edición: 2469 , Viernes, 18 mayo 2018
20/07/2011

Murdoch arrastra en su caída a prensa, políticos y policías

Pedro González
Algo olía a podrido en Gran Bretaña. Los efluvios partían del cuartel general de News Corporation, sede del imperio mediático de Rupert Murdoch, mucho más que el cuarto poder, status que se atribuía a la prensa en épocas donde la división de poderes era más nítida. Destapada la olla, la pestilencia de los escándalos urdidos por los dirigentes al servicio del magnate amenaza con llevarse por delante lo que quedaba del  prestigio de determinadas instituciones.

Es la crisis de las tres “pes”: prensa, políticos y policías, una vez que ha quedado al descubierto la mutua imbricación de los tres estamentos. De los políticos hacía ya bastante tiempo que los británicos –como los de muchas otras latitudes- pensaban que causaban más problemas de los que resolvían. De los policías tenían fundadas sospechas de su debilidad para aceptar sobornos. De la prensa, sin embargo, aún opinaban que era el último dique contra el abuso de poder, aferrándose a la máxima de Thomas Jefferson: “Prefiero una democracia sin Gobierno que sin periódicos”.

Rupert Murdoch publicaba el domingo en todos sus medios una carta abierta pidiendo perdón por los escándalos. Las encuestas de urgencia señalan que no le cree prácticamente nadie. Sus peones, comenzando por la que fuera su mano derecha, Rebeka Brooks, no hubieran utilizado sin su permiso la extorsión pura dura ni el chantaje permanente a cualquiera que no se aviniera a sus manejos.

El magnate australiano, ciudadano americano desde 1985, descubrió desde 1969 el punto débil de la política británica: las lower classes, el grueso de desfavorecidos que no tienen nada en común –ni siquiera el idioma inglés que hablan- con las upper classes de Londres ni con la aristocracia rural. Resultó ganadora entonces su apuesta por los tabloides, que puso al servicio de los partidos y sucesivos gobiernos, que comprobaron que solo podían ganar elecciones si gozaban del favor de panfletos como el News of the World o The Sun.

Uno tras otro, los primeros ministros fueron cayendo sucesivamente en las redes de Murdoch: Apoyó decididamente a Margaret Thatcher a cambio de que ésta laminara a los sindicatos, incluidos por supuesto los de prensa, que ya se rebelaban contra los enjuagues del magnate. Apostó decididamente por Tony Blair, a quién conminó resistiera por todos los medios a la tentación de que el Reino Unido adoptara el euro. Cuando el líder laborista abandonó Downing Street, Murdoch se apresuró a ofrecerle una consejería en su grupo con una remuneración de siete ceros (en libras esterlinas), en pago quizá por haberle permitido irrumpir en el mercado de la televisión.

En cuanto al actual primer ministro y líder conservador, David Cameron, lo menos que se puede decir es que le comía literalmente en la mano. No solo le impuso a su director de Comunicación, Andy Coulson, ahora en puertas de ser procesado, sino que también estaba dispuesto a permitirle la adquisición de la casi totalidad de las acciones de la plataforma televisiva Bskyb, la que al poseer actualmente los derechos del fútbol, hubiera hecho de Murdoch un personaje aún más poderoso que lo que evidencia su actual fortuna, la 117ª del mundo según Forbes. Nada menos que 24 encuentros Cameron-Murdoch en los primeros 15 meses de mandato del líder conservador, muchos de ellos a bordo de su yate, obligan a pensar que hablaban de muchas más cosas que de la caza del zorro.

A quién no se avino a sus chantajes, como el sucesor de Blair, Gordon Brown, lo destrozó literalmente. No solo ocultó sus virtudes y magnificó sus defectos como político sino que tampoco tuvo empacho en asediar su vida privada, aireando especialmente el drama que él mismo y su esposa Sarah vivían con su hijo menor, aquejado de fibrosis quística desde su nacimiento. Brown, cuyo libro de memorias apenas logró ventas de unos centenares de ejemplares, frente a los muchos millones (de libros y de libras) que logró el de Blair, fue el primer político en atreverse a denunciar la connivencia de los ejecutivos de Murdoch con mafiosos para obtener informaciones personales e íntimas.

La falta de escrúpulos en su manera de concebir la gestión de sus medios de comunicación le hizo traspasar todos los límites: pinchó el teléfono de Milly Dowler, la niña secuestrada y asesinada en 2002; los mensajes de su buzón de voz fueron borrados por un detective privado al servicio de News of the World, de forma que la familia concibió falsas esperanzas de que estuviera viva. Asimismo, sobornó a policías de élite para que se saltaran las reglas de seguridad en los viajes de la reina Isabel II, que sufrió inquietantes acosos en sus viajes a Australia y Canadá.

Este tinglado de manipulación, sensacionalismo y extorsión se ha venido abajo, gracias en buena parte al minucioso trabajo de investigación de otro diario, The Guardian, antítesis de los métodos de Murdoch. A este también le investiga ya el FBI americano, que sospecha que tales métodos y enjuagues puede haberlos trasladado también a Estados Unidos. Allí, tras comprar la 20th Century Fox, Murdoch erigió a la cadena Fox News en la gran portavoz del ala derecha del Partido Republicano, azote de todas las políticas reformistas de Barack Obama.

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