edición: 3071 , Miércoles, 21 octubre 2020
22/09/2011

Obama y Erdogan se preparan para una Siria sin Al-Assad

Pedro González
De los muchos encuentros bilaterales que el presidente norteamericano celebra estos días en Nueva York, aprovechando la apertura de la asamblea general anual de Naciones Unidas, uno de los más sustanciosos es el sostenido con el primer ministro turco. Aunque los portavoces de ambos eluden comunicar el máximo posible de detalles, no han podido sustraerse a lo más sustancial, que es el común convencimiento de ambos de que los días del régimen sirio de los Assad están contados.

Su principal preocupación no obstante no radica en la caída del presidente Bashar sino en la posibilidad de que estalle una guerra civil entre las diferentes facciones étnico-religiosas que, peor o mejor, han convivido en el país desde que se liberara de su protectorado francés: alawies, drusos, suníes, chíies y cristianos. Tanto Barack Obama como Recep Tayyip Erdogan parecen coincidir también en que si se alarga demasiado el proceso que acabe con la expulsión de Assad del poder, las posibilidades de ese estallido serán mayores, además de someter a la oposición al régimen a mayores e insostenibles niveles de represión.

Siria goza ya de muy pocos amigos. A las condenas impuestas por Estados Unidos se han sumado las de la Unión Europea, que era hasta ahora el principal receptor de las exportaciones sirias de petróleo, el principal capítulo de ingresos del régimen. China ha hecho saber también que sus intereses en Damasco no compensan ponerse al margen de norteamericanos y europeos, de manera que solo puede contar con Irán como aliado más o menos incondicional.

Pero, la mera existencia del tándem Siria-Irán, en una confrontación abierta frente al resto de estados circundantes, tiene suficiente envergadura como para que Obama y Erdogan teman una inflamación de toda la región si estallara la guerra civil siria. Con la habitual discreción de la Casa Blanca para no criticar abiertamente a sus antecesores, la administración Obama no oculta empero que la experiencia de Irak posterior al derrocamiento de Sadam Husein en Irak fue un desastre, causado principalmente por la falta de un plan detallado sobre cómo manejar las reacciones de las diferentes facciones del país, máxime cuando una de ellas, la comunidad chií, más numerosa e implantada que la suní, había sido dominada y humillada por ésta durante toda la dictadura de Sadam.

Irak no se ha repuesto en absoluto de tal desastre, mientras la coalición internacional, básicamente Estados Unidos, está muy lejos de haber conseguido un modelo de sociedad segura y estable. Antes bien, Irak sigue de alguna forma bajo un régimen de protectorado, con picos de tensión que se acentúan tan pronto como períodos de relativa calma de uno ó dos meses provocan que alguna cancillería se atreva a dar por supuesto que el conflicto está finalizado.

Lo que tanto Obama como Erdogan parecen tener muy claro es que Siria será la cuarta ficha del dominó árabe en caer, si bien a diferencia de Túnez, Egipto y Libia, e incluso Yemen, la desaparición violenta de su régimen tendrá forzosamente consecuencias sobre Irán, Líbano, Jordania e Israel, sin excluir tampoco al atribulado Irak. Los dos líderes también coinciden en la opinión de que Bashar Al-Assad hace tiempo que llegó al punto de no retorno, es decir al que hace imposible que siga en el poder protagonizando las reformas que se le exigieron desde enero mismo de este año. Sus continuos regateos y promesas, saldadas sobre el terreno con actuaciones sangrientas le han convertido en un líder amortizado, que sin embargo continuará peleando por mantenerse en el poder a cualquier precio. Ese posible alargamiento es lo que más teme Obama, ya que contribuiría no solo a un deterioro progresivo de la propia Siria sino también a que cundiera la convicción de que Estados Unidos mueve los hilos para el derrocamiento de un régimen árabe.

Hasta ahora nadie cuestiona que las caídas de Ben Alí, Mubarak y Gadafi han sido fruto fundamentalmente de las revueltas de sus propios pueblos, aunque especialmente en el caso libio no hubiera sido posible sin el decisivo concurso de los bombarderos de la OTAN. Esa imagen preserva la independencia y el orgullo de los pueblos tunecino, egipcio y libio, y evita que se propague la que intentan difundir los islamistas más extremistas, que aluden a intentos de un neocolonialismo occidental. Pero, en el ámbito de los sentimientos colectivos y de los agravios históricos basta apenas un chispazo para que una propaganda hábil teleguíe y manipule un presunto choque de civilizaciones. 

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