edición: 2679 , Martes, 19 marzo 2019
06/05/2009
Los indicadores y las advertencias de la UE agobian al Ejecutivo español
Elena Salgado y José Luís Rodríguez Zapatero

Parálisis en el ministerio de Economía

Elena Salgado, desbordada y sin completar su equipo, no da salida a los problemas
Juan José González/Alfonso Pajuelo

Salvo improbable sorpresa en los asuntos que apruebe el Consejo de Ministros, todos los indicios apuntan a que la vicepresidenta Económica, Elena Salgado, espera agotar los cien primeros días de para tomar alguna decisión de amplia repercusión económica. Pero no hay cien días de gracia ni gracia que aguante cien días en las presentes circunstancias. Esperar no parece el verbo más adecuado para conjugar, salvo que se haya confiado en la llegada de un dato ¿a favor? como el desempleo en abril, para poner en marcha alguna medida más ‘fuerte’ que el conocido “Plan E” destinado a relanzar la actividad, la inversión, el consumo y el empleo, las cuatro patas de un banco que hoy por hoy no se puede mantener en pie. No hay dinero público, se agotó, y Salgado lo busca con el peligroso juego de repasar los cinco paquetes de medidas adoptados ante la crisis para ver lo que ha funcionado y lo que no, lo que se ha puesto en marcha y lo que no, todo ello para reasignar recursos. Pero la mera búsqueda por este método implica el reconocimiento de un fracaso, de uno o de muchos. Pero hay más que deviene en menos.

El funcionamiento del Gobierno a impulsos y, particularmente, los departamentos económicos, se ha convertido en una práctica habitual, en un estilo “personal” de gestionar los asuntos públicos. Sucedió con motivo del parón de la actividad política de fin de año, las Navidades, las fiestas… pero concluyó el mes de enero y todo seguía como a principios de diciembre, con el Boletín Oficial del Estado más seco que la mojama. Cómo sería la abulia ministerial que la vicepresidenta De la Vega no reparó en azuzar a los secretarios de Estado a presentar proyectos, en una elegante forma –indirecta- de llamar la atención a los ministros (no se entiende que sea el secretario de Estado quien atice y hostigue a su ministro en la aplicación al trabajo público) para que se pusieran las pilas. Pues nada, la tarea administrativa sigue ‘engansada’ y amodorrada conviviendo en armonía y felicidad con un profuso chorro de indicadores que compiten en el deterioro.

Cada vez que desde Moncloa se invoca que el deterioro de la economía se ralentiza, en realidad nos están diciendo que el pozo se sigue haciendo más profundo pero más despacio. O sea que el deterioro continúa y todavía no hemos tocado fondo. La parálisis de Economía no es una expectativa de actividad, es la consecuencia directa de la falta de acción del propio Gobierno y, peor aun, de renovadas disensiones en el seno del Gabinete. Salgado se enfrenta ahora a la cruda realidad que ya dibujó Solbes y que terminó por sacarle del cargo. Casi no quedan recursos públicos y el déficit está en el límite a pesar de que Moncloa crea lo contrario -lo crea o necesite creerlo-. La vicepresidenta empieza a tener la mirada perdida aunque no son muchos los que han podido comprobarlo porque lleva varios días sin aparecer públicamente. No ha sustituido todavía al dimitido Vegara, cargo crucial en estos momentos, y eso limita mucho las capacidades del departamento ministerial. Puede que no encuentre a la persona idónea pero también puede que no encuentre a la persona idónea que acepte el cargo y eso es realmente chungo.

Pero el choque de Salgado con la realidad puede que no sea el único apunte de disensiones en el Gobierno. La energía, en este caso la eléctrica, vuelve a provocar contraste de pareceres pero en este ocasión puede haber hasta tres puntos de vista distintos y enfrentados. El pasado Consejo de Ministros aprobó la tarifa social eléctrica y todavía, una semana después, no se ha publicado en el BOE. Pero es que ni dentro del Gobierno parece haber un conocimiento completo de su contenido. Hay conflicto interno, eso seguro. Moncloa ha hecho la guerra por su cuenta. Igual que ocurre con el déficit de tarifa, peliagudo asunto de extrema gravedad (14.000 millones de euros pendientes de financiación) por lo que respecta al pasado, al presente y al futuro. Dicen que Industria ha llegado a un acuerdo con las eléctricas. Pero también dicen que en Moncloa no están de acuerdo. No sabemos la postura de Salgado pero puede que sea la tercer en discordia porque al fin y al cabo la cuestión va a requerir, de una u otra forma, fondos públicos. Y en la discusión se encuentran. Para eso no hacía falta cambiar a Solbes.

No hay indicador económico que no desborde la previsión del Ejecutivo. Ayer, la Comisión Europea añadió más leña al fuego con unas previsiones más negativas que las previstas por nuestros responsables económicos. Las medidas que hoy anuncie, previsiblemente, el Banco Central Europeo en materia de política monetaria, es posible que vayan a dificultar el nivel de endeudamiento de nuestras cuentas públicas, sobre las que el Comisario Joaquín Almunia ya se ha ocupado en señalar que a la economía española casi no cuenta con margen de maniobra con su déficit presupuestario.

La sensación de parón administrativo alcanza a la mayoría de las áreas del Ejecutivo, pero es la económica la necesitada de mayor premura, de donde deben salir medidas más contundentes para combatir el desempleo, es Economía el origen de políticas que den solución a los problemas financieros y empresariales. Es tal el cúmulo de tareas pendientes de la vicepresidencia Económica que invita a pensar que tras las elecciones de junio, el Ejecutivo lanzará algo parecido a un plan de estabilización pero con otro nombre. Debe tratarse de un buen eufemismo, que no resulte tan violenta como estabilización ni técnica como plan.

Una de esas discusiones intelectuales que se vivieron en el ministerio de Economía al filo de las pasadas vacaciones navideñas, tuvo como tema estelar el dichoso plan de estabilización. Solbes escuchaba con atención porque el tema se las traía, pero desde una posición de escepticismo profundo. El ‘brain storming’ terminó en tablas porque de los cinco presentes, cuatro más el vicepresidente, hubo paridad de opiniones y quien debía deshacer el empate sentenció con un ¡vámonos ya a casa!

Desde una óptica política, el asunto esta más claro y totalmente despejada la duda. No habría nada, salvo la dimisión del Gobierno –impensable- que proporcionara mayor felicidad a la oposición que un Ejecutivo anunciando un plan de estabilización. Sería el harakiri político del Gobierno, equivalente a un reconocimiento explícito de una gestión político-económica tardía e infructuosa, la excusa perfecta para presentar una moción de censura. Imposible.

No hay que olvidar que la gestión de la crisis económica ya se ha cobrado, nada más y nada menos, que a un vicepresidente de Gobierno, ministro de Economía, un peso pesado, Pedro Solbes, que fue bandera y cartel de las últimas elecciones que llevaron a revalidar al Partido Socialista el segundo triunfo en las elecciones generales.

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