edición: 2724 , Viernes, 24 mayo 2019
07/10/2018

Ojo con el automóvil

Llegan de la mano de los nuevos tiempos algunos cambios para el grueso de la ciudadanía en forma de tecnología híbrida, gas comprimido o energía eléctrica convencional destinados a la propulsión en los motores de los tradicionales utilitarios. Y lo hacen, capricho de las coyunturas, acompañados de una subida galopante en los precios de los combustibles también tradicionales, de origen fósil. Suben los precios de la gasolina y de su, por ahora, rezagado precio del gasoil. Sobre el papel todo indica que se trata de una subida natural, espontanea, nada del otro mundo más que los árabes producen menos y punto.

Pero debe haber más; se sospecha, es evidente, es seguro que esa competencia o pique que animan los precios de gasolina y gasoil, animados por nuestras autoridades locales, tiene una segunda intención, una segunda derivada. Es demasiada casualidad que menor producción y mayor demanda se crucen ahora con los antojos y caprichos políticos. Hay un claro paralelismo entre ambos que empuja a creer que aquí hay gato encerrado.

Con el barril a 100 dólares -o a 120 como auguran otros- es fácil sospechar que los precios de gasolina y gasoil, se equipararán en breve camino de igualar los 1,40 o 1,45 euros por litro que se paga en las gasolineras de media Europa. Se sabe de siempre que los precios de los carburantes tienen una innata naturaleza recaudatoria que le viene por defecto y por bautizo de las autoridades. Pero nos ataca la duda de si la subida en cuestión obedece al capricho político de un puro aumento de la recaudación o bien, el propósito es de tal sinceridad que habría que creerse lo de la lucha contra la polución en favor del medioambiente y los pulmones de la ciudadanía toda.

Como las dudas son numerosas, se recomienda a los gobiernos que extremen a partir de ahora su celo y vigilancia en la actitud que en adelante puedan adoptar algunos fabricantes de vehículos, pues la tentación de recortar plantillas para adaptar los nuevos costes de los propulsores -eléctricos o de gas comprimido- a las nuevas exigencias normativas que fijen las autoridades, debe ser considerada, no como una actitud o posición de fuerza, sino como un chantaje, algo que no se puede permitir en ningún caso a una industria que ha cosechado grandes beneficios merced a las también muy grandes subvenciones públicas, de todos.

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