edición: 2662 , Viernes, 22 febrero 2019
25/03/2009
Observatorio Latinoamericano

Morales condena a Bolivia al desierto energético

Ana Zarzuela

Se mira al ombligo de las segundas reservas de gas del continente americano, al epicentro de las primeros depósitos mundiales de litio -el 50% del total- y a sus galones de exportador petrolero, pero ni el embeleso bolivariano puede ya perder de vista que Bolivia, que quiso ser la ‘Argelia’ latinoamericana, se consagra como el ‘Triángulo de las Bermudas’ energético de la región.

La autonomía de Brasil -cada vez menos dependiente de su gas- y la zozobra energética de Argentina ponen en peligro unos mercados que hasta ahora no pudo suplir por completo y la salud de sus arcas públicas, que han visto dividir por diez el peso de los hidrocarburos en el PIB. Anclada por el iceberg de sus riquezas, repudiada hasta por la diplomacia energética de Hugo Chávez,  La Paz aumenta la importación de derivados y busca nuevos socios, pero las inversiones se han reducido a la quinta parte. Intenta que las facturas de sus sueños energéticos corran a cargo de las multinacionales, con Repsol YPF en cabeza. El mantra soberanista repite en sí mismo la maldición del quiero y no puedo y la orfandad de las inversiones: llamada a ser la Arabia Saudí del litio mundial, con el no a Bolloré ha comenzado a reeditar en el sector minero el camino a ninguna parte que transitó por la senda del gas y el petróleo.

Evo Morales celebra su nueva Carta Magna y el retorno a la ‘Casa Rusa’ con las alfombras rojas de Medvedev y los 4.000 millones de dólares prometidos por Gazprom hasta el epicentro de su gas con tal de marcarle los planes futuros. Sólo eso, prometidos. Y huérfana del gasoducto del sur, sueña con uno paraguayo que alimente la dependencia de la Asunción y Uruguay, pero sus hidrocarburos no llegarán a ellos antes de seis años.

Los planes de Morales no tienen quién los escriba. Colisiona con las provincias gasistas bolivianas, se conforma con el aplauso de Chávez y Pdvsa, se ha convertido en un paria para Petrobrás, en el hermano pobre de un cono sur en el que sus vecinos han asumido que el cinturón energético no se desplegará gracias a la Paz y corren a importar Gas Natural Licuado (GNL). Inerme ante el despegue energético de Perú, se aferra al imposible del gasoducto del Nordeste que espera que Argentina pague y juega toda su suerte a la carta de las mismas multinacionales a las que espanta a dos manos. Paradojas bolivarianas, el presidente de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), Carlos Villegas,  mira más allá de sus fronteras, ahora que la estatal YPFB pasa su travesía del desierto, que el escándalo por el asesinato de Catler y la dimisión de su presidente suman y siguen en sus limitaciones. 

Como recuerda el Instituto Fraser de Canadá, Bolivia es ya el país con más barreras en exploración y producción petrolera del continente. La Paz tiende los tentáculos de la presión inversora a las multinacionales y los de la demanda a sus vecinos de Petrobras y de Energía Argentina SA (ENARSA). Las exportaciones de gas descendieron en 35% en enero 2009 comparativamente a enero 2008. Bolivia tiene desde hace meses la producción estancada en 40 millones de metros cúbicos diarios de gas, un horizonte que era insuficiente para abastecer los 32 millones que requería  Brasil, los 7,7 de Argentina y  los seis millones de demanda interna. Pero Lula y los Kirchner han dejado en fuera de juego al triángulo de las Bermudas boliviano: la caída de la demanda de gas natural bajó la producción en un tercio. Brasil está consumiendo 20 millones de metros cúbicos por día (MCD), Argentina subió a 6 millones y el mercado está con un promedio diario de 6 millones. Con lo cual la suma da 32 millones, la producción no sobrepasa ese volumen, pero los ingresos tampoco, en un presupuesto pensado para sostenerse solo con un suelo del crudo a 73 dólares. Lula da Silva promete no prescindir a corto plazo del gas boliviano y cumplir con los acuerdos vigentes hasta 2019, pero “no dependerá más del humor de nadie”. Con cada ladrillo de autonomía, Brasilia levanta el muro del aislamiento energético boliviano. La terminal de GNL de Río de Janeiro tiene capacidad para procesar 14 millones de metros cúbicos diarios de gas. Lula inauguró en el 2008 una terminal de GNL en el estado de Ceará (noreste), con capacidad para 7 millones de metros cúbicos diarios de gas natural. Otra terminal será concluida entre el 2012 y el 2013. Y Petrobras, en busca de una mayor autonomía gasífera para Brasil, ha acelerado sus proyectos de producción en la cuenca de Santos.

Bolivia insiste en sentarse a una mesa que le queda grande, con el traje prestado de superpotencia del gas latinoamericano, inasequible al barómetro de la producción en caída libre desde que inició la nacionalización de los hidrocarburos. Pero Evo Morales tendrá que devolver a la ‘chistera’ su ‘Plan 100’, un ensueño con el que esperaba nada menos que duplicar en cuatro años sus actuales reservas de gas. Este año se importará por primera vez en la historia del país gasolina, además de más volúmenes de diesel y posiblemente GLP.

La maldición energética se teje a la perfección: el presidente quiere pasarle la factura a las multinacionales por un modelo fallido al que da cuerda a pesar de los nulos resultados del intervencionismo: escasez, desabastecimiento dentro y fuera de sus fronteras y precios que crecen más allá de las promesas gubernamentales. Pero no hace más que reincentivar el consumo y desalentar la inversión. Asfixia al Estado- que no gana para subsidios- y nunca alcanza las expectativas de los consumidores. A fines de 2005, la venta de hidrocarburos, interna y de exportación, eran en Bolivia 1.500 millones de dólares anuales, y sólo 300 quedaba al Estado. Hoy, con la nacionalización, supera los  2.000 millones de dólares para el Estado. Pero la realidad es que no hubo modernización del sector eléctrico ni del gas y que ni YPFB cuenta con la logística necesaria para la distribución del GLP.

FACTURAS A LAS MULTINACIONALES

En el laberinto de sus miserias, el crudo bebe de las zozobras del gas y de las propias. No es la Cámara Boliviana de Hidrocarburos la única que advierte que los recelos de las multinacionales y la sequía inversora de la estatal YPFB paralizan el sector: en 2008 sólo se perforaron cuatro pozos de petróleo- dos de ellos, por cierto, en manos de Petrobras y la argentina Pluspetrol-, mientras que Colombia perforaba 82, Perú 153, o Argentina 1.105. El cielo de los 1.266 millones de dólares de inversión prometido por el Palacio Quemado ha quedado en 300. Desde 2008 la materia prima para las refinerías ha ido disminuyendo. La capacidad de producción de las plantas va a menos y la producción de gas también disminuye y afecta a todo. En 2008 llegó a 49 mil barriles por día y en este momento se tienen menos de 40 mil barriles por día. Y el sector petrolero ha terminado por contribuir el año pasado al PIB con un 3,8%, frente al 30% que representaba hace tan sólo cuatro años.

Bolivia entona el himno de la dependencia. Amistosa, con Venezuela y Argentina. Forzosa, con las multinacionales. Olvida que invirtieron más de 4.600 millones de dólares en la búsqueda de hidrocarburos y lograron multiplicar por nueve las reservas conocidas, lo que convirtió al país en el segundo productor de gas del continente. Pero hoy las multinacionales, ante la inseguridad jurídica, la merma de los beneficios y el incremento del riesgo de la tasa de retorno, han procurado estancar las inversiones en niveles mínimos para sostener la producción, a pesar de las presiones de Morales, que ha renegociado los contratos con el manta del chantaje y las inversiones forzosas por bandera. La ecuación parece sencilla, tal como la ha venido aplicando el presidente del jersey a rayas, que desde el 1 de mayo de 2006 no dudó en acusar de acaparamiento y gestión fraudulenta a las multinacionales.

Brufau lo sabe bien. En su momento, La Paz selló con Repsol YPF un compromiso con la petrolera Andina -responsable del 40% del gas natural- como alianza dorada. Pero Morales quiere más que un vínculo que deja sólo en manos de la española un 48,92% del paquete accionarial; obliga a Brufau a compartir la gestión con los enviados de Palacio, a entregar el timón y conformarse con dos consejeros de siete. Repsol está condenado a vestir los ensueños de Morales en su triple condición: como socio forzoso del Estado, como inversor a la fuerza con 900 millones de dólares para el Plan 100, como productora en los megacampos de Margarita  y Huacaya y como puente de emergencia a las necesidades gasistas de Argentina y Brasil. Repsol ha sido durante dos años el aliado paciente, capaz de aguantar denuncias, subidas impositivas y amenazas. Acepta su rol de socia minoritaria, pero -aviso para navegantes- exige al Estado que, lejos de los tics de YPFB, se enfunde su traje de accionista mayoritario para que la compañía continúe operando, reinvirtiendo y distribuyendo las ganancias. El ‘matrimonio’, de conveniencia y con el juez de guardia, puede acabar en divorcio si a la petrolera le estrecha más el cerco.

LA MINERÍA, TRAS LOS PASOS DEL GAS

La amenaza de ultimátum para iniciar la explotación de hierro en el Mutún  y las protestas en la frontera de Brasil- recuerdan que sólo los precios internacionales y dos proyectos privados de plata en Potosí previos a la llegada de Morales al gobierno  -San Cristóbal y San Bartolomé- han sostenido la inercia inversora en la minería. Ya existe un contrato de riesgo compartido con la estatal coreana Kores para producir cobre en Coro Coro, en el departamento de La Paz; la canadiense Apogee Minerals pretende duplicar la explotación de plata, plomo y zinc en Pulacayo, en Potosí, y en ese departamento también se encuentra la mina de plata y zinc San Vicente. Pero Bolivia sostiene inexpugnables al interés ajeno el litio del Salar de Uyuni, en Potosí.

Morales, sentado en la mayor reserva mundial de litio, busca sitio en la guerra global, pero el presidente boliviano se ahoga con la cabeza en el bolsillo y la voluntad en el corazón. Por ahora, el Gobierno habla de  mantener a raya a los extranjeros. No se rinde ante ninguna propuesta que no pase por la obligación de industrializar el litio en el país. Reedita la coreografía del gas que bailó con las multinacionales. Reparte papeles para un nuevo ‘cuento de la lechera’ en el que espera obtener más de 500.000 millones de dólares de las reservas metálicas finas de los 10.000 kilómetros cuadrados del mar de sal de Uyuni. Pero como mucho, hace ondear a los ojos de los japoneses y los franceses la posibilidad de ser socios minoritarios, o simplemente los clientes de una industria que se imagina con apellidos sólo locales.

Para aumentar la presión, grupos indígenas en esta zona remota del desierto salino donde yace el mineral están empujando para tener una parte del botín final. La nueva Constitución que Morales logró que se aprobara fácilmente el mes pasado reafirma esos reclamos. Una de sus disposiciones les da a los indígenas el control de los recursos naturales en su territorio, fortaleciendo su capacidad para obtener concesiones de las autoridades y compañías privadas o, incluso, bloquear las operaciones mineras. Bolivia camina de espaldas a las transnacionales FUTE y  FMC Lithium Corporation, con tecnología para convertir el litio en metálico. Hasta ahora, Comibol, el organismo estatal que supervisa la minería boliviana, sólo ha podido invertir cerca de seis millones de dólares en una pequeña planta cerca del pueblo de Río Grande, a orillas del Salar de Uyuni, donde espera empezar el primer esfuerzo a escala industrial para extraer litio. Un camino que necesita primero llegar a la salmuera o agua saturada de sal a gran profundidad, bajo el desierto salino, donde se evapora de las pozas para dejar al descubierto el mineral. Para Morales, el iceberg de sus glorias puede ser el hielo de sus debilidades. No será la primera vez: una de las grandes empresas del litio se mudó a Argentina luego del fiasco boliviano de 1990 y la otra está en Chile, en el salar de Atacama.

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