edición: 2349 , Miércoles, 22 noviembre 2017
05/04/2011

Pakistán concentra ya el mayor potencial terrorista internacional

Pedro González
Mientras la atención se proyecta en la ya muy larga operación destinada a sacar a Gadafi del poder en Libia, y acerca los focos a la guerra civil en Costa de Marfil, las agencias de seguridad británicas y americanas se fijan especialmente en Pakistán, donde no cesa el goteo de atentados sangrientos ni los asesinatos selectivos de todos aquellos que pregonan tolerancia y flexibilidad con los no musulmanes, o contra los que siéndolo no se pliegan a la interpretación más radical del Islam. El poder talibán, que da cobijo a sus correligionarios en Afganistán y ampara las operaciones de castigo a las tropas de la coalición occidental, amenaza con incrementar el terror en Pakistán, “en respuesta a las acciones gubernamentales, en connivencia con América, contra nuestra gente”.

No es una amenaza gratuita. Diversos informes confidenciales de las 16 agencias de seguridad americanas y del espionaje británico coinciden en que el grupo terrorista Lashkar-e-Taiba (LeT), que Pakistán creó en su día para librar una guerra indirecta contra India, especialmente en la disputada región de Cachemira, ha trasladado ya su yihad a todo el mundo, y podría igualar en poder a Al Qaeda.

Estados Unidos se toma muy en serio esta amenaza, sobre todo después de haber analizado toda la información proporcionada por David Coleman Headley, un pakistaní americano, que colaboró en la matanza de 2008 en Bombay, saldada con 170 muertos. Cruzando estos datos con los de la policía y la Agencia de Seguridad India, se habría llegado a la conclusión de que LeT habría constituido ya numerosas células terroristas, que estarían esperando su ocasión y la orden de actuar, en cuatro continentes: Australia, Europa, Asia y América. Estados Unidos y los principales países europeos –Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y España-, albergarían ya a agentes de LeT, infiltrados tanto a través de la inmigración ilegal como mediante la captación en los países de destino de nacionales-residentes de una ó dos generaciones.

Las actividades de Lashkar-e-Taiba (literalmente, Ejército de los Puros) son ilegales en Pakistán, pero ninguno de los gobiernos occidentales con tropas desplazadas en Afganistán pondría la mano en el fuego asegurando que no gozan de la vista gorda o incluso de la tolerancia del gobierno de Islamabad. Quien más desconfía es India, cuyo ministro de Asuntos Exteriores, Pranab Mukherjee, afirmaba que “los grupos terroristas de Pakistán son una amenaza, no solo para India sino para la paz mundial”. El ministro del Interior pakistaní, Rehman Malik, le replicaba reiterando el compromiso de su país con la lucha antiterrorista internacional.

David Cameron, el primer ministro británico, también había sido muy contundente respecto de la posible connivencia de Islamabad con los atentados realizados por LeT en India. E incluso cuando el Foreign Office intentó suavizar sus propósitos, el premier lo desautorizó: “He escogido mis palabras con sumo cuidado y reitero que es absolutamente inaceptable que Pakistán apoye el terrorismo en otros países, y está bien documentado que ése fue el caso en el pasado”. Cameron tenía seguramente también en cuenta el atentado con explosivos realizado contra el diario danés Jyllands-Posten so capa de protestar contra la publicación de caricaturas ofensivas de Mahoma.

En Pakistán no todos estarían presuntamente convencidos de colaborar con las potencias occidentales para erradicar el terrorismo, a pesar de las promesas de hacerlo por parte del gobierno pakistaní. Las mutuas desconfianzas han aumentado a raíz del apresamiento del contratista de la CIA Raymond Davis, convicto de haber matado a dos pakistaníes en Lahore, y liberado a mediados de marzo, tanto por las fuertes presiones de Washington como tras abonar una ingente suma de dinero a los familiares de las víctimas. Uno de los líderes más visibles de Lashkar-e-Taiba, Hafiz Said, no se conformó con el arreglo y exigió públicamente el ahorcamiento de Davis, petición que enardeció a sus partidarios y provocó enorme frustración cuando fue liberado.

En realidad, Davis formaba parte del numeroso contingente de espías de la CIA que están realizando numerosas operaciones encubiertas, destinadas a localizar a los principales cabecillas de Al Qaeda y LeT, y facilitar su localización a los drones (aviones no tripulados) que les bombardean sistemáticamente. La rabia y la impopularidad que provocan estas actuaciones habrían obligado al general David Petraeus y a la central de la CIA a cambiar de táctica y a utilizar  agentes locales para sembrar la discordia entre los propios líderes talibanes y aprovechar su proximidad para eliminarlos. El método habría sido coronado por el éxito, ya que tres importantes comandantes talibanes habrían sido eliminados el mes pasado en Quetta, principal base de lanzamiento de ofensivas talibanes sobre Afganistán y punto después de abrigo y refugio. Los tres dirigían otras tantas unidades talibanes en Marja y Helmand, donde habían sostenido fuertes combates y sangrientas escaramuzas con los marines americanos.
 
Sobre este clima de desconfianza planea el escalofriante informe que la embajadora americana en Islamabad, Anne Patterson, envió a Richard Holbrook en febrero de 2009: “Nuestra mayor preocupación –afirmaba con rotundidad- no es que un grupo islamista robe una bomba sino más bien la posibilidad de que alguien que trabaje en las instalaciones del gobierno de Pakistán pudiera gradualmente sacar clandestinamente material para fabricar una bomba [atómica]”. Y al menos 130.000 personas están involucradas de una u otra manera en tales instalaciones.

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