edición: 2576 , Miércoles, 17 octubre 2018
11/05/2010

Merkel empieza a pagar la factura de las medidas impopulares

Pedro González
Era y es inevitable: la imprescindible adopción de las medidas de choque que imponen los ajustes presupuestarios se abaten sobre los ciudadanos y éstos, educados en el amejoramiento continuo y en la prosperidad sin desmayo, se revuelven cuando se les aprieta el cinturón. En esto no hay grandes diferencias, y tanto les disgusta a los manirrotos griegos como a los austeros y ahorradores alemanes. Acaba de comprobarlo la canciller Angela Merkel, mascarón de proa de las elecciones regionales de Renania del Norte-Westfalia, que con sus 18 millones de habitantes y el 23% del PIB germano constituye el principal motor económico del país. El derrumbe de la CDU en ese landër no solo significa la pérdida del gobierno regional sino también decir adiós a la mayoría de que gozaba en la Cámara Alta federal, el Bundesrat, auténtica cámara de las regiones, en donde ha de ratificarse el 70% de la legislación alemana.

Sin mejorar sustancialmente sus resultados, los socialdemócratas de Hannelore Kraft, vuelven a convertirse en la primera mayoría mientras que los liberales, actualmente coaligados con Merkel, permanecen estancados. A todos ellos les hace una advertencia el electorado al conceder más de un 12% de los votos a Los Verdes, grandes beneficiados de estos comicios parciales, que han logrado duplicar sus votos. También habrán de tener en cuenta el ascenso de La Izquierda, sigla que aglutina en realidad a los extremistas izquierdistas, y que han conseguido pisarles los talones a los liberales.

Sobre la canciller ha comenzado a caer un verdadero diluvio de críticas de todo signo, desde quienes la acusan de “pasividad” en la resolución de la crisis de Grecia hasta los que la exigen que expulse directamente a Atenas de la eurozona. En tan amplio abanico se desarrolla un debate que en el fondo dibuja todas las zozobras que aquejan a la práctica totalidad de los ciudadanos europeos, pero más especialmente a los nacionales de países a los que se exige cumplan un perenne papel de locomotoras.

El debate político ha puesto de relieve la carencia de un auténtico sentido de la ciudadanía comunitaria, un defecto que hay que poner en el debe de la alicorta clase política que impera en todo el continente. La propia Merkel no ha podido sustraerse a esa tendencia general cuando las perentorias necesidades electorales domésticas la han retraído de seguir la estela didáctica del que fuera su mentor, Helmut Kohl. El indiscutible artífice de la reunificación germana y del impulso de cohesión a la UE no se hartó de proclamar siempre que Alemania solo tendría un futuro próspero y en paz si se diluía en una Europa grande. La reciente celebración de su 80º cumpleaños evidenció el disgusto de Kohl hacia su pupila, ya que a pesar de estar presente Angela Merkel ni siquiera la mencionó en su discurso. El círculo de pensamiento de la canciller la justifica aduciendo que pertenece a otra generación, que ya no ha de pedir perdón y sentirse avergonzada por la hecatombe que provocaron los nazis. Bajo esta simplificación se cobijan los que preconizan menos Europa y más Alemania, reforzando el argumento con la excusa de que todos los demás socios de la UE han hecho siempre lo mismo.
 
La decisión urgente de blindar el euro viene a rectificar el tiro y a poner un poco de sentido común en el caos de mensajes errados a propios y extraños a la UE. “Eurocalzonazos” llama Alberto Sotillo a todos estos líderes europeos, cuyas dudas durante casi un mes equivalían a llamar a los tiburones a que los devorasen, y que ahora pagan cuatro veces más caro el rescate helénico que si lo hubieran hecho a su debido tiempo. En todo caso hay que jalear el cambio de tendencia, que al fin y al cabo marca el rumbo hacia la necesaria gobernación europea encabezada por los grandes. Estos habrán de asumir de una vez que una crisis de Grecia, Portugal o España lo es también de Francia, Alemania y Holanda. Pero aquellos a su vez también han de aceptar que no pueden comportarse con el descaro de ex pobres, que apenas han dejado de serlo se comportan como nuevos ricos. Eso se traduce en que todos han de aprender que las deudas hay que pagarlas. Accipere beneficium est libertatem vendere (aceptar una merced es vender la libertad), proclamaban los senadores de Roma.

El socorro a Grecia significa que sus cuentas puedan ser fiscalizadas, un mensaje que también han deslizado a España, que a toda prisa vinieron a decirle a Zapatero que o bien acababa con  su desmadre de déficit  presupuestario o el país lo iba a pasar muy mal.

Se han terminado por consiguiente los discursos buenistas. Se impone una nueva pedagogía en toda la UE, donde los ricos convenzan a sus ciudadanos de que su prosperidad no se sostendrá sin el aporte del conjunto, y los pobres tomen conciencia de que lo siguen siendo y que, como en la vida misma, habrán de hacer el doble de esfuerzo de los ricos para aproximarse siquiera al nivel de éstos. Unos y otros parecen haber comprendido al menos que el inmovilismo es el camino más recto hacia la ruina colectiva.

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