edición: 3007 , Viernes, 10 julio 2020
29/05/2020
La coartada de la coyuntura, impedir la bancarrota

Los rescates estatales de empresas están de moda con el patrocinio de la Unión Europea 

La coyuntura proporciona al virus la dosis necesaria de aliento para provocar una nueva ola de intervencionismo del Estado
Juan José González
Los mercantilistas se frotan últimamente las manos, los grandes bufetes profesionales identifican un caladero productivo espectacular a escasas millas de sus despachos. En esta nueva ola de desastres pandémicos empresariales, brotan como en primavera grandes empresas con problemas. Algunas ya están ingresadas en las unidades de cuidados intensivos estatales. Otras andan cerca, esperan. Empresas y políticos hacen saltar las alarmas de quiebras a la vista y los Estados acuden a la llamada, al rescate. Se impone una climatología intervencionista. No hay más que observar al Ejecutivo germano interviniendo, invirtiendo, capitalizando o ayudando, da igual, a su compañía aérea de bandera, Lufthansa, `intercambiando´, dijo un portavoz, un paquete de rescate: 9.000 millones de euros a cambio del 20% de la compañía. Un trueque singular en un escenario político teñido de restructuración aunque la cruda realidad no sea más que el salvavidas del Estado, algo que los alemanes no le perdonarían nunca a su Gobierno, ciudadanos con un sentimiento nacional más acusado que el resto de europeos. Aunque por otro lado, qué mejor solución que la del rescate: cualquier cosa mejor y antes de que los 10.000 empleados salgan a la calle y los aviones permanezcan en los hangares.
Claro que, las decisiones que toman los Estados sobre los rescates empresariales privados suelen tener unos beneficios no financieros sino sociales que obviamente siempre son preferibles a otras alternativas, como puede ser la de abandonar a su suerte las compañías en apuros. Por otro lado, el entusiasmo de algunos Estados por intervenir o rescatar a sus grandes empresas encuentra un aliado, el mejor, en la Comisión Europea que no ha dudado en lanzar un mensaje de aliento, en forma de permiso, a los Gobiernos nacionales para que recapitalicen empresas especialmente dañadas por el coronavirus.

Para los observadores más superficiales el aliento de las autoridades europeas venía a equivaler a la legitimación expresa del intervencionismo de los Estados. Contrasta la actitud de los responsables de la Comisión Europea con el celo mostrado en la aplicación estricta de su normativa sobre las prácticas y ayudas estatales que pudieran resultar anticompetitivas. En el fondo, los movimientos tendentes a facilitar el intervencionismo estatal en las empresas, no son sino la manifestación de nuevas políticas que se vienen introduciendo desde las instituciones europeas en los últimos años con la intención de proporcionar una mayor protección a la propiedad de las grandes empresas, pero desde su vertiente nacional.

Nuevas políticas que aparecen como una reacción a las disputas comerciales de los dos grandes bloques, hoy en su particular `guerra´ entre China y Estados Unidos. El problema de esas políticas, ya bautizadas como mercantilistas, es que tienen un efecto perverso sobre el funcionamiento de los mercados, cambia, modifica y distorsiona la competencia y los mercados. Algunas voces vienen advirtiendo a los Gobiernos con insistencia que las nuevas políticas de corte eminentemente mercantil, están produciendo un efecto imprevisto en la composición de las empresas, como es que, al ser las grandes empresas las más necesitadas de rescate por parte de los Estados en razón de su relevancia financiera y laboral, las medianas empresas pueden estar condenadas a la quiebra, en caso de problemas, o bien, a tomar decisiones de crecimiento y fusiones en busca de un tamaño mayor y `rescatable´ por el Estado.

Por si no fuera suficiente, el intervencionismo de los Estados en las empresas puede provocar una picaresca en el mundo empresarial que a largo plazo puede tener consecuencias nefastas para los Estados aspirantes a interventores. Puede ser el caso en un buen número de empresas, actualmente con problemas de liquidez mantengan una estrategia financiera defensiva (mantener la iliquidez) para optar a ayudas estatales y, por qué no, a ser rescatadas con inyecciones de capital procedentes de sus Gobiernos nacionales. De esta forma, las empresas que practiquen este `juego´ financiero se verían beneficiadas por la coyuntura mientras que los Estados que cayesen en la trampa estarían malgastando recursos públicos.

Es probable que las autoridades europeas hayan visto en la intervención, en los rescates de empresas, una estrategia de defensa europea de las grandes compañías en un momento en el que no cabe jugar otras opciones, dado el estado calamitoso que se espera de la economía para los próximos trimestres. Aunque al final, instituciones europeas y Gobiernos nacionales deberán echar cuentas para ver si el signo del balance. En este caso, habrá que esperar al momento en el que la empresa rescatada recupere sus fuerzas y recursos -con beneficios a la vista, claro- para comprobar los resultados de la intervención. Será cuando se manifiesta el principal efecto perverso del rescate, como es la recuperación, o no, para las arcas del Estado de los beneficios de la intervención, la recuperación de unas ayudas financieras que seguramente no podrán ser nunca amortizadas por los interventores.

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