edición: 2348 , Martes, 21 noviembre 2017
10/11/2011

North Stream se convierte en el símbolo de la cooperación entre Rusia y la Unión Europea

Pedro González
Alemania no pasará frío aunque Ucrania decida llevar sus disputas con Rusia por el precio del gas hasta el extremo de apropiarse del que pasa por su territorio camino de la Europa Central. Es la primera consecuencia de la puesta en marcha del gasoducto ruso-germano, cuyo gas llegará hasta Alemania directamente desde la región de San Petersburgo, sin pasar por Polonia ni por Estonia, Letonia y Lituania, cuatro países  de la UE pero también los más firmes aliados de Estados Unidos. Washington no ha visto nunca con buenos ojos un excesivo acercamiento entre la Unión Europea y una Rusia de la que desconfía no recaiga en sus viejas tentaciones imperiales.

El gas se convierte así en un elemento estratégico de primer orden y acrecienta la interdependencia ruso-europea. Rusia, primer productor mundial de petróleo y dueño del 25% de las reservas de gas del planeta, las segundas tras Irán, puede intercambiar sus materias primas por la tecnología de los grandes de la UE, constituyendo un polo de poder extraordinario ante los retos de las próximas décadas.

El proyecto North Stream fue lanzado en 1997 y la construcción de este gasoducto de 1.224 kilómetros de longitud, que discurre por el lecho del mar, se acometió en 2010. Esta “autopista del gas”, como se la ha bautizado popularmente, tendrá un segundo tubo, que entrará en servicio en 2012. Por ambos carriles discurrirán 55.000 millones de metros cúbicos de gas, suficientes para cubrir las necesidades de 26 millones de hogares. El coste total de la mayor infraestructura europea en curso, según palabras de Angela Merkel, se eleva a 7.400 millones de euros, financiados en un 70% por una veintena de bancos.

El consorcio North Stream AG, dueño de la obra, está presidido por el ex canciller alemán Gerhard Schröder, aunque la mayoría accionarial está en poder de la rusa Gazprom, que ostenta el 51%. Las alemanas E.ON y BASF tienen un 15,5% cada una, mientras que la francesa GDF Suez y la holandesa Gasunie se conforman con el 9% cada una. No deja de ser una ironía que el domicilio del consorcio esté radicado en el paraíso fiscal de Zoug, en Suiza.

Aunque desde el Kremlin se insiste en el carácter meramente empresarial de Gazprom, el gigante energético ruso es percibido en Europa como una importante arma político-económica de Moscú. Tanto el presidente Medvedev como el primer ministro Putin no tienen empacho en intervenir  en las negociaciones que Gazprom realiza con sus potenciales clientes, e incluso de terciar cuando algún competidor intenta desmarcarse de la estrategia energética de Rusia. Así, por ejemplo, cuando advierte a Turkmenistán de que no le gusta que intente diversificar sus propias exportaciones de gas, ni de que ose abastecer directamente a China o Europa sin pasar por los gasoductos rusos.

Gazprom no acaba de concluir tampoco un importante contrato con Pekín, con quién lleva negociando casi un lustro. Se trataría de abastecer a China durante 30 años, a razón de 68.000 millones de metros cúbicos anuales. Las diferencias con la China National Petroleum Company (CNPC) son fundamentalmente de precio: los chinos quieren pagar el gas ruso un 30% más barato que los europeos, pretensión que Putin ha cortado en seco: “No tenemos razón alguna para subvencionar a la economía china, que dispone de las mayores reservas de divisas del planeta”, argüía el primer ministro ruso.

En todo caso, Moscú piensa que la recuperación de su papel como primer actor en el concierto internacional pasa mucho más por el partido que sepa sacar a sus materias primas que por dotarse de un hipotético poder militar carísimo de instaurar y mantener. Y Gazprom es una pieza esencial en ese complejo. El gigante gasístico ruso quiere ir más lejos que limitarse a ser un mero suministrador. Para ello negocia con la también alemana RWE un acuerdo estratégico que le permita hacerse con un 10% al menos de las centrales de gas y carbón de la eléctrica germana. Su aspiración inmediata es convertirse en productor de electricidad no solo en Alemania sino también en el Reino Unido y en Holanda, como pasos previos para su incursión en otros países europeos.

La inauguración del gasoducto sirvió para que Merkel, Putin y Fillon insistieran en la fuerte intensificación de las relaciones de cooperación que este símbolo significa. “Nadie hace la guerra a su principal suministrador”, aseguraba el entorno de la canciller, despejando las dudas respecto de las diferencias que en otras cuestiones separan a rusos y europeos. Un acercamiento que polacos y bálticos contemplan con la desconfianza propia de quienes acabaron sufriendo gravemente las consecuencias del antiguo pacto germano-soviético. Una realidad que priva a Ucrania de su capacidad de chantaje ante la llegada del “General Invierno”. Aunque todavía no ha arrancado, el proyecto South Stream tampoco pasará por su territorio. Gestos que deben hacer recapacitar a Kiev si no quiere quedarse al margen de la nueva política de acercamiento ruso-europea. 

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