edición: 3025 , Viernes, 7 agosto 2020
10/07/2010

Moratinos, la UE y EEUU dan una nueva oportunidad a Cuba de mostrar la evolución del régimen

Pedro González
Premisa mayor: Cuba es una dictadura férrea y anquilosada, en la que las proclamas revolucionarias de la primera hora han devenido en un feudalismo totalitario encarnado por la dinastía Castro.

Premisa menor: Tanto los Castro como la nomenklatura que los rodea y sostiene precisan una salida pactada de su régimen de hierro, que preserve buena parte de su poder, también de su fortuna, y olvide, o al menos deje de lado, el desprecio por los derechos humanos exhibido por el castrismo desde 1959.

Tercera premisa: Un ministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, cree que el acorralamiento internacional del régimen cubano sin dejarle salidas solo contribuirá a un mayor endurecimiento y al riesgo consiguiente de su liquidación violenta.

Conclusión: El ministro termina por imponerse al escepticismo de la práctica totalidad de la Unión Europea, a las dudas crecientes en el seno de su propio gobierno, Zapatero incluido, y al desencanto de la Administración Obama, que no había recibido contrapartida alguna a su nueva política de mano tendida hacia la antigua Perla de las Antillas. Moratinos logra que los Castro liberen y manden a España a algunos de los presos políticos cubanos; la promesa de que hasta un total de 52 dejarán la cárcel en las próximas semanas, y en fin un aplazamiento de tres meses por parte de la Unión Europea antes de ratificar definitivamente su política de posición común, establecida a instancias de Aznar en 1996, o de modificarla por una colaboración más activa con La Habana.

Todos salen ganando con el acuerdo: Moratinos, porque demuestra que su empeño ha hecho mover ficha a los Castro; la Iglesia Católica, porque fue la primera en facilitar las marchas de las Damas de Blanco, la liberación de algunos presos y el acercamiento de otros a los lugares de residencia de sus penalizadas familias; Obama y Hillary Clinton, porque exhiben a los votantes propios y ajenos que es posible otra política con Cuba que no sea exclusivamente la de la mano dura, y la Unión Europea, porque tanto a través de las empresas españolas como de las francesas e italianas, especialmente, puede seguir posicionándose para el inevitable  postcastrismo. Y también, y por supuesto, saca ventajas el mismo presidente Raúl Castro, que obtiene así oxígeno para las reformas económicas y los duros ajustes sociolaborales que va a imponer de inmediato a los doce millones de habitantes de la isla, a la vista del penoso estado de postración en que se encuentra la economía cubana.

Es muy raro que una dictadura se autoliquide por las buenas; el Chile de Pinochet fue una excepción. También lo es que un exceso de presión exterior no desemboque en una bunkerización del régimen de que se trate. Pero, como también se ha demostrado históricamente, hasta las dictaduras más sanguinarias tienen su final. Igualmente, que es prácticamente imposible que una dictadura sobreviva a su fundador. Aunque Fidel siga resistiéndose a marcharse con  la Parca, a su hermano menor no le quedará más remedio que ir preparando el terreno para el cambio de modelo. De lo que no puede quejarse es de cómo se lo están facilitando tanto los líderes como las instituciones antes mencionados. A Raúl Castro le corresponde ahora demostrar que ha aprendido algo.

RUSIA Y ESTADOS UNIDOS INTERCAMBIAN ESPÍAS PARA SALVAR EL PACTO DE DESARME

Parecía un episodio de la Guerra Fría. Los ciudadanos norteamericanos no se acababan de creer que diez de sus vecinos, de comportamiento y actitudes impecablemente yanquis, eran espías de Rusia, encargados de integrarse en su sociedad y de facilitar a Moscú toda la información clasificada que pudieran. Entre ellos, una atractiva pelirroja, de nombre americanizado Anna Chapman,  con sugerente perfil en Facebook y con toda la prensa amarilla y la televisión-basura pisándole los talones con suculentas ofertas.
 
El FBI, que investigaba a estos ciudadanos desde hacía más de un lustro, apenas ha filtrado las verdaderas actividades a las que se dedicaban, conforme a la consigna que parece haber emanado de la mismísima Casa Blanca de que este episodio no enturbie las relaciones con Rusia, y sobre todo que no estropee el nuevo tratado de desarme nuclear, suscrito tras laboriosas negociaciones por los presidentes Obama y Medvedev.
 
Un juicio rápido ante un juez de Nueva York, en el que precisamente no se incluyó el espionaje entre los cargos que se les imputaban, facilitó el acuerdo de intercambiar con Moscú estos espías por otros en poder de Rusia, en especial el científico Igor Sutyaguin, condenado a 15 años de reclusión por haber trabajado para la CIA. Otros prominentes espías rusos, canjeados por los descubiertos en Estados Unidos, son el teniente coronel  Sergei Skripal, el capitán Aleksandr Zaporozhski, y el agente civil Aleksandr Sypach. Los dos primeros facilitaban documentos secretos al espionaje británico, mientras que el último se los entregaba a la CIA.
 
Así, pues, entre el momento de dar a conocer a la opinión pública la existencia de la red de espionaje ruso en Estados Unidos y la consumación de la operación de canje, apenas ha transcurrido una semana. Perdido el contexto y el misterio de la Guerra Fría, el culebrón no ha dado más de sí. Tan solo ha significado el fin de una vida bastante confortable y aparentemente anónima en Estados Unidos de diez espías (uno más está huido), mientras que otros espías vigilados o presos en Rusia conocerán in situ las mieles del país al que sirvieron, Reino Unido o Estados Unidos.

SARKOZY LOGRA DESMARCARSE DEL ESCÁNDALO L´OREAL

Desde principios de semana el palacio del Elíseo hervía por la cólera del presidente Nicolas Sarkozy. Lo que se había iniciado como un affaire de la prensa rosa se había transformado en un asunto de Estado, cuya ola llegaba hasta la misma Presidencia de la República Francesa. Liliane Bettencourt, la mujer más rica de Francia y una de las mayores fortunas del mundo, principal accionista del imperio cosmético L´Oreal, ocupaba las páginas de los tabloides por las acusaciones de su hija de estar transfiriendo buena parte de los 16.000 millones de euros de su patrimonio a un joven fotógrafo que la atiende y la distrae.

Sin embargo, el escándalo subió peldaños en la consideración político-social cuando Claire Thibout, la ex contable de la anciana Liliane Bettencourt, lanzó imputaciones directas contra la clase política francesa, incluido Sarkozy. Según sus declaraciones, tanto Liliane como su fallecido esposo, André Bettencourt, recibían regularmente en su mansión a políticos de todos los colores, al final de cuyas visitas se iban con sobres en cuyo interior había cantidades en efectivo de entre 50.000 y 100.000 euros. La lista es prácticamente el Gotha de la política francesa: Pierre Messmer, Claude Pompidou, François Leotard, Gerard Longuet, Jacques Chirac, Edouard Balladur, Bernard Kouchner, Danielle Mitterrand, Eric Woerth, Nicolas Sarkozy… El penúltimo es el actual ministro de Trabajo, y uno de los apoyos más sólidos del propio Sarkozy. Su situación es tanto más grave cuanto que también fue ministro de Economía y Finanzas entre 2007 y 2010, fecha en la que su propia esposa, Florence Woerth (en Francia las mujeres toman el apellido de sus maridos) era la gestora de los activos financieros de la accionista principal de L´Oreal, y la encargada por lo tanto de manejar las cuentas secretas que Liliane Bettencourt tenía en Suiza.
 
A la vista del escándalo, la susodicha ex contable, Claire Thibout, matizó el jueves sus explosivas declaraciones de la víspera, declarando que “Yo nunca he dicho que se entregaran regularmente sobres [con dinero] al señor Sarkozy”. Aunque este desmentido parcial provocó cierto alivio en el Elíseo, siguen sin disiparse tanto las dudas acerca de si alguna vez recibió sobres –la señora Thibout puso el adverbio “regularmente”, pero no dijo que nunca los recibiera, siquiera ocasionalmente-, mientras que no se ha retractado un ápice respecto de las acusaciones lanzadas al resto de la clase política, donde derecha, izquierda y centro, todos hacían cola para recibir su propina, emulando aquella expresión castiza española relativa a ciertos periodistas taurinos, denominados “sobre-cogedores”, que solían hacer cola por el mismo motivo ante los apoderados de ciertas figuras pasadas de la tauromaquia.

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