edición: 2828 , Viernes, 18 octubre 2019
14/04/2011

Perú, entre el ultraizquierdista Humala y el ultraderechista Fujimori

Pedro González
Ni el mismo Vargas Llosa  creía que pudiera darse el escenario final de que Perú tuviera que “elegir entre el sida y el cáncer terminal”, fórmula acuñada por el Premio Nobel para describir el duelo definitivo, el próximo 5 de junio, entre el ultraizquierdista nacionalista Ollanta Humala y la ultraderechista Keiko Fujimori, por la Presidencia del país iberoamericano en que más ha crecido la clase media en los últimos cinco años. Así son las urnas, que han castigado sin piedad la desastrosa estrategia del centro-derecha, al presentar tres candidatos en la primera vuelta, oferta excesiva que ha provocado la atomización del electorado y el consiguiente pase a la final de los dos candidatos más extremistas, que en conjunto sumaron el 45% de los votos. Tan asustados están tanto el estamento empresarial como la recuperada clase media que ambos candidatos han comenzado de inmediato una gigantesca campaña de comunicación a todos los niveles para limar las aristas más estridentes de sus respectivos perfiles.

Ollanta Humala ya estuvo en un tris de convertirse en presidente en las anteriores elecciones, ganadas por Alan García, y si perdió entonces fue por su identificación a ultranza con el socialismo del siglo XXI del venezolano Hugo Chávez, es decir con su programa de máximos, que incluía nacionalizaciones por doquier e importantes recortes en los derechos a la libertad de expresión, asociación y representación.

Ahora, cinco años después, sus posibilidades son mucho mayores gracias al impresionante cambio de imagen que le han operado los mismos estrategas que lograron que Lula da Silva se convirtiera en presidente de Brasil después de tres intentos fallidos. Joao Santana, como ideólogo máximo, y Luis Favre y Valdemir Garreta como supervisores de cada cita, arruga, gesto, declaración o dieta alimenticia, pugnan por conseguir un Humala alejado de Chávez, despejando de su programa toda referencia a cambios bruscos, insistiendo hasta la saciedad en que no cambiará la Constitución para perpetuarse en el poder (como han hecho o han intentado hacerlo todos los presidentes bolivarianos), y convocando a formar parte de su equipo a intelectuales de prestigio de la izquierda moderada.

Ollanta Humala, que no obstante concita las simpatías de los todavía muy voluminosos sectores pobres y marginados, intentará apalancar su voto en la promesa de hacerlos participar del meteórico salto adelante operado por el país, y en una redistribución de la riqueza “paulatina, gradual, persistente y sin sobresaltos”, fórmula con la que también intenta despejar las inquietudes de quienes temen que, una vez conseguido el poder, se quite el disfraz de cordero y abrace por entero los postulados chavistas. La clave de su posible victoria podría asentarse en el hipotético apoyo del ex presidente Alejandro Toledo, relegado a un humillante cuarto puesto en la primera vuelta, pero que en tanto que acérrimo antifujimorista, se le presupone inclinado hacia el ex militar Ollanta Humala, que ya intentara derrocar a Alberto Fujimori mediante un golpe de estado.

En el otro extremo, una joven pero experimentada Keiko Fujimori va a capitalizar las muchas simpatías con que aún contemplan muchos peruanos los gobiernos de su padre. No es ningún secreto que el ex presidente goza de un trato superprivilegiado en la cárcel, desde donde sigue moviendo muchos hilos y dirigiendo sin disimulo la campaña de su hija. A pesar de sus apenas 37 años, Keiko posee ya 20 de experiencia política, iniciada cuando, a causa del divorcio de sus padres, hubo de ejercer de primera dama del país. Luego, desde su escaño en el Congreso, se ha mostrado orgullosa del legado fujimorista en lo tocante a la erradicación del terrorismo y a los cimientos de la prosperidad actual de Perú, y ha procurado apuntalar la imagen de su padre como un incansable trabajador por el país, cuyos errores autoritarios y de falta de respeto a los derechos humanos son atribuibles en exclusiva al corrupto Vladimiro Montesinos.

De no contar siquiera en los pronósticos como segunda en discordia en la primera vuelta electoral, Keiko ha pasado a ser una adversaria temible para Humala. Su mensaje centrista comenzó en la misma noche del domingo al prometer “un absoluto respeto a la democracia, a la libertad de prensa y al Estado de derecho”. Sus asesores, con su padre a la cabeza, van a aderezarlo con referencias a la independencia del país [de influencias venezolano-chavistas], a la necesaria estabilidad para que los inversores sigan creyendo en Perú, sin olvidarse tampoco de renovar las sempiternas promesas a los más desfavorecidos, asegurándoles que si tienen alguna esperanza de salir de la pobreza será en un Perú próspero y respetado.

En definitiva, dos populismos frente a frente conforme a su definición más clásica, la que los presenta como un sincretismo que combina la contestación con el autoritarismo y la dimensión identitaria; es decir, una manera de convocar a un pueblo incondicionalmente.

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