edición: 2725 , Lunes, 27 mayo 2019
12/02/2015

El modelo energético alemán somete a estrés a las grandes eléctricas integradas

E.ON y RWE desarrollan modelos divergentes para hacer frente a la competencia de las renovable
Carlos Schwartz
La política energética alemana que persigue un cambio en el modelo de generación mediante la transición hacia la producción de energía renovable tiene ya 15 años de antigüedad. Sin embargo, bajo el anterior Gobierno de la canciller Angela Merkel recibió un impulso significativo cuando se introdujo el paro de las nucleares tras el accidente en la central japonesa de Fukuyima en 2011. En lo que muchos analistas consideran que fue un movimiento político destinado a conservar el voto de un electorado muy sensible a los problemas del medio ambiente, el Gobierno escalonó el cierre de una importante infraestructura nuclear propiedad de las grandes eléctricas integradas. Sin embargo, el país todavía genera con uranio radiactivo 83,3 Teravatios y el apagón nuclear se ha escalonado hasta 2022.
El cambio de modelo energético que se ha bautizado como Energiewende, o revolución energética, supone subsidios anuales del orden de los 20.000 millones de euros para hacer viables las inversiones en equipos del sector y subvencionar las tarifas eléctricas de las industrias. Los subsidios los pagan los consumidores a través de uno de los recibos de la luz más caros de Europa. Pero una de las consecuencias colaterales del cambio de modelo ha sido una caída de los precios de la energía en los mercados mayoristas por la entrada de las renovables pero por sobre todo por el incremento de la generación con centrales térmicas accionadas a carbón.

La política energética ha golpeado de lleno a las dos mayores eléctricas verticalmente integradas de Alemania, E.ON y RWE. Las empresas que han visto caer sus márgenes de forma dramática en 2013, y que recién en 2014 han logrado estabilizar sus ingresos aunque estos sean significativamente inferiores a los de años recientes, han desarrollado estrategias divergentes para hacer frente al mismo problema. E.ON anunció el año pasado una segregación de activos para la generación convencional en una empresa separada que deberá constituirse a lo largo de 2015 dejando la marca tradicional para un conglomerado de activos para la generación renovable en el que se concentrará la inversión en el futuro.

La empresa mientras vende activos que ha dejado de considerar estratégicos, en particular de generación convencional, con el objetivo de reducir deuda. El año pasado vendió sus activos de generación en España al fondo de infraestructuras australiano MacQuarie, y el mes pasado anunció la venta de su generación a carbón y gas equivalente a 4.500 Megawatios en Italia a la eléctrica Checa Energetický a Průmyslový Holding (EPH). Mientras la empresa sigue incrementando la participación de la energía renovable en el total de la energía generada. De acuerdo con los datos del tercer trimestre de 2014 las energías renovables representaron el 17% del EBITDA de la empresa hasta septiembre. Fuentes del mercado consideran que el aparcamiento de los activos convencionales en una sociedad separada es una suerte de “banco malo” con activos destinados a la venta.

Por su parte RWE se ha concentrado en la reducción de costes pero se ha atrincherado en la generación convencional. Su esfuerzo pasa por reducir plantilla, vender activos considerados no estratégicos, incrementar la generación por renovables que representan solo el 6% del total generado, y basar la mayor parte de la producción de energía en plantas térmicas accionadas a carbón. La empresa afirmó el año pasado que había considerado y descartado una segregación de activos convencionales antes de que E.ON anunciara la suya. Algunos analistas consideran que en su caso esa estrategia no parece viable por la importancia que tiene en su producción total la generación basada en carbón.

El mes pasado RWE anunció que había cerrado la venta de su filial RWE DEA, dedicada a la producción de hidrocarburos y con operaciones en muchas regiones desde África hasta el Mar del Norte, a la empresa LetterOne propiedad del magnate ruso Mijail Friedman. De acuerdo con el anuncio el precio será de 5.000 millones de euros, 100 millones menos que lo anunciado en marzo, a causa de la caída del precio del crudo. La venta está condicionada a la aprobación de los reguladores de diversos países en los que opera la filial. De momento Reino Unido ha expresado sus reticencias por el temor a que una empresa rusa sea víctima de sanciones y no pueda garantizar el desarrollo de la actividad en el Mar del Norte. El escollo parece resuelto de momento con el anuncio de un pacto de recompra de los activos británicos en caso de ocurrir esa situación extrema. De ser así la operación podría cerrarse en marzo, un año después de su anuncio.

Pero la cuestión de fondo es que la generación de energía en Alemania se muestra fragmentada en un sinnúmero de operadores en la medida que la liberalización de la instalación de generación doméstica ha llevado a multitud de pequeños establecimientos agrarios a instalar equipos que venden a la red a precios subsidiados la energía que generan. La idea de que un sistema distribuido en un número alto de pequeños generadores pueda ser más eficiente contradice toda racionalidad técnica y económica en la medida que son precisamente las grandes empresas integradas de forma vertical las que pueden generar ahorros internos, maximizar la eficiencia y la inversión.

La política energética alemana está generando un sistema profundamente inestable, soportado por un régimen de subsidios que ascienden a cifras anuales muy considerables. La estructura de generación que surge amparada en la Energiewende sólo se puede sostener a base del encarecimiento del recibo de la luz para los consumidores, y este mecanismo tiene límites políticos claros. Ocurre que por motivos de estructura y de coyuntura la población de Alemania tiene un nivel de ingresos altos que atenúa la reacción social y la industria es la que mejor ha soportado la crisis económica hasta ahora.

Pero en buena medida la situación privilegiada de la economía alemana se basa en una posición de dominio en la Unión Europea (UE). Si la economía de Alemania aumenta su deterioro y los intercambios económicos dentro de la UE sufren un traspié desfavorable para los flujos comerciales del país el modelo energético que desarrolla el Gobierno puede estrangular a la estructura productiva del país.

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