edición: 2943 , Miércoles, 8 abril 2020
22/01/2010
Al fin se decide, después de un año, a reformar el sistema financiero

Obama quiere ‘nacionalizar’ la banca mundial

Sacrifica el sector financiero con tasas extraordinarias, socialismo capitalista
Juan José González

Hace justo un año, los mercados de valores recibían al nuevo presidente de EE UU con recortes moderados mientras Wall Street le saludaba con avances, presagio de desconfianza europea y gesto de cortesía financiera de la plaza norteamericana. 222 sesiones de bolsa después, los cerca de 100 millones de inversores de aquel país y los 180 millones de inversores europeos no ocultan su desconfianza y malestar hacia la ‘esperanza Obama’: y también un año después de su llegada al poder, la economía parece seguir en el mismo lugar donde estaba y las incertidumbres tienen un mayor tamaño. Y como la economía esta globalizada, las borrascas que cruzan el Atlántico han terminado por entrar por el oeste de Europa, y lo han hecho con mucha fuerza y de golpe. En su discurso de hace unas horas, Obama ha desvelado que quiere reformar, y a fondo, el sistema financiero mundial, comenzando por la parte que tiene más a mano, Norteamérica, así que, desde ahora en adelante todos los bancos deberán vigilar su tamaño y limitar los riesgos, colaborar con los Gobiernos mediante un aumento de impuestos a su actividad.

Es posible que si el discurso se hubiera producido en algún país de África, los medios de comunicación habrían calificado al dictador como demente o descabellado, mientras que en este caso, los grandes medios justificarán la afrenta de Obama como un capítulo más dentro del signo de los tiempos que corren, que no son los mejores.

El alumno aventajado de Harvard se dispone a aplicar, después de un año al frente del país más poderoso del Mundo, una terapia que ya es conocida en los manuales de esas business schools: el secreto esta en el cambio, en el cambio total. Y se dispone a aplicar la medicina de la intervención en la parte alta del sistema, en la Administración: a través de nuevas normas, la intervención de los Gobiernos en el sistema financiero amenaza con terminar con la base y principios del capitalismo, una suerte de práctica suicida que puede alcanzar en una siguiente oleada al mismo sistema político, a la democracia.

Si al principio de su mandato, los banqueros norteamericanos, las grandes compañías financieras del país, bancos de negocios y aseguradoras de crédito, se frotaban las manos ante la previsible pasividad del nuevo presidente, convencidos de haber sido indultados por el nuevo Gobierno, la nueva andanada de Obama esta a punto de cambiar aquellas primeras sensaciones erróneas y aunque con un año de retraso, el presidente pone ahora en marcha la maquinaria de las reformas; como señalan algunos de los críticos republicanos, ahora o nunca, porque ahora es el momento y porque nunca va a contar con otra oportunidad mejor.

Tras constatar, fehaciente, que bancos y banqueros han vuelto a las andadas –el virus ha mutado- a las operaciones apalancadas con nuevos derivados, y a los bonus, ‘los de Harvard’ han creído conveniente que este era el momento más adecuado para aplicar sacrificios –el virus no ha muerte-. La oportunidad es histórica, y única para formar un sistema financiero sólido y más solidario con los consumidores y con los inversores. El Gobierno de Obama esta obligado a recuperar la confianza de los inversores en un sistema que les ha dejado a las puertas de la ruina a unos, en bancarrota a otros y sin ahorros de muchos a años a un buen número de americanos. Los financieros siguen cobrando sus bonus y los inversores siguen pendientes del Dow Jones, Nasdaq y S&P porque sueñan con la vuelta a las ganancias que se evaporaron hace 18 meses.

Y lo que parece a primera vista una reacción positiva ante los acontecimientos, con rumores de fondo que señalan el peligro de una recaída en la desconfianza, se convierte en un nuevo peligro, en un nuevo escenario: la nueva política de intervención financiera de Obama, a través de normas y tasas al sector financiero, es también, una nueva amenaza para las inversiones exteriores, para la banca europea, para las empresas que tienen sus objetivos fijados en aquel mercado donde ahora se sienten atrapados.

Es posible que en el presente no se establezcan tantas diferencias entre Chávez, Fernández Kischner y Obama, a pesar de las profundas diferencias ideológicas. Al final, todos piensan en la banca para arreglar los problemas que hace un año ya estaban identificados. Este escenario puede ser la antesala de otra gran crisis.

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