edición: 2613 , Martes, 11 diciembre 2018
30/01/2018
Los Gobiernos ignoran el riesgo

Mercados en máximos y volatilidad en mínimos, sospechoso y desbordado optimismo

Guerra de divisas en embrión, las empresas dejan pasar la ocasión de reducir deuda y la retirada de los estímulos camino de ser aún más lenta
Juan José González
En Davos, los líderes económicos y políticos del mundo desarrollado parecen haber coincidido que todo puede ir mejor si se tratan los problemas desde el optimismo. Y si este es desbordado o exagerado, será incluso mejor. Y así, manos a la obra, olvidando el pasado, restando menor importancia al presente y elucubrando sobre el futuro se ha cerrado la cita económica mundial de Davos sin pena ni gloria, con compromisos marginales, pequeños y efímeros: todo parece complacencia y deseos de explotar el éxito de la salida de la gran crisis, a la que se quiere finiquitar con el canto a la felicidad de unos mercados financieros en máximos y a los que acompaña una volatilidad en mínimos. El balance final de Davos es que todo va bien en la economía global, sin presión inflacionaria, acomodados los Gobiernos en esos estímulos monetarios aplicados durante la crisis y que, en toda lógica académica, deberían remitir ahora, con las economías en plena expansión, como muestran esas revisiones oficiales de crecimiento económico a lo largo y ancho del planeta. Lo cierto es que la sensación de bienestar y los cantos de optimismo generalizados se basan en que los niveles de los mercados de valores actuales han partido de una posición muy baja provocada por la gran crisis, larga en extremo que ahora se ha querido cerrar pero sin hacer balance en Davos. O quizá el balance del cierre de la crisis sea ese precisamente, el optimismo desbocado. Frente a este sentimiento, han sido numerosos los empresarios y expertos económicos que han mostrado su preocupación por la valoración que políticos y grandes empresarios hacen de la realidad .
Llama la atención que los temas centrales tratados en la reunión hayan girado, básicamente, alrededor de los populismos y de las agendas electorales cuando el riesgo de una crisis de divisas parece acechar con la misma fuerza con la que algunos Estados practican hoy -y promocionan- el proteccionismo. Recuerdan algunos expertos que no es la primera vez que sucede una situación de alta tensión en el mercado de divisas, ya vivida en la crisis financiera, y que tiene su principal motivación en una especie de mecanismo de defensa por el que se pretende que las exportaciones no pierdan valor, esto es, sean más competitivas. Si se repite la fórmula, es probable que la guerra de las divisas sea el preámbulo, la puerta de entrada a una crisis con letra mayúscula.

Pero da igual porque el optimismo parece desbordar la abarrotada agenda de los economistas políticos, los encargados de llevar a cabo las estrategias económicas de los países. Son también los primeros interesados en la buena parcha de los mercados, los locales del mercado bursátil, los que acreditan la recuperación de la economía, las cifras del comercio, de las exportaciones, del consumo y crédito y de los resultados empresariales en tanto que indicadores de la salud económica real. Son las variables en las que pueden influir directa o indirectamente, por tanto, las que sirven para ser optimistas.

Los mercados viven escenas de subidas generalizadas, de récord en indicadores de inversión y confianza líderes. De la misma forma, la volatilidad parece estar ausente de las previsiones de los analistas; al parecer, no hay amenazas y si se atisban estas son a muy largo plazo, luego la recuperación, además de documentada por los mercados y certificada en Davos queda consagrada en adelante merced a las estimaciones de crecimiento económico y ahora, además, de las revisiones al alza y en cascada de los crecimientos en la mayoría de las economías europeas, asiáticas, americanas, emergentes y demás.

Incluso los menos optimistas, los más críticos en la reunión de Davos, minimizan los riesgos, quizá, como mucho, de baja intensidad que sí sería un riesgo serio para la continuidad de la recuperación. En todo caso, optimistas y críticos apuntan a la necesidad de aplicar algunas lecciones que ha dejado la gran crisis, las experiencias -entienden- deben servir para reaccionar a tiempo y para que los bancos centrales, como el europeo, no tarden tanto en intervenir. Es decir que, en caso de incendio, habría que aplicar el protocolo de la Fed, rápido, voluminoso y sin límite, y no el lento e inicialmente restringido del BCE.

Contrastaría el optimismo compartido de los líderes económicos mundiales con la otra realidad, la de los riesgos y amenazas que también se podrían ver entre líneas. Amenaza de un golpe fiscal en alguna de las potencias mundiales, de una guerra comercial, aranceles y tensiones que, por ejemplo, trastocarían los calendarios previstos en la subida de los tipos de interés. Si la diferencia entre el optimismo y la realidad es elevada, los riesgos seguramente serán mayores porque tensiones y guerras comerciales son producto de políticas gubernamentales y que, por tanto, nunca reconocerán que pudieron incurrir en errores. Otro asunto preocupante y que llama aún más la atención es la pasividad de las grandes empresas, dejando pasar la buena marcha del mercado monetario como ocasión de oro para reducir las deudas.

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