edición: 3010 , Miércoles, 15 julio 2020
01/06/2011

Perú saldrá de las elecciones partido por la mitad

Pedro González
Sea cual sea el resultado final de las elecciones de este domingo, Perú amanecerá el lunes partido definitivamente por la mitad. Tan intensa es la inquina mostrada por los dos bandos en presencia que la fractura es inevitable. A diferencia de otras épocas luctuosas, no se divisa en el horizonte amenaza de golpe de Estado militar, pero una inmensa mayoría de la población se muestra convencida de que gane Ollanta Humala o triunfe Keiko Fujimori, la democracia peruana se alejará de los parámetros en que la han situado los dos últimos mandatos de Alejandro Toledo y Alan García, respectivamente.

La recta final de la campaña electoral arrecia de enconamientos. De una parte se alinean los empresarios, los que crean riqueza y los que estiman que sí, que “el Chino”, o sea Alberto Fujimori, “robó y mató, pero lo justo”, creencia a la que se aferra también un gran segmento de los que eran pobres y han dejado de serlo. No es una cuestión menor que la fuerte expansión de la economía peruana ha desembocado en una incuestionable prosperidad, uno de cuyos principales exponentes es haber reducido la pobreza del 54% al 31%. Esa porción del electorado cree que las bases de ese salto adelante experimentado por el país las puso Fujimori. Ese gran segmento admite que sí, que aquella democracia devenida en dictadura cometió excesos, pero llega a disculparlos ante el argumento de la eficacia de los resultados. Keiko Fujimori, que ejerció de primera dama del país a raíz del divorcio de sus padres, se esfuerza por mantener un perfil propio. Nadie la cree, y es intuición general que si Fuerza 2011 triunfa este domingo, la entonces presidente Keiko Fujimori redimirá a su padre, y los excesos, delitos y crímenes cometidos por éste y su supervalido, el siniestro Vladimiro Montesinos, serán tan matizados que faltará poco para que los conviertan en héroes de la patria.

Y, de otra parte, está no solo la izquierda dura y tradicional peruana, la que pone especialmente el acento en reivindicaciones tanto de clase como identitarias e indigenistas, sino también la parte más centrista de esa izquierda, la que encarnan los intelectuales, los que desconfían del giro copernicano operado por Ollanta Humala, líder de Gana Perú. Sus pasadas tentaciones golpistas, su entreguismo al caudillo bolivariano Hugo Chávez, que le financió la anterior campaña electoral, su viejo programa, anunciador de un socialismo nacionalista que aplastara al libre mercado, se ha trocado en un lulismo (de Lula da Silva), socialdemócrata, cooperador con ese mismo mercado e independiente de los cantos de sirena del presidente venezolano.

Ese mundo de la Cultura, con un superactivo Mario Vargas Llosa a la cabeza, y secundado por los nombres más ilustres de la literatura, la cinematografía y el arte peruanos, se ha mostrado activamente beligerante, no tanto a favor de Humala cuanto en contra de Fujimori, preconizando que su triunfo absolverá definitivamente los pecados de la dictadura de su padre y abrirá la vía para que irrumpa de nuevo la corrupción y ésta termine enseñoreándose de nuevo del país.

En esta última semana de campaña dos han sido los grandes temas sobre los que ha pivotado la maquinaria de propaganda de los dos partidos: la honestidad y la seguridad. Keiko Fujimori ha insistido hasta la saciedad en que se la juzgue por ella misma, por su labor como senadora, y por la virtualidad de su programa, cuyo corolario final es continuar trabajando por aumentar la prosperidad del país y hacer partícipe de ella a los más desfavorecidos. En cuanto a la seguridad, su divisa será la misma del ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giulani, al que ha fichado como asesor especial para tal cuestión: ”Tolerancia cero con el crimen”.
 
Ollanta Humala cree que basta con mencionar su nombre para que los electores sepan que, en cuestión de honestidad, él marca la diferencia. En cuanto a la política de seguridad, promete colaborar con Estados Unidos en la lucha antidroga, aunque sin permitirle disponer de bases militares, reforzar los efectivos de la Policía Nacional, extender e intensificar las políticas educativas y reconvertir las cárceles, terribles y violentas, de forma que pasen de ser “universidades del delito a centros de rehabilitación”.
 
Los peruanos acuden, pues a las urnas –el voto es obligatorio en Perú-, sin convicciones firmes respecto de ninguno de los dos candidatos. Impera la desconfianza, de forma que la mitad del país que vote por el que pierda no admitirá de buena gana la derrota. Cualquier cambio, cualquier desviación respecto de lo prometido podrá convertirse en chispa que incendie el país. Tal es la amplitud de la fractura que se consagrará este domingo.

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