edición: 2491 , Martes, 19 junio 2018
13/06/2018
Señales de nerviosismo, ambiente contagioso

Los supervisores financieros intensifican las medidas de prevención por el temor a una crisis

Otro síntoma de la inquietud general: el supervisor francés toma la iniciativa y obliga a sus bancos a guardar más capital y limitar la exposición a las empresas del país
Juan José González
El índice Dow Jones norteamericano ha comenzado a emitir las primeras señales de preocupación, síntomas de agotamiento y debilidad, quizá a la espera de una noticia de impacto financiero, o probablemente tan sólo un movimiento puntual de recogida de beneficios. Se advierten igualmente señales de nerviosismo en los mercados de deuda e incluso se establece una posible explosión o situación fatal que llevaría al desastre a las economías desarrolladas, algo similar a la quiebra de Lehman Brothers allá por septiembre de 2008. Para algunos, un cambio de ritmo en el DJ o una opinión alarmista sobre los mercados de deuda podrían ser síntomas aislados y regulares en la vida de los mercados. En cambio, para otros, los mismos síntomas se convierten en una señal, un mensaje y aviso de un posible aumento de los riesgos en vista de que las amenazas son más evidentes. En este segundo grupo habría que situar la decisión de las autoridades financieras francesas de obligar a los bancos del país a elevar el capital de los llamados `colchones contracíclicos´ con el razonamiento de que su necesidad es a causa de los mayores riesgos de turbulencias detectados en el aumento de los niveles de deuda y también de especulación en busca de mayores rentabilidades. Así pues, y en clave de precaución es la forma como parece interpretarse la medida de los supervisores galos, y para lo que han decidido subir la ratio de capital (que ya fijaba Basilea III) al 0,25% de los activos de riesgo, medida que deberán cumplir en los próximos meses. Pero además los reguladores franceses añaden una limitación más, como es limitar al 5% del capital la exposición permitida a los bancos sistémicos franceses a las empresas francesas con mayores ratios de deuda. Son las barbas del vecino las que lanzan las primeras señales de prevención.
La crisis de septiembre de 2008 continúa viva en el recuerdo y de la que se han extraído numerosas lecciones. Si a partir de aquel evento financiero de hace una década, las entidades financieras tomaron medidas y extremaron las precauciones, visto que la desconfianza era mutua y profunda, dando lugar a la exigencia de garantías en sus préstamos con valores y derivados, ahora, en cambio, las garantías -para algunas operaciones siguen siendo diarias- las exigen los bancos centrales. Se imponen en los últimos años nuevas condiciones en los préstamos a largo plazo, práctica iniciada por el BCE pero que el tiempo se ha encargado de extender al sector bancario para llegar a ser en la actualidad las propias entidades las que exigen a sus clientes nuevas garantías para los riesgos.

Hoy ya son prácticas habituales, exigibles, como la valoración diaria de los activos que garantizan los préstamos, y de su variación, arriba o abajo, dependerá que el deudor aporte más o menos garantía o dinero en efectivo. La práctica ha contribuido en estos últimos años a `disciplinar´ a los deudores y a calcular mejor la demanda de financiación, pero sobre todo, a cubrir los riesgos. Algunas situaciones se repiten (la historia siempre se repite) como la burbuja tecnológica en las empresas de Internet hace ahora 18 años, cuando Terra valía más en Bolsa que la eléctrica Iberdrola. 

Actualmente, basta con una mirada sobre los indicadores bursátiles para apreciar la existencia de varios ejemplos, muy similares a los de la burbuja tecnológica, pero de un tamaño notablemente superior. Luego, es cierto que los riesgos de fiascos en sectores considerados `carne de burbuja´, se repiten como la misma historia. A las autoridades francesas les llama la atención la amenaza creciente de los reajustes en las primas de riesgo de los mercados financieros, hecho que se produce con unas valoraciones de los activos muy altas y por tanto provocadoras de un aumento del riesgo de los inversores. Si a este hecho se añade un mayor endeudamiento del sector privado, de las empresas y de los particulares tenemos los elementos para que un pequeño incidente bursátil o financiero se convierta en una cerilla en un polvorín.

Porque si las crisis financieras se producen por una pérdida de la confianza de los inversores en activos que concentran mucho dinero, es probable que la caída de una tecnológica sea tan sólo una cuestión de tiempo. Quizá sea este el momento adecuado para valorar y reconocer que la regulación bancaria severa y estricta e, incluso, agobiante en algunos extremos, deba sea vista como una eficaz barrera de protección y choque frente a las amenazas, ya objetivas, de inestabilidad del sistema financiero.

Y como más vale prevenir que lamentar, sería bueno que las autoridades fueran pensando en un departamento de la próxima crisis, un ministerio con poco presupuesto, centrado en proponer ideas preventivas, que adelantasen señales y tomasen nota de los primeros presentimientos que, al parecer, ya asoman por el horizonte, luego, tan sólo faltaría conocer la distancia. Por eso no conviene dejar pasar el movimiento de los vecinos, en este caso, los bancos franceses, a los que sus autoridades acaban de obligar a guardar más capital -los colchones contracíclicos- de cara a una, quién sabe si, próxima crisis.

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