edición: 2454 , Miércoles, 25 abril 2018
16/12/2008

Madoff, un escándalo nada inocente

“No hay nada inocente”. El mismo Bernard Madoff  se ocupó de cantarlo a los cuatro vientos de sus colaboradores días antes de entregarse, para escarnio de las autoridades financieras estadounidenses. Cada capa de su pirámide que se destapa huele peor que la anterior en el mayor fraude bursátil de la historia. Pudo pasar inadvertido a los ojos de la SEC, a pesar de las señales de Aksiam, las peticiones de investigación de algunos de sus competidores y el ruido de una de las frimas más activas dentro del Nasdaq durante octubre, con una media de 50 millones de acciones diarias. Todos en Wall Street y la jet de Manhattan conocían que el sancta santorum de la oficina de Bernie -el filántropo, el rey del Nasdaq, el benefactor del partido demócrata- escondía más de un secreto, inaccesible incluso a sus trabajadores y a sus hijos, los que lo denunciaron. Pero ni los clientes particulares, ni los hedge funds, ni el regulador destaparon la manta de la confianza y la rentabilidad.

Ha querido la historia de la tierra de las oportunidades  (¿demasiada casualidad?) que uno de los grandes donantes de la campaña de Barack Obama, uno de los tradicionales contribuyentes del Partido Demócrata caiga al foso de los condenados, para escarmiento y limpieza de Wall Street, espanto de los hedge funds y sonrojo de las agencias de rating tan sólo una semana después del escándalo de Illinois. Desde 2000, Madoff donó más de 100.000 dólares al Partido y su Comité senatorial y 23.000 a la campaña del senador Charles Schumer de NY y Frank Lautenberg de New Jersey,  una de las cabezas visibles de una de las fundaciones benéficas que invirtieron con Bernard Madoff.

El escándalo Madoff expande los tentáculos del descrédito por los cinco continentes, pero llueve sobre mojado en la sombra de la SEC, en la historia de Enron y Worldcom. El ex director del Nasdaq supo hacer de su imagen su mejor atractivo y de la confianza –el bien más escaso en Wall Street- toda un arma de destrucción masiva. El gestor atraía a sus víctimas "con una actitud de misterio y exclusividad". Incluso ahora, mientras los investigadores tratan de averiguar como el hombre de 70 años pudo perder 50,000 millones de dólares de inversores internacionales, la web de su firma permanece serena. "El nombre del dueño está en la puerta", dice el sitio, elogiando el toque personal de Madoff. Ésa misma filosofía que le servía al veterano gestor para atraer a sus víctimas con igual dosis de misterio que de exclusividad. Pero no hay detalles de sus cuentas. Con el agravante de que recibían diariamente las operaciones (trades) que supuestamente hacía Madoff con sus fondos.  Unos  activos que, además, deberían estar segregados contablemente y no lo habrían perdido todo, como ha sido.

No es ni usual ni casual que Madoff entonase el mantra del mea culpa desde dos días antes de su detención. Como revela CNN, ya desde el miércoles pasado, se encargó de contarle a sus empleados más veteranos que todo su negocio era un fraude, que no quedaba nada de su “gran mentira en forma de esquema de Ponzi”. Madoff reconocía entonces haber perdido 50.000 millones, pero iba a esperar una semana para entregarse a las autoridades y prometía un ‘aguinaldo’ de 300 millones para algunos empleados, familiares y amigos, todos esos que- según su versión- ni siquiera sabían qué se cocía en su críptica oficina.

Madoff puede pasar 20 años en prisión y ser multado con 5 millones de dólares. La Comisión de Mercado de Valores le hizo una demanda civil. Y encara ya la avalancha de denuncias, tras los pasos de Irwin Kellner, el primer inversor afectado en emprender acciones legales contra el broker. La mayoría de sus amigos-víctimas, esos que creían que invertir con él era tan seguro como poner su dinero en bonos del Tesoro, conocidos millonarios americanos como el propietario del New York Mets, Fred Wilpon, o el ex propietario del equipo de futbol americano Philadelphia Eagles, Norman Braman, o Andrés Piedrahita, socio de Fairfield,  quieran correr un velo con el mantra de ‘somos víctimas’ pero que ‘todos cometen errores’, aunque sea de 50.000 millones. Wilpon, el dueño del equipo de baseball de los Mets, que también posee la firma de inversión inmobiliaria Sterling Equities, siempre hacía referencia del buen trabajo llevado a cabo por Madoff: por eso, nunca dudó en invertir decenas de millones de dólares de su propio dinero y del equipo en fondos gestionados por el inversor. "Estamos estupefactos por los acontecimientos y, como todos los inversores, continuaremos monitorizando los acontecimientos", aseguró Sterling Equities a través de un comunicado. Eso es todo. Nicola Horlick, la presidenta de la sociedad de gestion Bramdean Alternatives, cliente de Bernard Madoff, es una de las pocas afectadas que ha denunciado el fallo sistémico de los reguladores de los mercados financieros americanos.

La mayor parte de las capas del escándalo Madoff siguen ignotas para el gran público. Pero también para la SEC, que se limita, aparentemente, a arañar con ayuda del FBI en su despacho. La planta 17 de las 34 del Edificio Building en la avenida Midtown, lo que otrora fue el sancta santorum de Madoff, está tomado por más de dos batallones de investigadores que tratan ahora de hacer paleografía donde no supieron hacer control, pero traslucen a los medios que no siguen ni el humo. La SEC es la primera sorprendida. No lo fue en su día, aunque era un secreto a voces en Wall Street y entre la jet de Manhattan que esa planta albergaba algo más que la oficina secreta, sin contacto con el piso 18 y 19, sin acceso de los empleados, sólo tres de sus más allegados. Hasta tal punto que lo llamaban el sancta santorum de Madoff. El economista francés Marc Touati, lo recuerda en la Tribune: la reglamentación es muy estricta y si Madoff ha conseguido engañar durante tanto tiempo es que tuvo cómplices y eso se descubrirá en los próximos meses. Pero por ahora, el escándalo peca además de individualidad. Madoff sólo ha sido arrestado, guarda sus secretos en libertad bajo fianza de 10 millones de dólares y con el único límite de no viajar fuera del perímetro de New York. Aunque su mujer aparece en los registros de sus sociedades ni siquiera ha sido encausada. Tampoco su hermano Peter, que fundó y gestionó con él durante los primeros años la sociedad. Menos aún sus hijos Andrew y Marck, que gestionaban dos de las unidades de su negocio y fueron formalmente los que lo entregaron a las autoridades.

Primero, la invisibilidad, luego, la individualidad, finalmente, la impotencia. La conformidad de la SEC, que ha aceptado desde el primer momento de la investigación las cifras de Madoff (50.000 millones de euros a pesar de que en sus registros sólo declaró 17.000) y su versión de una estructura paralela a su firma de inversión.  Y el silencio (¿cómplice?) de algunos de sus clientes, que no supieron ver a Madoff caminando en la cuerda floja, o no quisieron parar una bola de nieve demasiado grande y demasiado golosa en tiempos de crisis. Tanto que Madoff era capaz de ofrecer retornos de rentabilidad del 8% durante 13 años cuando el resto de sus competidores no lograban ni un 5%. Sufrió solamente cinco meses de caídas entre 1993 y 2007. De acuerdo a los registros de la SEC, Madoff sólo tenía buenas noticias para sus inversores: sus fondos crecieron en noviembre un 5,6% aunque durante el mismo periodo los títulos del Standard & Poor's 500, en los que se suponía que estaban la mayor parte de sus transacciones, cayeron una media del 37,7%. Demasiado bonito para ser verdad. Y lo más llamativo es que Madoff nunca explicó cómo lo conseguía, ni accedió a detallar los activos que manejaba.

"Es desafortunado que esto pueda haber durado tanto tiempo sin que nadie tuviera la mínima idea de lo que pasaba", señala Harvey Pitt, ex presidente de la SEC. Favoritismo o casualidad, desde que Madoff registrase su negocio como consejero de inversiones con la agencia, allá por septiembre de 2006, la SEC no ha investigado las cuentas del inversor, aunque las revisiones son cada cinco años. En 1992 fue investigado por los reguladores del mercado de valores (SEC) y no descubrieron nada ilegal. Más tarde, en 1999, Algunos de sus rivales llegaron incluso a urgir a las autoridades que investigaran sus prácticas en 1999, alegando que sus resultados no eran realistas, y la revista financiera Barrons puso en duda sus retornos en un reportaje publicado en 2001, pero no sirvió para hundirle. Ni siquiera las luces rojas de Aksia -que asesora a inversores adinerados y recomendó a sus clientes no invertir en estos productos- espantaron a los clientes, amigos y hedge funds.

Quienes aún tratan de defender a la SEC (o al menos de desterrar su complicidad) acuden a su corta trayectoria de supervisión de hedge funds, una historia que comenzó sólo hace dos años, con el propio Madoff como parte del decorado. Distintos medios locales han justificado la inoperancia de la SEC en que se trataba de una gestora offshore con un número reducido de clientes, lo que la deja fuera de la supervisión según la legislación norteamericana a la que se acoge la mayoría de los hedge funds. Barry Barbash, un antiguo director de la división de supervisión de inversiones de la SEC, encuentra la explicación en el hecho de que la agencia se focalizó sólo en las operaciones que consideran más arriesgadas o los clientes más sospechosos: dos criterios que se saltaba L. Madoff Investment LLC.

Sin embargo, Madoff registró su firma hace dos años en EEUU, sin que fuera inspeccionada en ningún momento desde entonces, según informa Bloomberg. ‘Bernie’ Madoff dibuja las huellas del delito con las mismas trazas con las que advierte del truco que otros podrían haber aprovechado. Como describen a toro pasado los medios estadounidenses, era parte del sistema que debía pararlo, conocía los huecos por los que reptar. Y, a lo peor, algo más. La SEC asegura en su defensa que no lo descubrió porque oficialmente su patrimonio era de 17.000 millones de dólares. Los otros 33.000 millones de dólares estafados los dividía como fondos y como pagos de rentabilidad a los primeros accionistas. La SEC supervisaba en teoría a la firma de brokerage de Madoff (Bernard L. Madoff Investment Securities), no a la de gestión de fondos (que ni siquiera tenía estructura jurídica de gestora, sino de asesor de inversiones) Bernard L. Madoff Investment LLC, situada en otro piso del mismo edificio de Nueva York. De hecho, el broker pasó la última inspección en 2005, en la que se le acusó de varias prácticas contrarias a las normas de mejor ejecución de las órdenes. Pero la SEC, con un cuerpo de 796 inspectores para estas firmas, no investigó en ningún momento las relaciones entre el broker y la gestora desde que ésta fue registrada en el supervisor en 2006.

No se trata sólo de la SEC (U.S. Securities and Exchange Commission). El auditor de Madoff –una pequeñísima firma llamada Friehling & Horowitz que vivía de las cuentas de Madoff- no dio la voz de alerta de que todo el tinglado era un gran fraude. También los fondos y las firmas de inversión en cadena que llevaron a sus clientes hasta Madoff tienen preguntas que contestar sobre sus actividades especulativas. El caso Maddoff no es el único de los desafíos de los hedge funds, ahora que la confianza brilla por su ausencia y encaran desbandadas de inversores. Se lo advierte el FT: deben cambiar para sobrevivir. Antes de nada asumir auditorías y regulaciones que inspiren confianza y aceptar una estructura simétrica de beneficios, que transmita también las pérdidas a sus gerentes si los inversores lo hacen.

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