, como en los viejos tiempos.

Por supuesto, no se ha pasado de semejante situación a un Estado de Derecho incuestionable, porque persisten muchas características de lo que puede denominarse como Estado mafioso, pero Putin supone que los grandes conglomerados productivos están ahora en buenas manos, siquiera sea porque son las de sus amigos y colegas de confianza del viejo KGB, hoy FSB, la Dirección de la Seguridad Federal. A los dirigentes de estas grandes empresas puede pedirles, más aún exigirles, lo que quiera: desde que inviertan en determinado sector hasta asentarse en la región o territorio más conveniente para los intereses geoestratégicos del Kremlin. Lo quieran o no, forman parte del entramado orgánico del Estado y éste les considera por lo tanto a su servicio.

Vladímir Putin considera que ha terminado con el saqueo del Estado a que sometieron a Rusia los nuevos oligarcas surgidos en época de Yeltsin, y puede alardear de la prosperidad que exhiben sus grandes ciudades, comenzando por una Moscú populosa y dinámica, donde no hay sueños imposibles de conseguir. Y todo eso lo ha conseguido él, a la manera de cómo también hicieron grande a Rusia Pedro I, Catalina II o incluso el mismo Stalin, es decir por la vía de un poder supremo, indiscutido, duro y fuerte, que sabe siempre lo que quiere y adónde conduce como guía a su pueblo, cuya aceptación de esta autoridad absoluta estaría  en sus mismos genes.

Los usos democráticos no son, pues, el mejor punto del actual primer ministro y futuro presidente de nuevo de Rusia. Sin embargo, no es tan cierto que el pueblo ruso permanezca anclado en el estereotipo zarista y soviético de la pura sumisión. Su propia prosperidad, unida a la globalización de las comunicaciones y de la comprobación del poder de decisión de las urnas, cuando éstas se utilizan con limpieza y transparencia, le han hecho consciente seguramente de que el tiempo de los absolutismos, zaristas o soviéticos, ya ha pasado definitivamente, y que puede no estar dispuesto por más tiempo a aceptarlos sin rechistar. Tal sería a mi juicio la correcta interpretación de los resultados e incidentes de estas elecciones, primer aviso serio de que el pueblo ruso puede haber madurado para la democracia más rápidamente que sus dos grandes dirigentes actuales.  

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