edición: 2680 , Miércoles, 20 marzo 2019
03/01/2019
Sólo se recomiendan empresas con liquidez y dividendos sostenibles

Los inversores aplican ya las recetas propias de un enfriamiento económico

La caída de la cotización, primera señal que advierte de que el problema no es una hipótesis, es también el enfriamiento de las expectativas
Juan José González
A la espera de los resultados del cierre anual, las empresas ya se han lanzado a una especie de carrera contra el reloj ante lo que sus departamentos de análisis les anuncian para este recién estrenado ejercicio, como es el descenso de la actividad económica para los próximos meses, un cambio que obliga a tomar precauciones y evitar riesgos. Es una conducta razonable que coincide con las valoraciones que las empresas realizan al cierre del ejercicio y que, como es el caso, concluye con una fase de fuerte inestabilidad y volatilidad que se prolongará, al menos, durante la primera parte del nuevo año. Prueba de ello es la mayor caída del mercado bursátil registrada en los últimos ocho años; nada menos que de un 15%. Pero que las señales procedentes del comercio exterior o del mercado de acciones no supongan un golpe de ilusión para los empresarios, los inversores y los consumidores, no significa que hayan desaparecido las posibilidades de recuperar una parte, o toda, la inversión que se evaporó en los últimos doce meses.
Con los pies en el suelo y dejando a un lado hipótesis que se manejan estos días, negativas y catastrofistas, una interpretación de los acontecimientos recientes lleva a concluir que la economía y las empresas entran de lleno en una fase de aterrizaje propia de cualquier normalización de los mercados tras una etapa intensa de intervencionismo de los bancos centrales. Por tanto, es probable que los agentes económicos (también políticos y sociales) conscientes de la situación del ciclo económico, hayan entendido que están ante una fase de desaceleración, un tanto enfriadas las expectativas de negocio y seguramente con financiación más cara pero, al final, no se puede hablar de recesión ni de crisis, tan sólo de un cambio de velocidad, más acorde con los acontecimientos.

Así comienza el ejercicio, plagado de dudas e incertidumbres, dicho sea de paso, como cualquier otro año nuevo en el pasado. Eso sí, teniendo en cuenta las que se consideran variables `fijas´ de la economía, o esperadas que, como el cambio en la política monetaria del Banco Central Europeo -con el previsible comienzo de una subida de tipos, quizá a partir de agosto- modificarán las condiciones de financiación empresarial e influirán de forma notable sobre el endeudamiento público. Cambio de política monetaria por el que el BCE ya no comprará la deuda de los Estados a precio de ganga y que, por tanto, pondrá la cosas más difíciles para las cuentas públicas.

En realidad lo que preocupa a los líderes empresariales y políticos es el rumbo que puede tomar la economía en los próximos seis u ocho meses, una incógnita que se sustenta en la duda sobre si el escenario a seis u ocho meses vista debe ser contemplado como una situación pre crisis, de recesión o se sigue trabajando en base a que tan sólo se trata de un frenazo, temporal, coyuntural, propio del ciclo económico. Los mensajes oficiales, los enviados estos meses por un Gobierno obligado a mantener al alza el optimismo económico propio del crecimiento, deben ser cuestionados ante los datos que llegan del exterior, de los problemas en los mercados internacionales que afectan a todas las empresas de todos los sectores, tanto de Europa, América o España.

Desde el Gobierno insisten en que la economía española continua en expansión aunque su ritmo se haya moderado en los últimos trimestres, lo que significa que la recuperación no habría tocado techo. De la misma forma sucede con la economía norteamericana, una referencia o variable `fija´ con la que hay que contar y que no parece registrar síntomas de cansancio ni debilidad. La comparación de la realidad, es decir, de los crecimientos de la actividad económica, con las hipótesis, es decir, con la posibilidad de deterioro del comercio internacional, si bien no concluye con un claro resultado a favor de la recesión o del frenazo, sí deja en evidencia que algunos países europeos, como Francia o Alemania, ya han comenzado a tomar medidas, precauciones de futuro.

Alerta podría ser la palabra clave que define alguna de las nuevas estrategias que se están observando en buena parte de los inversores internacionales, de Gobiernos (Francia y Alemania) y de grandes empresas. Y aunque ninguno de los tres grupos mencionados apueste (hoy) por una recesión en EE UU en los próximos meses, no debe evitar que se tomen medidas de precaución y alerta. De ahí que estos días los mercados de deuda y los mercados de valores hayan experimentado algunos cambios dignos de un análisis más detallado.

Al respecto, se podría asegurar que los últimos movimientos protagonizados por algunos grupos inversores, empresariales, de capital riesgo y de fondos de inversión, ya indican que se encuentran en situación de alerta, tomando precauciones y descontando que tras el freno actual de la economía española puede estar incubándose el virus de una recesión. De ahí que los inversores se muestren en este tránsito de año muy críticos con la volatilidad, analizando sectores en profundidad, buscando empresas sólidas, con planes de futuro convincentes, con capacidad y reservas de liquidez suficientes para hacer frente a situaciones puntuales de crisis, con dividendos sostenibles, con baja deuda y cuyo futuro no dependa de un cambio estratégico arriesgado. Algunos sectores ya han comenzado a sentir la caída de sus cotizaciones, y no por una o dos malas sesiones, sino por la convicción de que el enfriamiento económico, en parte realidad y en parte una hipótesis, ha terminado por enfriar también las expectativas.

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