edición: 2579 , Lunes, 22 octubre 2018
14/09/2010

Manos libres a Erdogan para transformar Turquía

Pedro González
Mustafá Kemal Ataturk ya es historia porque los últimos resquicios de su legado han sido barridos en el referéndum propuesto por el primer ministro y verdadero hombre fuerte del país, Recep Tayyip Erdogan. La reforma constitucional, aprobada por una mayoría del 58%, modificará hasta 26 artículos de la Constitución, entre ellos los que concedían hasta ahora a las Fuerzas Armadas la vigilancia y preservación del Estado laico kemalista. Se abre por tanto la puerta para que los militares que dieron el golpe de estado de 1980, y que dictaron la vigente constitución, sean juzgados por tribunales civiles.

Apenas se conocieron los resultados y la propia Comisión Europea felicitaba al jefe del Gobierno turco, Erdogan daba a entender que este referéndum era tan solo un primer paso al afirmar que “el 13 de septiembre es el punto de partida para conseguir una constitución totalmente nueva”. En efecto, embridado el ejército, Erdogan se convierte en el líder con más poder desde el propio Kemal Ataturk, al dominar no sólo el ejecutivo y el legislativo sino también buena parte del judicial merced a las reformas aprobadas en este referéndum.

Los elogios que la UE ha dirigido a Ankara por el resultado de esta consulta constituyen también una oportunidad para que Erdogan, una vez investido de tantos poderes, convenza a los escépticos acerca del anclaje turco a los valores democráticos europeos, y desmienta las acusaciones de la oposición de que su objetivo final es establecer poco a poco un régimen islámico hasta que sea prácticamente desmontarlo una vez implantado. Erdogan mantiene invariable su discurso relativo a la separación entre la religión y el estado, bien que incidiendo en las raíces islámicas de los valores que impregnan a la sociedad turca, de aplastante mayoría musulmana.

Por su parte, la UE tiene ante sí la mejor oportunidad de anclar definitivamente a Turquía a su ámbito, para lo cual deberá dejar de lado las reticencias a su adhesión de pleno derecho si cumple efectivamente con los requisitos para su admisión. Si, como dice Bruselas, “esto es un paso en la dirección correcta”, los 27 habrán de ponerse finalmente de acuerdo en si abren ó no la puerta a Turquía, cansada ésta de que la mareen y de constatar que Francia, Alemania y Austria se oponen abiertamente a su integración.

La Turquía de hoy con Erdogan es sin duda el mejor ejemplo para testar la capacidad de evolución del Islam. Cuando llueven los análisis que intentan demostrar su carácter inamovible y su incapacidad para evolucionar, Turquía representa una oportunidad para afianzar tan pesimistas proyecciones o bien para encontrar al fin una vía de desarrollo hacia la modernidad a través de las corrientes moderadas de ese mismo Islam. Para Europa sería un despilfarro de graves consecuencias no conceder esa oportunidad, alentándola y apoyándola, sobre todo porque Turquía podría bascular perfectamente como opción alternativa hacia el mismo radicalismo de su vecino iraní, por ejemplo. Para Erdogan, que está consiguiendo un innegable prestigio internacional gracias a actuaciones independientes en momentos de gran tensión –con Israel y el mismo Irán, sin ir más lejos-, es asimismo la ocasión de consolidarse como el líder que precisa Turquía para erigirse de nuevo en una potencia insoslayable por su influencia en Oriente Medio y Asia Central.

Paralizada en buena parte por sus miedos y las amenazas terroristas de los fundamentalistas islámicos, la UE parece incapaz de contemplar vías alternativas de integración. Claro que una Turquía completamente inmersa en la UE hará mucha sombra a los grandes líderes de la UE, Alemania, Francia y Gran Bretaña en primer lugar, pero seguramente será ése el camino para que persista en los cambios que la hagan cada día más europea en sus valores. Todo ello, además, sin desdeñar el factor de impulso que representarían 80 millones de turcos, jóvenes en su inmensa mayoría, dispuestos a trabajar y comerse el mundo.

Erdogan merece, pues, esa oportunidad de transformar su país, y la UE de acompañarle y animarle a que lo haga por la senda de la modernidad, privándole por lo tanto de las tentaciones de caer en los brazos del fundamentalismo islámico.

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