edición: 2616 , Viernes, 14 diciembre 2018
02/11/2010

Obama, pendiente de conocer la amplitud de la derrota demócrata

Pedro González
Salvo que todas las agencias de sondeos se hayan vuelto locas o que suceda un milagro, el presidente Barack Obama experimentará una fuerte derrota en las elecciones de mitad de mandato, en las que se eligen los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 37 de los 100 senadores y un ingente número de cargos que van desde gobernadores hasta representantes estatales y locales. Él mismo no está en ninguno de los carteles electorales, pero sabe perfectamente que el previsible descalabro de los candidatos de su Partido Demócrata habrá que atribuírselo a la gestión realizada en la primera parte de su mandato presidencial.

Es tradición que estos comicios los gane el partido que perdió las presidenciales precedentes. De hecho, solo hay dos excepciones en el último siglo: las de Franklin D. Roosevelt en 1934, cuya promesa de sacar al país de la Gran Depresión, plasmada en el New Deal, mantuvo el entusiasmo popular a su favor, y la de George W. Bush en 2002, cuyo Partido Republicano se hizo también con el dominio de las dos cámaras debido en gran parte a  la emoción suscitada por los atentados del 11-S. Así, aunque el sistema americano es presidencialista, se atempera su poder, obligando al inquilino de la Casa Blanca a revisar sus políticas en base al equilibrio y los contrapesos.

No parece, pues, probable que Obama engrose la escueta lista de tales excepciones. Ha sido seguramente el presidente que mayores esperanzas suscitó desde John F. Kennedy, cimentadas en buena parte en la gran novedad que significaba la llegada de un negro –aunque en realidad sea mulato- a la máxima magistratura del país más poderoso del mundo. Desde Europa tal vez cueste trabajo creer cómo un entusiasta del Estado del Bienestar haya provocado tanto desencanto en Estados Unidos. En América las explicaciones son bastante más sencillas: si la introducción de políticas igualitarias se traduce en una mayor fiscalidad, el ciudadano americano común no acepta esa invasión a su libertad y se rebela hasta el punto de caer en exageraciones como la de considerar que Obama sea un socialista peligroso. Los déficits públicos, el plan de relanzamiento de la economía con aquellos 787.000 millones de dólares, y la extensión de la cobertura sanitaria, se han traducido obviamente en un aumento de impuestos y un incremento considerable de la deuda. Tales consecuencias son las que le han enajenado el favor de importantes segmentos de la sociedad americana, que tampoco observan mejoría alguna en los niveles de desempleo, en torno al 10%, una cifra considerada escandalosa en Estados Unidos.
 
Que Obama se haya recorrido cinco estados en el último fin de semana de campaña; que haya echado mano del carismático Bill Clinton para que en un centenar de mítines agotadores proclamara la bondad del programa demócrata de reformas, y en fin que las elecciones hayan acaparado prácticamente   toda la acción política, demuestra la importancia de lo que se ventila. Como se han encargado de recordar machaconamente los candidatos del movimiento Tea Party, lo que está verdaderamente en juego es el modelo de sociedad, que se dirime entre quienes siguen aferrados al viejo sueño americano de libertad individual a ultranza y poca o nula injerencia del Estado, y quienes estiman que el poder federal debiera intervenir más para garantizar la igualdad.

Un reputado especialista en las instituciones políticas americanas como François Vergniolle de Chantal señala que las dificultades para analizar desde Europa al Tea Party provienen de la visión diferente que tenemos respecto del papel del Estado. Si tanto Estados Unidos como Francia, por ejemplo, defienden la igualdad, lo hacen de manera opuesta. Así, históricamente, en Francia, es la sociedad heredada del Antiguo Régimen, la que es desigual, y es el Estado republicano el que interviene para restablecer la igualdad. Por el contrario, en Estados Unidos prevalece una percepción inversa: la intervención del Estado federal rompería una igualdad que los americanos perciben como un don natural en una sociedad que no ha conocido el feudalismo. Es decir, para los franceses, y por extensión para los europeos, la igualdad es el resultado de una acción política; para los americanos es un atributo social.
 
En todo caso, es innegable que el radicalismo de algunos miembros de movimiento tan heteróclito como el Tea Party ha impregnado al Partido Republicano, que ha virado más a la derecha en temas como el aborto, la sanidad y la jubilación. A la vez, la división y polarización del país se ha hecho más evidente y quedará seguramente mucho más patente a raíz de estas elecciones. Sin embargo, aunque no son pocos los que ven en ello un drama, es síntoma de la vitalidad incuestionable de la sociedad americana. Por lo tanto, si el Tea Party constituye un movimiento que reclama una vuelta a los valores esenciales de la Constitución y sobre los que se cimentó la fundación del país, la contraparte haya que situarla en esa gran mayoría silenciosa que piensa en el carácter irreversible de una sociedad multirracial, y donde no hay desdoro alguno en que el Estado federal intente paliar las humillantes desigualdades que se producen en un país donde no todos triunfan, e incluso donde no siempre se cumple el tópico de la igualdad de oportunidades.

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