edición: 2724 , Viernes, 24 mayo 2019
30/10/2018

Los mercados se suman al festín maníaco del triunfo de Bolsonaro en una significativa falta de cautela

El programa económico del ex militar es una nebulosa sustentada en banqueros ministrables y privatizaciones
Carlos Schwartz
Los mercados han saludado el triunfo electoral del ex militar Jair Bolsonaro en Brasil sumándose a lo que parece un verdadero festín maníaco, en el que se destacan de un lado las ilusiones de un sector mayoritario de la población y del otro las expectativas antagónicas de grupos económicos locales e internacionales. La falta de cautela de los capitales que entraron con celeridad en la bolsa es significativa. En primer lugar por el afán de manifestar apoyo. Por el otro, porque ese afán no está al margen de la esperanza de lucro. Desde que las encuestas comenzaron a dar por ganador al dirigente de extrema derecha y candidato del “partido militar” hace unas seis semanas el índice Ibovespa de la Bolsa de Sao Paulo subió un 18%. El real se reforzó frente al dólar y el rendimiento del bono a 10 años se redujo en 250 puntos básicos hasta el 10%. El nuevo presidente que tomará posesión del cargo en enero de 2019, llegará con el apoyo de 55 millones de votos. Pero tiene menos escaños en el Congreso que el Partido Trabalhista (PT). Este no es un obstáculo mayúsculo, porque el Partido Social Liberal (PSL) de Bolsonaro cuenta con el apoyo de otras formaciones políticas en abundancia, empezando por los diputados evangélicos que son legión. Pero el PSL no tiene una fuerza partidaria propia organizada algo que dificultará la necesaria movilización social a la hora de la verdad. Con lo cual es previsible que Bolsonaro intente formar un partido “desde arriba”, es decir desde el poder del estado, con las fuerzas que le son afines para poder arbitrar su apoyo extraparlamentario de forma organizada. Un PSL “ampliado”.
Las tareas que tiene por delante este mesías trasnochado no son pocas. Brasil tiene una deuda pública que ronda el billón de dólares y un déficit presupuestario equivalente al 8% del producto interior bruto (PIB). Las promesas electorales respecto de este asunto suponen la privatización de Petrobras y de Electrobras por 200.000 millones de dólares. Pero la posibilidad de acometer estas privatizaciones por parte del futuro gobierno son todo menos claras. Sus propios aliados de hoy, incluido el alto mando militar, pueden objetar esta venta de activos.

Vale la pena recordar que ya los gobiernos del PT, preocupados por el crecimiento de la deuda pública, sopesaron esas privatizaciones y debieron archivar sus planes. Este dato no es secundario al hecho de que los nombres de banqueros que suenan para cargos ministeriales hicieron sus armas con los petistas, como es el caso de Henrique Meirelles y Joaquim Levy. Las esperanzas puestas en el economista ex banquero Paulo Guedes como probable ministro de Economía pueden resultar otro jarro de agua fría.

Brasil ya acometió una oleada de privatizaciones hace 25 años, por ejemplo la de la Companhia Vale do Rio Doce (CVRD, en su acrónimo de entonces). Los resultados están a la vista… Las armas que quedan a disposición del nuevo equipo presidencial, contabilizando el hecho de que las privatizaciones que se proponen son proyectos de mucha envergadura y requieren tiempo, amén de la aquiescencia de los “poderes fácticos” y los aliados políticos, consisten en una fuerte reducción del gasto. 

Una reforma de las pensiones que transforme el régimen de reparto por uno de capitalización dando entrada a los fondos privados, una reducción generalizada del gasto público, y restricciones salariales en la administración son algunas de las ideas que se han ventilado en la campaña electoral. Pero una operación de esta envergadura va a constituir un ataque directo a una parte importante de la propia base social que ha votado a Bolsonaro, y esta lo más probable es que reaccione para frenar estos planes. 

Quiere decir que lo primero que a uno se le debería venir a la cabeza respecto del festival bursátil, es que es precipitado. La espina dorsal de los planes de Bolsonaro pasa por el sector agrario productor de soja. La idea de ampliar las áreas sembradas de esa semilla a expensas de la Amazonia tiene por objetivo dar satisfacción a este sector empresarial que supone fuertes ingresos por exportaciones para el país y sobre todo para los terratenientes. Pero la exportaciones de soja de Brasil tienen por destino China, que es el principal socio comercial de aquél país.

Si se tiene en cuenta que la economía de China se ha desacelerado y existen previsiones de que su demanda de bienes exteriores decaiga, una reducción del gasto público y menores exportaciones al mercado chino pueden dar por resultado un agravamiento de la situación económica del país. En este contexto los inversores precipitados deberían reflexionar sobre el hecho de que las acciones de las corporaciones de Brasil cotizan con una prima del 10% sobre el resto de las empresas de los mercados y economías emergentes si se miden por relación con su ratio futuro de precio / beneficio. Trasladar este efecto al mercado bursátil español es todavía más arbitrario. Por dar una idea, pensar que la presidencia de Bolsonaro va a mejorar las perspectivas del Banco Santander en Brasil, es ya delirante.

El futuro Gobierno deberá tocar tierra en enero y poner en marcha una maquinaria de recortes con poco margen para satisfacer las expectativas de sus electores. Lo cual quiere decir que si el nuevo presidente realmente piensa gobernar de acuerdo con sus promesas electorales deberá pasar su paquete de contención del gasto muy rápido. No es fácil prever las consecuencias de un intento de consolidación fiscal hecha a costa de los intereses de sus propios electores. 

Es bueno tener presente en este sentido que el presidente electo ha logrado el favor del electorado por el derrumbe del resto del 'establishment' político del país y no sobre la derrota de los sectores populares. Muy por el contrario estos lo han votado con la ilusión de una mejoría y no con la expectativa de ir a peor. Existe un antecedente en Brasil de un presidente que ganó las elecciones en la segunda vuelta en 1990, y cuyo mandato duró hasta 1992:

Fernando Collor de Mello. Dejó el gobierno bajo la amenaza de un juicio político que finalmente se llevó adelante y lo alejó de la vida pública durante ocho años. Todo parece indicar que para las grandes empresas de momento no hay nada que festejar.

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