edición: 2861 , Jueves, 5 diciembre 2019
20/06/2019

Nostalgia congénita

Días de encarnizadas escaramuzas políticas, degollina pura, por los pactos de la sangre o la sangre de los pactos. Exhibición de batiburrillo e insólitos movimientos que pretenden ser singulares argamasas, espurios compañeros para pretendidas misiones políticas que no terminan de cuajar. Es el pacto un indeseable cortejo donde se sustancian los más precarios y bajos sentimientos para cobrarse la pieza a cualquier precio. La suma de desencantos nos conduce a seguir como ovejas al redil del pacto, situación que provoca desconfianza general.

La desconfianza produce las dudas y el país se sumerge en una ola de precariedad laboral, de limitación intelectual. Todo parece frágil y nada es cierto. Asombra que la natalidad caiga en picado y que ésta vaya a ser un problema capital para el futuro. Es muy difícil multiplicarse en medio de tanta sospecha. La procreación necesita certeza y tranquilidad, no precariedad laboral y salarial: así no hay quien engendre nada bueno.

Baja natalidad como consecuencia de la precariedad, a su vez, muestra de debilidad de un país. Los del pacto deberían ocuparse de estas cosas mundanas. Quizá estén entretenidos en los tripartitos, por supuesto, de los buenos, es decir, de izquierdas, porque al parecer los de derechas son pringosos, asquerosos y malhadados. Veremos. Mientras tanto, un tío, un archimillonario, lanza su moneda: la Libra, como la esterlina pero virtual, invisible, incolora e insípida.

El precursor monetarista tiene demandas, multas, juicios pendientes, reclamaciones con sus sentencias firmes y todo, en fin, un tío que no es de fiar viene y nos ofrece su moneda, luego de nuevo hay que dudar. Se duda de todo y de la misma sombra. El último en dudar es uno de esos que llaman supervisores del dinero, empeñado en que las cotizadas de Bolsa que le envían cartas y comunicaciones, sean claras, concisas y sobre todo, leales en todo cuanto dicen. No es extraño solicitar lealtad en estos tiempos, sino que resulta incomprensible que alguien esté dispuesto a serlo. Por eso me gustaría regresar a los tiempos del motocarro: no había dudas y no era necesario pedir lealtad.

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