edición: 2764 , Viernes, 19 julio 2019
10/06/2019
FED y BCE cierran filas frente al riesgo

Los bancos centrales deciden acelerar la recuperación de los Estados endeudados

El mantenimiento de los tipos bajos es una buena señal para el riesgo soberano pero angustiosa para los bancos y perniciosa para los beneficios empresariales y sus dividendos
Juan José González
Los economistas suelen advertir sobre la interpretación errónea de algunos mensajes que suele enviar la economía, para ser más exactos, la coyuntura, aunque los avisos no se producen con la frecuencia que sería necesaria. Sucede estos días, cuando en medio del fragor de los posibles pactos postelectorales en España los inversores se convierten en espectadores de un hecho considerado de magnitud insólita en el mercado de deuda, como es el caso de la colocación que la semana pasada llevó al Tesoro Público español a vender bonos del Estado a cinco años con una rentabilidad negativa, evento récord al tratarse de la primera vez que acontecía en el mercado. Pagar dinero por adquirir una emisión a cinco años indica que el mercado se mueve y vive entre aguas turbulentas, suerte de caos donde los bonos españoles comparten destino con cerca del 60% de los bonos soberanos de los miembros de la Eurozona. Que los inversores, sean del tipo que sean, se avienen a adquirir y a mantener en el tiempo deuda de los Estados pagando por ello, es decir, sin obtener nada metálico que se pueda denominar rentabilidad, no parece una buena señal de presente como tampoco de futuro. Porque de la misma forma que los bancos sufren el período largo de tipos cercanos a cero, lo mismo parece que sucede con los inversores, públicos y privados, del papel soberano, y de igual modo se puede trasladar a la actividad empresarial, puesto que no parece del todo posible que se mantengan el dinero y los ahorros en negativo, crezca la economía y suban los beneficios empresariales. Luego, lo que en teoría es una buena señal para los deudores -sobre todo los más endeudados- es una pésima noticia para el sistema.
Se suceden los reproches de expertos hacia las autoridades monetarias europeas al destacar la referencia de sus homólogos, los funcionarios de la Reserva Federal norteamericana (Fed) de no haber seguido la misma táctica con los tipos de interés en el pasado. En concreto, la crítica apunta a por qué el Banco Central Europeo (BCE) no aprovechó los años preciosos de crecimiento económico más reciente para, al igual que las autoridades monetarias americanas, modificar, subir el precio del dinero, lo que hubiera servido para reducir el balance del BCE, al menos, en los años que hubiera durado la expansión económica. 

Es probable que si entonces (años 2015 y 2016) el BCE no explicó con claridad el porqué de mantener a la baja el precio del dinero, tampoco vaya a hacerlo ahora, puesto que en la actualidad podría tener una justificación. Recordar que los tipos en negativo se mantuvieron en una fase relativamente larga de expansión cuando la economía europea superaba el 2% de crecimiento anual. Las voces críticas hacia la política monetaria del actual presidente Mario Draghi continúan afirmando que el crecimiento actual de la economía de la Eurozona podría soportar sin excesivos riesgos una subida de tipos.

La razón de los críticos señala que el temor a un empeoramiento en las expectativas económicas no debe ser suficiente para alargar aún más el camino de los tipos bajos o negativos. Y es que a pesar de las buenas palabras y mensajes que desean transmitir algunas instituciones, infravalorando los efectos de una guerra comercial arancelaria global, los mensajes de los bancos centrales no dejan lugar a dudas de que la sombra de una desaceleración económica puede acabar por dar la razón a los más cautos responsables del BCE y de la Fed sobre el riesgo cierto de una ralentización del crecimiento de las economías y, por tanto, también de los beneficios empresariales. 

Curiosamente, las entidades bancarias norteamericanas han aprovechado la coyuntura para hacer un reparto de beneficios que algunos han tachado de excesivos e irresponsables, aprovechando la coyuntura económica y en previsión de tiempos adversos. La buena noticia, por tanto, de los bancos centrales, el americano al dejar abierta la posibilidad de una bajada de tipos y el europeo de confirmar el alargamiento de la política de tipos bajos, ha sido interpretada por los inversores de corto plazo como muy positiva, tal y como han recogido las cotizaciones de las bolsas de valores mundiales, con la excepción, obvia, de los valores bancarios, habida cuenta de que su negocio depende, en gran medida, por no decir, completa, del precio del dinero.

Cabe ahora plantearse si el aplazamiento de la subida de tipos en Europa por el BCE, previsiblemente hasta el principio del segundo trimestre de 2020, al igual que la posibilidad de reducir los tipos en Estados Unidos planteada por el presidente de la Fed, conviene más a las economías fuertemente endeudadas como la española, por lo que supone de recuperación y reducción del déficit hasta niveles razonables, o, por el contrario, se presenta como más prioritaria la cautela ante el riesgo de deterioro económico, lo cual prolongaría la amargura de las cuentas bancarias y las dificultades de las empresas para mantener sus beneficios y por tanto, sus dividendos.

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