edición: 2493 , Jueves, 21 junio 2018
27/10/2011

Ni Dilma ni Cristina acuden a una devaluada cumbre iberoamericana

Pedro González
Es tentador comparar las cumbres de las Américas y las iberoamericanas. En las primeras, con un diseño y horario milimetrados, participa y se convierte en eje de las reuniones el presidente de Estados Unidos, que suele aprovechar la cita para demostrar que el continente sigue siendo su patio trasero. Ningún jefe de Estado americano se atreve a ausentarse de ellas, a menos que exista un enfrentamiento ostensible con el coloso del norte. El líder norteamericano reparte palmadas y felicitaciones, esboza promesas genéricas y suele exigir “gestos” a Cuba si quiere el levantamiento del embargo, que por vigésima vez acaba de ser condenado por la asamblea general de la ONU, con los únicos votos en contra de Estados Unidos e Israel.

Por su parte, las cumbres iberoamericanas tienen un mayor aire de familia. Son más informales, el horario previsto de las reuniones es meramente orientativo y las pláticas alternan los cara a cara y los corros multilaterales. Hay más recomendaciones que resoluciones, fiando su cumplimiento más a la buena voluntad de cada líder en su propio país que a la contrapartida de algún tipo de sanción.

Aunque se celebren cada vez en el país que quiera organizarlo, este foro, financiado en su mayor parte por España, que también alberga y mantiene la mayor parte de los costes de su secretaría general, es sin embargo una gran ocasión para que el Rey y el presidente del Gobierno de España se encuentren a solas con los máximos dirigentes iberoamericanos, y planteen y discutan proyectos comunes en todo tipo de sectores. La presencia de grandes empresas españolas en los 22 países que componen la familia iberoamericana, cuya cuenta de resultados depende en gran parte de su implantación en América Latina, encuentra así el respaldo político que exigen su apuesta y sus cuantiosas inversiones.

Sin embargo, del entusiasmo y de la asistencia masiva de los máximos líderes en las primeras citas se ha pasado a que tales encuentros registren cada vez más ausencias notables. En la XXI cumbre que se celebra en Asunción, aunque todos los gobiernos estén representados, no estarán las dos grandes estrellas actuales del firmamento político latinoamericano: la brasileña Dilma Rousseff y la argentina Cristina Kirchner, esta última recién consagrada como la presidente más votada desde la reinstauración de la democracia. Argüir, como en el caso de la sucesora de Lula da Silva, que tiene “una agenda internacional muy cargada” es un pretexto endeble, a menos que la fina diplomacia brasileña quiera dejar patente que en esa agenda internacional esta cumbre le resulta un acontecimiento de mucha menor cuantía.

Como ya viene siendo habitual, el cubano Raúl Castro y el venezolano Hugo Chávez tampoco acudirán. Bien es verdad que el caudillo bolivariano está bajo los efectos del tratamiento de su cáncer. El médico que se atrevió a anunciar la gravedad del mismo se ha visto obligado a exiliarse de Caracas ante las amenazas que han empezado a lloverle desde entonces. Tampoco parece probable que acuda el nicaragüense Daniel Ortega, en plena campaña electoral para un tercer mandato consecutivo, algo prohibido por la Constitución de su país, pero de lo que el líder sandinista hace caso omiso, apoyado por un dictamen emitido por jueces a su servicio. Del eje bolivariano solo se desmarcará al parecer el presidente ecuatoriano.

Tampoco acudirán los presidentes de El Salvador, Mauricio Funes, y  de Costa Rica, Laura Chinchilla, lo mismo que el uruguayo José Mujica, el último por ahora en desmarcarse. No tendrá, pues, ocasión José Luis Rodriguez Zapatero de interpelar al jefe del ejecutivo salvadoreño acerca de la reiterada negativa de la Justicia de su país a extraditar a los presuntos asesinos de los jesuitas de la Universidad Centroamericana hace ahora veinte años. Y es dudosa incluso la presencia del presidente colombiano, Juan Manuel Santos, que sigue buscando el final del terrorismo de las FARC con métodos diferentes a los de su antecesor, Álvaro Uribe, mientras se le sublevan los estudiantes, al igual que en Chile, en reclamación de una enseñanza universitaria generalizada y gratuita, algo que tanto en Bogotá como en Santiago se anuncia como imposible de mantener.

España, y sobre todo Portugal, acuden a esta cumbre mucho más debilitadas que a la que hace apenas un año se celebró en Mar del Plata, por cierto la primera a la que no asistió el presidente de un Gobierno español. Contrasta su situación de ambos países de la orilla europea con la de Iberoamérica, que en conjunto ha acumulado unas reservas de 700.000 millones de dólares. “Nunca vieron tanta plata junta”, decía Enrique V. Iglesias, el secretario general iberoamericano, el mismo que reclama que Europa se coordine más y mejor con Estados Unidos, y que ambos ayuden a la consolidación política y económica de América Latina. Transformación del Estado y desarrollo es precisamente el tema central de esta cumbre de Paraguay. Nunca como ahora las cifras macroeconómicas del continente han sido tan favorables, aunque con el talón de Aquiles de que esa prosperidad no ha llegado con la misma intensidad a todas las capas de la sociedad. Es el momento, pues, de abordar esa transformación del Estado, para cuya solidez es necesaria, entre otras cosas, una verdadera y transparente fiscalidad, una costumbre que urge institucionalizar.

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