edición: 2578 , Viernes, 19 octubre 2018
03/05/2010
Portugal, España e Italia están heridos, pero nadie habla de Francia, también está tocada

Oleada de reestructuraciones de las deudas soberanas en Europa

Apagar el fuego en Grecia no evitará el contagio de los socios de la Eurozona
Juan José González

La bibliografía económica no ofrece apenas experiencias ni estudios sobre las crisis de deuda soberana en las economías modernas, porque hasta ahora no ha habido ninguna falta; tan sólo unas cuantas tesis que tienden a explicar que cuando el volumen de deuda es demasiado elevado, los Estados acaban por recurrir a los clásicos recortes fiscales y alguna teoría liberal o intervencionista y poco más. A partir de la crisis griega, puede decirse que las bibliotecas universitarias y escuelas de negocios contarán con sección propia para la ‘nueva’ materia, y no se descarta la formación de nuevas disciplinas académicas y de masters al respecto. Pero mientras todo esto llega, los Gobiernos se aprestan –con desafiante lentitud- a resolver algunos problemas que tienen sobre la mesa.

Parece que hay coincidencia en que la crisis financiera de 2007 acaba de cubrir su primera etapa, y que el fiasco de Grecia inaugura la segunda, con características propias y, sobre todo, con problemas heredados y sin resolver de la anterior. Y con esta rémora, los Gobiernos apuestan ahora por la reestructuración de todo, pero no concluyen la del sector financiero, asunto que arrastran todos los países, con diferentes efectos según el tamaño de los agujeros respectivos. Hasta aquí, la reacción o resistencia ante la crisis muestra que el origen de los males actuales proviene de ese apoyo oficial que las circunstancias han convertido en obligado pero que a medida que han pasado los meses –y los años- se ha vuelto tortuoso.

Esa financiación exasperada y desesperada de los Estados para apagar los fuegos de los problemas económicos, con el apoyo de medidas y más medidas de recortes fiscales y dudosas reformas estructurales para mantener los mercados abiertos, toca a su fin. Se impone una nueva apuesta, centrada en problemas reales, ya que la primera no ha dado todos los resultados que se esperaban. Los Gobiernos de la Unión Europea tienen los problemas en casa y estos no se van a sustanciar con los mismos remedios empleados en la primera fase; inyecciones de liquidez infinitas y precio del dinero por los suelos. Y todo ello, sin cláusula de devolución fijada ni pactada: los fondos públicos se devolverán cómo y cuándo se devuelvan, si es que se devuelven.

Se suele afirmar que los planes se hacen para que no se cumplan, sino no serían planes. En la nueva etapa, la crisis económica de los Estados soberanos, con sus deudas y desequilibrios como argumento de una película de terror social, demanda actuaciones nuevas y diferentes. Es necesario y urgente hablar de reestructuraciones porque es posible que todo o casi todo haya fallado aunque ya se sabía que los mercados no son perfectos. En esta segunda etapa de la crisis del siglo XXI, con Grecia como capítulo 1º, es obligado hacer una reestructuración preventiva de aquello que deba ser corregido, como son las deudas soberanas.

No se trata de reestructurar para apagar el fuego que no cesa en el país heleno, sino para evitar que alcance a la periferia. El fuego esta en casa, que es tanto como decir que esta en Europa, en sus economías, bancos y actividad económica, en las empresas. Y el fuego alcanza al euro, divisa única para bien pero que puede serlo para mal en breve. Por eso la reestructuración de la deuda debe ser, en este caso, de oficio. Como de oficio deben de ser los planes de ajuste fiscal en los países de la Eurozona. Será necesario, igualmente, poner en marcha reformas que hagan posible el crecimiento de la economía y seguir manteniendo una postura en política monetaria capaz de aportar liquidez suficiente a los sistemas bancarios.

Los mercados financieros serán los emisores de las señales que indiquen el contagio de las deudas soberanas. Una ayuda sin límite a Grecia puede desembocar en una escasez de recursos indispensables para la recuperación de la actividad de las empresas. Por eso es decisivo que la reestructuración de la deuda griega se realice, se insiste, de oficio, con un aumento de los plazos más que con la ampliación del volumen de fondos.

La idea de enfriar las zonas que rodean el fuego para evitar su extensión, tiene carácter de prevención; si las ayudas financieras de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional fallan, los países que rodean a Grecia arderán. Seguramente los resultados de emplear o dedicar los recursos disponibles a poner a Grecia al día –lo cual ocupará varios años, una década- serían más eficaces si se pusieran al servicio de una reestructuración de bancos y empresas de Portugal, España e Italia y sin perder de vista al ‘tapado’ europeo, a Francia, con fuertes problemas que en breve comenzarán a ocupar las primeras de los grandes rotativos.

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