edición: 2284 , Viernes, 18 agosto 2017
18/02/2010

Obama no se queda atrás y abraza el credo nuclear

Pedro González
A 54.500 millones de dólares asciende la partida destinada a garantías estatales para la construcción de nuevas centrales  nucleares, según el presupuesto de la Administración Obama para 2011. El presidente norteamericano ya ha reservado 8.330 millones de ese capítulo para la instalación de dos reactores adicionales en la central de Vogtle en el estado de Georgia. Es un punto de inflexión que acaba con la moratoria nuclear de tres décadas impuesta en Estados Unidos a raíz del accidente de la central de Three Miles Island. Al efectuar su anuncio, Barack Obama ha retorcido los tradicionales argumentos, de forma que este nuevo impulso a la energía nuclear se fundamenta en el combate contra el cambio climático, sobre la base de que las centrales no emiten los gases contaminantes que causan el efecto invernadero.

Como en algunos otros frentes, el actual inquilino demócrata de la Casa Blanca retoma las posiciones de sus adversarios republicanos, aunque haya que reconocerle una habilidad dialéctica de la que carecían los dirigentes que rodeaban a George W. Bush. A este respecto, Obama intenta suavizar las críticas, cuando no el puro y duro negacionismo republicano, respecto del cambio climático, de forma que acepten la progresiva implantación masiva de las energías renovables y apoyen desterrar las más contaminantes, en especial el carbón.

La decisión de Obama viene a dar la razón a los países que más han apostado por la energía nuclear en el mundo manteniendo e incluso acrecentando las inversiones, es decir Francia y Japón, así como a los que han decidido adherirse a esta forma de obtención de energía. Cabe recordar que actualmente ascienden a 56 los reactores nucleares en construcción. El continente asiático es el que marcha en cabeza merced a los 21 reactores que está instalando China, junto a los seis de Corea y los  cinco de India. No entran en este cómputo los posibles reactores de Irán, cuestión tanto más controvertida cuanto que el destino de sus 3.000 centrifugadoras actuales –Teherán ha previsto instalar 7.000- no se sabe aún a qué porcentajes enriquecerá su uranio, si para el mero uso de aprovisionamiento o para sospechosos fines militares.

En principio la estrategia nuclear de la Casa Blanca tiende a que los nuevos reactores se instalen junto a los ya existentes en las actuales centrales; por cierto una posibilidad contemplada por el gobierno de Rodríguez Zapatero, para impulsar la producción de este tipo de energía sin abrir otro frente en el crispado debate nacional. Obama también ha ofrecido argumentos sensibles para justificar el cambio de opinión: creación de nuevos empleos e independencia energética. Si el primero es más relativo, el segundo es de aceptación general, ya que el suministro de petróleo se está convirtiendo en una cuestión sujeta cada vez más a volatilidad, derivada de factores como la meteórica conquista de mercados de crudo por parte de China, y en menor medida de India, y de la inestabilidad política que sufren buena parte de las regiones productoras.

El presidente Obama irrumpe así en un debate planetario y pone todo su peso del lado de quienes arguyen que es imposible el progreso sin asegurarse el suministro permanente de fuentes energéticas fiables y constantes. Queda no obstante abordar la otra cara del problema, es decir el almacenamiento seguro de unos residuos indestructibles durante cientos o miles de años. Consciente de ello, la propia Administración americana ha empezado a lanzar mensajes relativos a la seguridad de tal almacenaje si se observan las normas científicas precisas y, sobre todo, si no se escatiman recursos en la construcción de los cementerios nucleares. Aún así, se estima que si se suman todos los costes de instalación, producción, mantenimiento y almacenamiento en las mejores condiciones, la energía nuclear seguirá siendo una energía más barata que la petrolífera, la eólica o la solar, al menos mientras los avances tecnológicos no permitan un abaratamiento drástico de las dos últimas.

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